Mayo 21 de 2008

Ahora los niños se cuestionan sobre los dramas de la vida

Cada día es más temprana la edad en la que empiezan a hacer preguntas que sus padres no saben cómo responder.

¿CÓMO SE BAÑAN las señoras que están secuestradas? ¿Entre Chávez y Uribe quién es bueno y quién es malo? ¿Por qué los malos no están encerrados? Son el tipo de preguntas que están haciendo los niños hoy en día en los consultorios, en el colegio y en sus casas. Pero no los de nueve o 10 años, sino los de cinco. "Las preguntas las están haciendo cada día más temprano", asegura la psicóloga Cecilia Zuleta.

Pero a esta realidad habría que agregar que las preguntas también son más difíciles porque tienen que ver con situaciones dramáticas que cada día los toca más de cerca. Padres y profesores piden a gritos herramientas para saber cómo enfrentar preguntas que hoy incluyen no solo el divorcio, el sexo y el temor a la muerte de sus padres, sino la noción de peligro. La literatura y los manuales han tenido que cambiar las hadas por historias más reales.

Las de este año han sido particularmente calientes. Según profesores y psicólogos, la aparición de Emmanuel en diciembre pasado motivó una avalancha de preguntas de los niños a sus maestros y padres sobre el secuestro y los niños en la guerra. Luego, se sumaron las marchas por la paz en las que los niños participaron activamente, y los incidentes fronterizos con Venezuela y Ecuador, que exacerbaron los ánimos de muchos padres y -queriéndolo o no- terminaron transmitiéndoselos a sus hijos.

Dada la cantidad de situaciones límite, los niños están tramitando su duelo y sus angustias desde el juego o la descripción de las pesadillas. La psicóloga y profesora de literatura María Isabel Reverón cuenta que de los niños que acuden a su consultorio, cada día son más frecuentes los que pintan personas mutiladas, retiñen el dibujo con rojo muy fuerte o tienen un trazo agresivo que casi rompe la hoja. "Tienen una necesidad de expresar la ira, de aquello que no comprenden, cortando y despedazando".

Lo que se está viviendo en los consultorios no difiere de lo que pasa en los colegios. "Los cambios sociales son muy grandes y cada vez más rápidos, y la juventud hoy se expresa sin temor sobre alcoholismo, promiscuidad y violencia. Pero eso no es un problema sino un alivio, porque antes no hablaban y así era muy difícil atender sus inquietudes", dice Constanza Rueda, rectora del colegio femenino María Ángela.

Con todo, los padres todavía no saben muy bien en qué orilla pararse, si hablar abiertamente o conservar la magia de la niñez con el silencio. Sandra Rojas, mamá de Lucía, de cinco años, confiesa que prefiere que su hija no vea el noticiero pero sabe que no puede meterla en una burbuja de cristal. Por eso valora la tarea que emprendió el colegio de hacer rotar por las casas de sus alumnos un 'cuaderno viajero' en el que cada familia escribe cuál ha sido su experiencia con la muerte. "Unos escriben que se les murió la abuelita; otros, que perdieron un cachorro, es muy enriquecedor y nos ayuda a abordar el tema con ellos, añade Rojas.

Del otro lado están los padres que, según cuenta Zuleta, van soltándolo todo. "Para hablarles de la muerte, de una vez les hablan de las masacres, lo cual también es excesivo".

¿Qué hacer?

Evadir los temas no evitará que los niños tengan miedo, así que es mejor no evadirlos pero tampoco hacerlos tan explícitos. Como aconseja el refrán popular, "ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre". Los psicólogos sugieren responderles con preguntas para saber qué es exactamente lo que quieren saber. Según Zuleta, los padres están en una encrucijada. Si bien se sienten con autoridad para hablarles a sus hijos de sexo, divorcio, muerte, de los temas duros que golpean a diario sus vidas, no saben aún cómo hacerlo. Para ella no basta con darles una clase o leerles un manual. "El problema es que los niños tienen más información, pero se sienten muy solos con ella".

La velocidad con la que los niños entienden que algo está mal, de alguna forma está atada con sus vivencias personales, pero también con la cultura. Los programas de televisión y la Internet los provee de información con tal eficacia que están en capacidad de entender el mundo más rápidamente. Pero justamente por eso necesitan del apoyo afectivo de un adulto.

En este sentido, la educación ha tenido que ir ajustando con libros que les ayuden a exorcizar sus temores. Por ejemplo, desde hace unos años, los niños están leyendo en las aulas una historia del escritor Jairo Aníbal Niño que tiene que ver con un niño desplazado y un reciclador. "Los textos cada día abordan ambientes más cotidianos, ciudad y familia, ya no es la doncella que espera ser salvada por el príncipe", explica María Isabel Reverón. Con todo, para ella, como para otros psicólogos y pedagogos, la literatura sigue siendo la mejor herramienta simbólica para abordar temas dolorosos.  "Pese a todo lo que vive el niño, como el hambre o la posibilidad de ser víctima de maltrato de sus padres, si logra conectarse en su espíritu juguetón, el relato le da la posibilidad de la imaginación y de la esperanza. Lo que no podemos es dejar que se debilite su estructura optimista de la vida".

LA MUÑECA CON CÁNCER

En homenaje a una niña de 28 meses que falleció de cáncer, nació la Fundación María José, destinada a ayudar con atención médica de calidad a los niños de escasos recursos diagnosticados con cáncer. La muñequita con cáncer es una estrategia doble: conseguir recursos para la construcción de su sede y acercar a los niños al tema. 

NO TODOS SON BUENOS

Aunque ha proliferado el uso de manuales para ayudarles a los niños a responder a sus inquietudes existenciales, la psicóloga María Isabel Reverón piensa que es necesario dejar que se decante el boom de textos que se han publicado, porque no hay garantía absoluta en sus contenidos. "Son temas tan difíciles que no se puede generalizar ni tomar las recomendaciones al pie de la letra, porque las preguntas tal vez no corresponden a la inquietud específica del niño". El verdadero núcleo donde se debe asumir el tema es la casa, porque detrás de cada niño hay un sistema de creencias de su entorno que configura las respuestas que le serán dadas.

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