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Por CARLOS GUSTAVO ÁLVAREZ G.
Periodista y analista de medios.
POCAS PRENDAS han nacido con un nombre tan desastrado y descriptivo como la sudadera. Como si fuera poca la inmediata referencia a ese humor corpóreo definido como "líquido claro que segregan las glándulas sudoríparas de la piel y cuya composición química es parecida a la de la orina", en el camino se atraviesa la maldición bíblica que la relaciona con la comida -"Ganarás el pan con el sudor de tu frente"-. Pero es con argumentos más graves como la "sudadera", expulsada del paraíso semántico, fue hasta hace poco admitida en el diccionario de la Real Academia
Española como "jersey o chaqueta deportivos, a veces con capucha". A veces con capucha. Debe ser por la reivindicación de género, porque María Moliner no le da cabida, remite a "sudadero" y manda buscar bajo "sudar", que comienza por "transpirar" y termina con ejemplos como "ha sudado el premio con mucho trabajo y esfuerzo" o "sudó toda la ropa de la cama", ambos tan espantosos como cuando ordenan a los oficinistas que "suden la camiseta" -esa que los futbolistas se quitan goteando y entregan a un similar con el que hasta hace poco se liaban a patadas, para que se la ponga orgulloso-.
María y la Academia nos recuerdan que el asunto comenzó con el macho "sudadero", que es mucho más apretado y huele harto peor, como quiera que es la "manta pequeña que se les pone a las caballerías debajo del aparejo", y que termina empapado, refregado y contaminado de ese humor acuoso. Todas las referencias anteriores y posteriores nos remiten al sudor, un inevitable producto del cuerpo mamífero que la humanidad del chip intenta asumir como heroico, aunque no pueda abdicar de su proceder esclavista.
Fuera 20 siglos de estigma
La primera gota de sudor cae en la cueva. Nadie habla de su olor porque entonces estaban ocupados en pintar monachos, dominar el fuego, comer con la mano... Pasa el sudor por las pirámides, recorre los barcos romanos y vikingos remando como loco y chorrea hasta la América de imperios tan majestuosos como antropófagos, apegado a los barcos españoles que olían a sentina. Ya para entonces se había inventado el perfume, que algunos atribuyen a Patrick Süskind en las respuestas de Estado, y cuya misión oscilaba entre la seducción y el obligatorio disimulo de la aversión al baño, y el repudio al ambiente de cloaca de las ciudades al que no escaparon ni la Roma Imperial ni la París revolucionaria. Pero me desvío del tema, se me está saliendo por los poros: voy a necesitar una sudadera para contenerlo.
No sé cuándo la inventan, ni quién. Aventuro su origen en esos vestidos gimnásticos del siglo XIX que se pegaban a la piel y que ingresaron al XX, como las pantalonetas de México 70, con deseos todavía pacientes de aflojarse, bajarse, ancharse, para responder a la fuerza de la liberación sexual que algunos creen contemporánea sólo porque no han leído a Boccaccio. Mucha historia debo saltar para llegar a San Victorino y encontrar primero los pantalones de algodón abombados que un indígena tira en la plaza y a los que después sobrepone un buzo o "jersey".