Del infierno a la gloria

La sudadera hoy es más una prenda para lucir que para sudar. Se ve, cada vez con más frecuencia, en iglesias y centros comerciales.

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La gente comienza a usarlas con un auge del deporte como forma de mejorar la calidad de vida, mantener la salud y lograr la figura estilizada de modelos y actrices, a quienes el más mínimo gordo margina de la pantalla chica. Ya los ha ido relegando del séptimo arte. De El gordo y el flaco, de Viruta y Capulina sale el que alcanza el nivel más alto de colesterol y se salta el límite de los triglicéridos. Queda el estilizado, el delgadito, el que puede subir a la balanza sin ruborizarse. Las mujeres se precipitan sobre los gimnasios, que ya no son excluyentes como en la época de Charles Atlas y del profesor Contreras, y el sudor, que ahora se bifurca por género, adquiere una connotación incluyente.

"!Huy, cómo suda de rico ese man!", dicen las chicas sin haber visto la saga de Orquídea Salvaje, paradas frente al entrenador acuoso que zarandeándolas las conducirá al peso y a las formas ideales. Muchas y muchos ya están ataviados con la sudadera que, sin embargo, al salir lleva para quienes no han dado ese paso hacia la democracia sudorípara, el estigma maldito de 20 siglos, del "sudadero" caballar y de la mala impresión olfativa que causa un ciudadano padre, hijo, novio o esposo cuando llega con el sudor pegado al cuerpo y a la sudadera, y recibe el anatema de un baño inmediato, mientras la prenda hace tránsito ominoso hacia la lavadora.

Para lucir 

Tanta prevención es inútil: la sudadera ha ganado el espacio de la libertad. Ha llegado para aflojar cinco días de corbata, de sacos de paño, de pantalones con poco tiro que estriñen gónadas. Unida a ese par de escarpines liberadores llamados tenis, nos rescatan de la formalidad, de la hipocresía, del reino falaz del almidón. Y como ahora todo el mundo anda por ahí y a todas horas -en las calles, en la iglesia, en al peluquería, en TransMilenio-, la sudadera se vuelve referencia, mojón, misión que en la época de Daniel Samper cumplía la alopecia. "Allá, al lado del de la sudadera" y otras tantas menciones, describen la importancia circulatoria y locativa de la prenda.

Se vuelve obligatoria para las terapias y los exámenes coprológicos, vital para la tercera edad -nunca en la fila para cobrar la pensión-, ideal para recorrer los centros comerciales. Ha pasado del algodón a la licra, eliminado la raya lateral e incorporado el calzoncillo de redecilla, y empresas como Adidas y Arena la fabrican más para lucirla que para sudarla. Entonces, los otros, las otras comienzan a decir de los otros y de las otras, que ya el asunto se pasó de la raya lateral y que la gente ha perdido la compostura. Y miran mal al que va a la iglesia en sudadera.

Debo terminar con la fórmula conocida que evita la incineración del santo o lo confina a la oscuridad. Hay sitios donde la sudadera no cabe. Como por respeto, ¿me entiende? Pero no hay nada más rico que estar en sudadera. Aunque jamás alcancen una colección de Silvia Tcherassi. Con la sudadera se cumple el refrán "la moda no incomoda". Lo comprobé mientras escribía esta nota. Y entendí por qué se debería usar en algunos trabajos en los que, como dice María Moliner, "le hacen sudar lo que le pagan".

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