De ser una práctica comercial para comprador y vendedor, pasaron a ser actividades que recaudan fondos para causas sociales. Expertos internacionales cuentan la evolución de este tipo de ventas.
UNA GUITARRA DE JUANES, una paleta de Fernando Botero, un casco de Juan Pablo Montoya. Todo a la venta en un sólo lugar. Un vestido de Silvia Tcherassi, un curso de cocina con Harry Sasson, un par de libros autografiados de Gabo, presentados por Shakira en el estreno de 'El amor en los tiempos del cólera' en Las Vegas. Y todo por una buena causa.
Hace un par de semanas, para estar a la altura, 400 personas pagaron dos millones de pesos para cenar con la Reina de Suecia, y, además, pujar por un lote de 14 objetos, entre joyas, artesanías y libras de café, en beneficio de la Fundación Mentor y sus proyectos educativos. Días más tarde, en Miami, BeLive 2007, contagiada por la fiebre de las subastas, reunió a seis de las más reconocidas fundaciones colombianas, como Colombianitos, de la periodista Ángela Patricia Janiot, Fórmula Sonrisa, de Juan Pablo Montoya y Mi sangre, de Juanes, e hizo la suya. ¿Es un tema de reconocimiento? Si de paso, se pueden recaudar miles de dólares y salir retratado en las revistas de sociales, ¿mejor?
Curiosamente las subastas en el país eran una práctica propia de las ferias ganaderas y equinas. Una actividad 100% comercial para vendedor y comprador. En ocasiones útiles para rematar inmuebles en mora y más recientemente para la compraventa de productos en Internet. Algo que no está alejado de lo que ha venido pasando en el mundo. Según la consultora Forrester Research, el e-commerce mundial gracias a las subastas en línea a comienzos de siglo y dado al auge de Internet, pasó de representar el 10% de todas las transacciones a 29% tan sólo en un año.
Ahora se recaudan fondos
Ese espíritu lucrativo de la subasta sigue intacto. Pero ahora tiene un objetivo adicional: reunir gente y recaudar fondos para obras sociales. Cuadros para ayudar a soldados heridos en combate. Desfiles de moda para ayudar a las víctimas de las mina anti persona. Noches de hotel para crear escuelas. Esculturas para brindarles vivienda y educación a las viudas y los huérfanos víctimas de la guerra. Una cartera Hermès para apoyar a la niñez desamparada. ¿Hay beneficios fiscales? Por supuesto. ¿Importa? Casi nada, sobre todo cuando el dinero les llega a quienes les tiene que llegar.
Ricardo Barreneche, el martillo estrella de Colombia, lleva 30 años animando futuros compradores, casi siempre superando las expectativas de los organizadores. "No hay manera más efectiva para recaudar dinero que las subastas", dice. Pero no cualquiera puede hacerlo, por eso, la mayoría de las que se han hecho en el país, o es Barreneche quien hace de martillo, o es alguna de las casas subastadoras más ilustres del mundo, como Christié's o Sotheby's a las que les solicitan sus buenos servicios. "Un martillo tiene que tener credibilidad, ser honesto y equilibrado. Juicioso, disciplinado y serio. No puede ser rosquero. Debe tener carisma, ser prudente". A fin de cuentas, son muchos millones los que se están poniendo en juego.
Un mercado creciente
Barreneche ha notado, quizás mejor que nadie, el auge de las subastas con fines sociales en el país. Su trabajo le exige pasar de vender el salto de un caballo campeón a un cuadro pintado en sociedad por Álvaro Uribe Vélez y Fernando Botero. "Las subastas en Colombia son emocionantes: estamos en el trópico. Las subastas ganaderas tienen licor de por medio y hay una algarabía tremenda. Las de arte son más rigurosas, con más caché".
Por ello, ante el llamado de una fundación como Corazón Verde, que apoya a las víctimas del conflicto, los artistas hacen fila para participar. Acaba de llevar a cabo la subasta de los caballos de Eqqusarte, la tercera versión de las esculturas en serie intervenidas por artistas (esta vez de caballos, antes de mariposas y las primeras de árboles). El éxito es total. Las piezas, todas, terminan adquiridas, muchas por empresas. Y los balances de cinco años de trabajo son buenos: 752 becas para niños de diversos departamentos de Colombia, 100 viviendas entregadas y 2.427 personas asistidas psicológicamente. Y Barreneche no se ha quedado atrás: 2.305 millones de pesos para la Fundación Matamoros.
Las subastas sociales pueden ser una moda, un acto de esnobismo o una técnica más para deducir impuestos. Pero esas mismas subastas pueden ser una magnífica oportunidad para enriquecer una colección, para hacer un aporte que en algo alivie la tragedia de un país en guerra o, por qué no, para sentir saldada una deuda con la humanidad.
COLECCIONAR
El fin último de las subastas es hacer de sus clientes potenciales coleccionistas. Para los subastadores "coleccionar no significa gastar increíbles cantidades de dinero", explica Andrés White, director de Sotheby's en el área de joyería. El experto cuenta que hay mujeres que se gastan 2.000 dólares y obtienen piezas excelentes. En el caso de las joyas, específicamente, éstas cargan un valor intríseco que no se desvaloriza, más aún si son de alguna época interesante en cuanto al diseño, como los años 20. "Ante todo, las joyas son capital portátil", dice.
La pregunta obligada es por qué la gente se deshace de objetos que tanto precia, como una joya. Aunque detrás de todo ello hay una notoria representación de éxito y un elemento de vanidad al tener una pieza única y que debería reposar en una colección pública, hay más razones que el ego. Para Daniela Mascetti, antropóloga dedicada a la subasta de joyas en Sotheby's hace veinte años, existen varias razones para venderlas. "Mucha gente ha sobrevivido en alguna guerra gracias a las joyas, esa es la primera razón, por necesidad económica -explica Mascetti-; la segunda es que hay gente que recibe herencias que no le interesan y la tercera es que hay compradores que quieren especializar su colección y por eso se van refinando y vendiendo los objetos que no encajan".
Pero si de filantropía se trata, hay compradores que saben del valor del objeto pujado y antes que tenerlo en sus hogares, prefieren donarlo a una institución para que el público pueda contemplarlo. Tanto White como Mascetti saben de piezas que han estado en subastas y que deberían reposar en un museo, sin embargo la premura con la que se lanza el catálogo y el tiempo en el que se hace la subasta, de más o menos un mes, no es suficiente para que éstos recauden los fondos. "Si queremos hablar de altruismo, es de rescatar la labor que hacen algunas asociaciones de amigos de museos importantes que, como la del Louvre, compran piezas para que el Museo las pueda exhibir".
Cuando definitivamente esto es imposible, prefieren que alguien que ame la joya la adquiera y la luzca, antes que cualquier mercante que la rompa y la fragmente vendiendo las piedras individualmente, lo cual, según ellos, sucede muchísimo.
1.600 DÓLARES pagó Olof Stenheimmer, un empresario sueco, en una subasta benéfica organizada por Sotheby's.