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Una noche que no prometía nada extraordinario, Luis Betancourt, un bogotano de 26 años residente en Buenos Aires, decidió tomarse una cerveza en un bar del barrio San Telmo. Mientras conversaba con un amigo también colombiano, un argentino se acercó a su mesa y le preguntó si él era un couch surfer. Luis entendió a qué se refería y tras una respuesta afirmativa los tres se dieron cuenta de que algo los unía.
La expresión couchsurfing, común en Norteamérica, se usa cuando alguien se queda en la casa de un amigo. Sin la preocupación de pagar una cuenta, el que pasa la noche entre conocidos duerme bien. Para los amantes de los viajes y las experiencias nuevas existe Couch Surfing, una comunidad con cerca de 600.000 miembros en 230 países que se une en torno a la vida del viajero.
Fundada en 2004 por los estadounidenses Casey Fenton y Dan Hoffer, busca reunir personas de todo el mundo que estén dispuestas a prestar su sofá para que otros descansen en él. A través la página www.couchsurfing.com un mexicano se puede contactar con un japonés y descubrir que los chilaquiles se llevan bien con el sushi. El surfista tendrá la oportunidad de viajar en compañía de alguien al que puede considerar un amigo.
Luis recuerda que toda la gente que asistía a aquel bar de San Telmo pertenecía a Couch Surfing. De inmediato, se relacionó con alemanes, israelíes y franceses que, como él, disfrutaban de los placeres del alojamiento gratis. Su primer visitante fue un vietnamita homosexual de padres norteamericanos, al que Luis recibió con algo de timidez, pero con el que pronto hizo amistad.
El recién llegado a Couch Surfing encuentra fotos de viajeros con un perfil que incluye nombre, dirección, intereses, idiomas y disponibilidad de sofá. Luego de registrarse, el interesado manda un mensaje solicitando la estadía en una casa. El paso siguiente es hacer la maleta y disfrutar de un buen viaje. Aunque puede resultar incómodo descansar en un sofá y cabe la posibilidad de que el visitante pase una mala noche o se tope con un personaje con el que no tenga empatía, tras cuatro años de existencia, las experiencias positivas superan a las negativas y los conectados a este proyecto aumentan cada día.
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Para Margaret, una surfista de Estados Unidos, el proyecto "vuelca el orden social de arriba abajo: el dinero no importa, la educación no importa, la edad tampoco, ni el prestigio. Si eres un ser humano, serás bienvenido". Rica Ong, una malaya de 33 años que desde julio ha hospedado a franceses, rusos y egipcios, asegura que "Couch Surfing es más que solo surfear en sofás; es cultura, comida y gente que comparte y explora las muchas facetas del viaje. Todo se convierte en un increíble paquete que, definitivamente, vale la pena. Couch Surfing busca el entendimiento universal de las distintas etnias y colores de los Homo Sapiens". Según Yiannis, un documentalista griego, con este programa se pierde el miedo a viajar.
Contra la desconfianza que pareciera invadir al mundo, el proyecto de los sofás se basa en el intercambio de lugares y viajeros que buscan hacer amigos. Un sofá disponible significa más que un sitio para descansar, una muestra de que aún se puede creer en el entendimiento cultural. Si bien se han organizado grupos por países, incluido Colombia, lo que más une a los surfistas son sus gustos, tanto así que es usual encontrar comunidades de ciclistas, de gays o de amantes de las verduras que organizan viajes juntos.
Biron Stephan es un francés de 39 años que se dedica a custodiar un castillo medieval. Surfista desde julio, es cantante del grupo de metal Mystria y en su perfil busca personas que les agrade este tipo de música. "Fue una gran experiencia hospedar a Kris la semana pasada. Nosotros dimos un buen paseo. Tomamos fotografías del paisaje, comimos y tomamos vino. Compartimos muy buen metal".