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En la década de los sesenta, el movimiento hippie introdujo el concepto de 'ecomoda' para referirse a la necesidad de producir prendas amigables con el medio ambiente. La propuesta no tuvo gran resonancia, pero ahora que el calentamiento global demuestra ser más que una amenaza, la industria textil ha decidido rescatar la idea, enarbolar las banderas del ecologismo y hasta declarar 2009 el Año Internacional de las Fibras Naturales.
La pasada feria de Colombiatex, a finales de enero en Medellín, le dedicó conferencias al tema y se convirtió en la vitrina para que más de un expositor sacara a relucir su compromiso con la naturaleza: unos porque utilizaban telas hechas con fibras obtenidas de botellas de plástico recicladas, otros porque manufacturaban accesorios con material de desecho y otros porque sus materias primas eran obtenidas sin dañar el ambiente.
En la misma línea, la Semana Internacional de la Moda, que se realizará entre el 17 y el 22 de febrero en Bogotá, ha programado el taller 'Ecodiseño con responsabilidad social, nuevos retos y exigencias para la industria de la moda'. A cargo de la diseñadora brasileña Neide Kohler Schulte, la actividad se centrará en demostrar que la moda puede involucrarse con la ecología mediante el uso de telas y fibras recicladas o con la producción de materias primas con bajo impacto ambiental, como es el algodón orgánico.
Son tan disímiles los frentes que bombardean con el mensaje ecológico, que resulta inevitable preguntar si el asunto va más allá de los eslóganes. Para la diseñadora Sandra Cabrales, la respuesta es clara: "la moda ecológica no existe". Cita el ejemplo de los cultivos de algodón orgánico, que a pesar de no utilizar herbicidas ni pesticidas, "perjudican mucho al suelo y lo dejan prácticamente inservible", además de que requieren tres veces más superficie que los sembradíos regulares para producir la misma cantidad. "El tema está siendo revaluado -sostiene la experta-. Todo tiene una doble cara en el tema ecológico".
El mejor ejemplo de esa doble faz es quizás el hecho de que la industria algodonera que utiliza semillas genéticamente modificadas -censuradas por los cultivadores de orgánicos- ahora también vende su 'verdor'. Los transgénicos son organismos cuyo ADN ha sido manipulado para darles propiedades presentes en otros seres vivos. Así es como el algodón genéticamente modificado se vuelve resistente a herbicidas -muere la maleza circundante pero no la planta- o, por ejemplo, puede rechazar los insectos sin necesidad de asperjarle pesticida.
Los ecologistas aseguran que estos cultivos alteran el ecosistema en la medida que, por ejemplo, promueven la aparición de insectos más fuertes. Ahora bien, en su defensa, los cultivadores de transgénicos señalan que ellos tampoco utilizan herbicidas ni pesticidas, además de que sus sembradíos son más eficientes y requieren menos agua.
Consciente de la paradoja, Allen Terhaar, director ejecutivo del Consejo Internacional del Algodón, de la multinacional Cotton USA, opta por buscar el enemigo en otra parte: "El problema no es el algodón orgánico o el algodón transgénico -dijo el experto a CAMBIO-. Las verdaderas enemigas del medio ambiente son las fibras sintéticas".
De cabo a rabo
Ante criterios tan diversos, ¿quién tiene el derecho legítimo de portar el estandarte verde? Camilo Contreras, ecólogo y profesor de la Universidad Javeriana, afirma que una prenda de vestir integra la conciencia ambiental "en la medida en que sus procesos y materiales generen la menor cantidad de impactos ambientales posibles en todas las fases del ciclo de vida del producto". Para lograr ese objetivo, los diseñadores deben seleccionar materias primas, insumos y accesorios que sean biodegradables, sin presencia de tóxicos, provenientes de materiales reciclados y potencialmente reciclables.