Septiembre 6 de 2007

Del infierno a la gloria

Carlos Gustavo Álvarez habla de la sudadera, que unida a los tenis, nos rescatan de la formalidad, de la hipocresía y del reino falaz del almidón.

Por CARLOS GUSTAVO ÁLVAREZ G.
Periodista y analista de medios.

POCAS PRENDAS han nacido con un nombre tan desastrado y descriptivo como la sudadera. Como si fuera poca la inmediata referencia a ese humor corpóreo definido como "líquido claro que segregan las glándulas sudoríparas de la piel y cuya composición química es parecida a la de la orina", en el camino se atraviesa la maldición bíblica que la relaciona con la comida -"Ganarás el pan con el sudor de tu frente"-. Pero es con argumentos más graves como la "sudadera", expulsada del paraíso semántico, fue hasta hace poco admitida en el diccionario de la Real Academia

Española como "jersey o chaqueta deportivos, a veces con capucha".  A veces con capucha. Debe ser por la reivindicación de género, porque María Moliner no le da cabida, remite a "sudadero" y manda buscar bajo "sudar", que comienza por "transpirar" y termina con ejemplos como "ha sudado el premio con mucho trabajo y esfuerzo" o "sudó toda la ropa de la cama", ambos tan espantosos como cuando ordenan a los oficinistas que "suden la camiseta" -esa que los futbolistas se quitan goteando y entregan a un similar con el que hasta hace poco se liaban a patadas, para que se la ponga orgulloso-.

María y la Academia nos recuerdan que el asunto comenzó con el macho "sudadero", que es mucho más apretado y huele harto peor, como quiera que es la "manta pequeña que se les pone a las caballerías debajo del aparejo", y que termina empapado, refregado y contaminado de ese humor acuoso. Todas las referencias anteriores y posteriores nos remiten al sudor, un inevitable producto del cuerpo mamífero que la humanidad del chip intenta asumir como heroico, aunque no pueda abdicar de su proceder esclavista.

Fuera 20 siglos de estigma

La primera gota de sudor cae en la cueva. Nadie habla de su olor porque entonces estaban ocupados en pintar monachos, dominar el fuego, comer con la mano... Pasa el sudor por las pirámides, recorre los barcos romanos y vikingos remando como loco y chorrea hasta la América de imperios tan majestuosos como antropófagos, apegado a los barcos españoles que olían a sentina. Ya para entonces se había inventado el perfume, que algunos atribuyen a Patrick Süskind en las respuestas de Estado, y cuya misión oscilaba entre la seducción y el obligatorio disimulo de la aversión al baño, y el repudio al ambiente de cloaca de las ciudades al que no escaparon ni la Roma Imperial ni la París revolucionaria. Pero me desvío del tema, se me está saliendo por los poros: voy a necesitar una sudadera para contenerlo.

No sé cuándo la inventan, ni quién. Aventuro su origen en esos vestidos gimnásticos del siglo XIX que se pegaban a la piel y que ingresaron al XX, como las pantalonetas de México 70, con deseos todavía pacientes de aflojarse, bajarse, ancharse, para responder a la fuerza de la liberación sexual que algunos creen contemporánea sólo porque no han leído a Boccaccio. Mucha historia debo saltar para llegar a San Victorino y encontrar primero los pantalones de algodón abombados que un indígena tira en la plaza y a los que después sobrepone un buzo o "jersey".

La gente comienza a usarlas con un auge del deporte como forma de mejorar la calidad de vida, mantener la salud y lograr la figura estilizada de modelos y actrices, a quienes el más mínimo gordo margina de la pantalla chica. Ya los ha ido relegando del séptimo arte. De El gordo y el flaco, de Viruta y Capulina sale el que alcanza el nivel más alto de colesterol y se salta el límite de los triglicéridos. Queda el estilizado, el delgadito, el que puede subir a la balanza sin ruborizarse. Las mujeres se precipitan sobre los gimnasios, que ya no son excluyentes como en la época de Charles Atlas y del profesor Contreras, y el sudor, que ahora se bifurca por género, adquiere una connotación incluyente.

"!Huy, cómo suda de rico ese man!", dicen las chicas sin haber visto la saga de Orquídea Salvaje, paradas frente al entrenador acuoso que zarandeándolas las conducirá al peso y a las formas ideales. Muchas y muchos ya están ataviados con la sudadera que, sin embargo, al salir lleva para quienes no han dado ese paso hacia la democracia sudorípara, el estigma maldito de 20 siglos, del "sudadero" caballar y de la mala impresión olfativa que causa un ciudadano padre, hijo, novio o esposo cuando llega con el sudor pegado al cuerpo y a la sudadera, y recibe el anatema de un baño inmediato, mientras la prenda hace tránsito ominoso hacia la lavadora.

Para lucir 

Tanta prevención es inútil: la sudadera ha ganado el espacio de la libertad. Ha llegado para aflojar cinco días de corbata, de sacos de paño, de pantalones con poco tiro que estriñen gónadas. Unida a ese par de escarpines liberadores llamados tenis, nos rescatan de la formalidad, de la hipocresía, del reino falaz del almidón. Y como ahora todo el mundo anda por ahí y a todas horas -en las calles, en la iglesia, en al peluquería, en TransMilenio-, la sudadera se vuelve referencia, mojón, misión que en la época de Daniel Samper cumplía la alopecia. "Allá, al lado del de la sudadera" y otras tantas menciones, describen la importancia circulatoria y locativa de la prenda.

Se vuelve obligatoria para las terapias y los exámenes coprológicos, vital para la tercera edad -nunca en la fila para cobrar la pensión-, ideal para recorrer los centros comerciales. Ha pasado del algodón a la licra, eliminado la raya lateral e incorporado el calzoncillo de redecilla, y empresas como Adidas y Arena la fabrican más para lucirla que para sudarla. Entonces, los otros, las otras comienzan a decir de los otros y de las otras, que ya el asunto se pasó de la raya lateral y que la gente ha perdido la compostura. Y miran mal al que va a la iglesia en sudadera.

Debo terminar con la fórmula conocida que evita la incineración del santo o lo confina a la oscuridad. Hay sitios donde la sudadera no cabe. Como por respeto, ¿me entiende? Pero no hay nada más rico que estar en sudadera. Aunque jamás alcancen una colección de Silvia Tcherassi. Con la sudadera se cumple el refrán "la moda no incomoda". Lo comprobé mientras escribía esta nota. Y entendí por qué se debería usar en algunos trabajos en los que, como dice María Moliner, "le hacen sudar lo que le pagan".

Ver Términos y Condiciones.

COPYRIGHT © 2007 CEET Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.