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EL PADRE PABLO SEXTO ARRIETA, párroco de la iglesia Divino Salvador, de Bogotá, sabía que la deserción de los feligreses católicos tenía algo que ver con que las misas a veces invitaban más al bostezo que a la comunión. La preocupación ya había sido comentada en distintas reuniones del clero, que solían terminar con la misma conclusión: urgía adoptar estrategias más modernas de comunicación, pero sin caer en el espectáculo de las celebraciones de las iglesias cristianas evangélicas.
Al padre Arrieta se le ocurrió ponerles un toque audiovisual a las eucaristías. Convocó a una colecta entre los fieles, completó con recursos propios de la parroquia y compró un proyector video beam y una pantalla gigante.
Desde comienzos de este año, el mensaje no sólo entra por los oídos sino también por los ojos, pues los textos de los Cantos, de la Primera Lectura, del Salmo y del Evangelio aparecen en el telón -a veces incluso con imágenes de refuerzo-, se revelan más legibles y, sin duda, menos soporíferos. "Hemos visto que, de pronto, las celebraciones frías y estructuradas no tocan a la gente -admite el sacerdote-. En cambio, hoy los fieles nos dicen: 'Ahora sí podemos cantar y participar'".
La estrategia del Divino Salvador no es aislada. Desde hace algunos años, la Iglesia Católica colombiana ha querido sintonizarse mejor con su público y vender una imagen más fresca y amplia de su obra. La preocupación no solo obedece a que otros credos le llevan la delantera en materia de comunicaciones, sino a los varapalos que ha sufrido por cuenta de sus sacerdotes pederastas y al talante reaccionario del pontificado de Benedicto XVI: su escasa empatía con los creyentes en asuntos como el uso del condón, su menosprecio por otros credos o por el ala progresista de la Iglesia y su aceptación a la vuelta de las mismas en latín, reclamada por el sector más conservador de la Iglesia.
Ante esta situación, en septiembre de 2006, tras el escándalo del padre Efraín Rozo -el primer caso de pederastia conocido en Colombia-, los más altos jerarcas de la Iglesia decidieron acercarse a Dattis Comunicaciones, una de las principales agencias de relaciones públicas del país, e implorarle su apoyo para que la manzana podrida no echara a perder toda la obra pastoral. Una asesoría que no habría merecido ningún comentario si hubiese sido solicitada por una compañía multinacional, pero sí por el clero.