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Un mal consejero
Cuando finalizaba el siglo XIX, en la provincia de Bahía, Brasil, apareció Antonio Vicente Mendes Maciel, el 'Conselheiro', uno de los tantos predicadores que ganaron adeptos en la empobrecida región. Él afirmaba que Dios destruiría la recién fundada República y quemaría a quienes se rehusaran a escucharlo. Luego, cuando 'República demoníaca' hubiera desaparecido, el rey Sebastián de Portugal (1554-1578) regresaría para reinar con gloria durante un breve lapso, después del cual llegaría el fin del mundo. El predicador alcanzó a tener unos 8.000 seguidores en la granja de Canudos. Por los roces que generaron en la región, en 1897 los militares entraron a matarlos a todos.
El advenimiento que no fue
A partir de su lectura de la Biblia, el predicador metodista William Miller (1782-1849) anunció que la segunda venida de Cristo, precedida de grandes cataclismos, ocurriría entre el 21 de marzo de 1843 y la misma fecha de 1844. Como no pasó nada, salvo el caos creado por él mismo, corrió la fecha al 18 de abril y luego al 22 de octubre. Pese a la 'Gran Decepción', como fue llamada, muchos siguieron fieles al millerismo. La Iglesia Adventista del Séptimo Día es muestra de ello.
Vestidos para la ocasión
En la década de 1870, el fundador de los testigos de Jehová, Charles Taze Russell (1852-1916), anunció que el 'fin de los tiempos de los gentiles' ocurriría en 1914. A partir de ese momento comenzaría el reinado de Cristo en paz y felicidad. Sin embargo, consciente de que aún faltaban cuatro décadas y que la espera provocaría deserciones, alentó a sus adeptos con el cuento de que en 1878 podrían encontrarse con Jesús en el aire. Muchos de sus seguidores se vistieron de blanco y lo esperaron sobre un puente en Pittsburg (Estados Unidos). Aun así, Russell mantuvo el año de 1914 como el del fin de los tiempos. Como nada pasó, los testigos de Jehová siguieron postergando la fecha: 1915, 1918, 1920, 1925, 1941, 1975, 1994... La espera continúa.
Cometas en el cielo
Pocos terrícolas fueron ajenos al asombro que causó la visita del cometa Halley en 1910. Aparte de la posibilidad de que el astro impactara la Tierra, algunos temían que su estela estuviera compuesta de gases tóxicos.
Más recientemente, el sospechoso de desencadenar el Apocalipsis fue el cometa Hale-Bopp. Descubierto en 1995, el luminoso astro alimentó toda suerte de teorías del fin del mundo, entre las que destacó la de los miembros de la secta Puerta del Cielo, de California, que creían que tras el cometa venía una nave espacial que se los llevaría pero sin sus bienes terrenales. El 26 de marzo de 1997, 39 de ellos aparecieron muertos, aparentemente por suicidio.
Profecía tecnológica
Unos creyeron que el mundo se volvería un caos y los más pesimistas auguraron una explosión masiva de armas nucleares en el instante en que los relojes marcaran las cero horas del año 2000. El Y2K, o 'el problema del año 2000', fue la profecía tecnológica surgida por la costumbre de los programadores de software de omitir el año para el almacenamiento de fechas. Así, cuando terminara el 31 de diciembre de 1999 los computadores enloquecerían: habría caos financiero, aviones perdidos, información extraviada... y, por supuesto, misiles, bombas atómicas y plantas nucleares al garete. Al final, los accidentes no superaron el rango de anécdota.
Más alienados que alineados
La alineación de los planetas ha sido históricamente una señal del fin del mundo. Una de las predicciones fallidas más citadas es la del prestigioso astrónomo alemán Johann Stöffler (1452-1531), que pronosticó un desastre -probablemente un diluvio- para el 2 de febrero de 1524 debido a la formación en fila de los astros del Sistema Solar. Como él era toda una eminencia, la gente se tomó en serio su anuncio y, siguiendo el ejemplo de Noé, llenaron el río Rin de arcas de madera. En 1919 y 1982 otros 'científicos' dijeron que la gravedad generada por la alineación planetaria prevista para esos años daría origen a grandes catástrofes. Pero henos aquí.