Julio 13 de 2007

Imagen y semejanza

Sacerdotes colombianos reciben asesorías para trasmitir su mensaje con un estilo más moderno y efectivo.

EL PADRE PABLO SEXTO ARRIETA, párroco de la iglesia Divino Salvador, de Bogotá, sabía que la deserción de los feligreses católicos tenía algo que ver con que las misas a veces invitaban más al bostezo que a la comunión. La preocupación ya había sido comentada en distintas reuniones del clero, que solían terminar con la misma conclusión: urgía adoptar estrategias más modernas de comunicación, pero sin caer en el espectáculo de las celebraciones de las iglesias cristianas evangélicas.

Al padre Arrieta se le ocurrió ponerles un toque audiovisual a las eucaristías. Convocó a una colecta entre los fieles, completó con recursos propios de la parroquia y compró un proyector video beam y una pantalla gigante.

Desde comienzos de este año, el mensaje no sólo entra por los oídos sino también por los ojos, pues los textos de los Cantos, de la Primera Lectura, del Salmo y del Evangelio aparecen en el telón -a veces incluso con imágenes de refuerzo-, se revelan más legibles y, sin duda, menos soporíferos. "Hemos visto que, de pronto, las celebraciones frías y estructuradas no tocan a la gente -admite el sacerdote-. En cambio, hoy los fieles nos dicen: 'Ahora sí podemos cantar y participar'".

La estrategia del Divino Salvador no es aislada. Desde hace algunos años, la Iglesia Católica colombiana ha querido sintonizarse mejor con su público y vender una imagen más fresca y amplia de su obra. La preocupación no solo obedece a que otros credos le llevan la delantera en materia de comunicaciones, sino a los varapalos que ha sufrido por cuenta de sus sacerdotes pederastas y al talante reaccionario del pontificado de Benedicto XVI: su escasa empatía con los creyentes en asuntos como el uso del condón, su menosprecio por otros credos o por el ala progresista de la Iglesia y su aceptación a la vuelta de las mismas en latín, reclamada por el sector más conservador de la Iglesia.

Ante esta situación, en septiembre de 2006, tras el escándalo del padre Efraín Rozo -el primer caso de pederastia conocido en Colombia-, los más altos jerarcas de la Iglesia decidieron acercarse a Dattis Comunicaciones, una de las principales agencias de relaciones públicas del país, e implorarle su apoyo para que la manzana podrida no echara a perder toda la obra pastoral. Una asesoría que no habría merecido ningún comentario si hubiese sido solicitada por una compañía multinacional, pero sí por el clero.

Darío Vargas, socio mayoritario de Dattis, no fue ajeno al asombro cuando el cardenal primado de Colombia, monseñor Pedro Rubiano, lo invitó a una reunión en el Palacio Arzobispal. Recuerda que se sintió en pleno sínodo al ver tanta sotana, solemnidad y crucifijo, pero pronto reparó en que no estaba tratando directamente con la Divinidad. Sin que fuera asumido como falta de respeto, a los sacerdotes era posible prodigarles un trato de viejos compadres, llamarlos por sus nombres de pila o sus apodos y hasta darles palmaditas en el hombro al saludarlos.

Situaciones de esta índole comenzaron a sacar a flote los problemas de imagen. En efecto, no son pocas las personas que dudan del compromiso del clero con la gente y perciben a los sacerdotes como seres distantes. "La Iglesia -dice Vargas- opina sobre muchos temas en Colombia, pero curiosamente no está acostumbrada a comunicar las tareas que cumple en otras áreas: su misión en ancianatos, las actividades de su centro de atención a migrantes... En pocas palabras, ha tenido deficiencias para mostrar aquello que las empresas llaman 'responsabilidad social corporativa'". Y justamente por eso buscó a expertos: para hacer un mejor márquetin de su historia pastoral.

Dar la cara

La estrategia para recuperar la favorabilidad perdida -aun cuando las encuestas concluyen que la de la Iglesia sigue siendo una de las más altas en Colombia- no ha consistido en mostrar solo los aspectos poco difundidos de la misión pastoral, sino también en ofrecer un rostro más dinámico. Algunos sacerdotes han recibido entrenamiento como voceros, capacitación para pararse frente a un micrófono y mejorar la presentación personal y la expresión oral.

Hace dos años, por ejemplo, la Vicaría Episcopal de Cristo Sacerdote, en Bogotá, trajo a un experto argentino, sin vínculo alguno con la Iglesia, para que dictara una actualización en comunicaciones a un grupo de sacerdotes y les enseñara con qué lenguaje debían llegar a diferentes tipos de público. "Tuvimos que aceptar que no nos las sabíamos todas y que había que cambiar el tonito -dice Rafael Cotrino, vicario territorial, mientras dibuja en el aire unas comillas al pronunciar la última palabra-. Vivimos en una comunidad laica, pluricultural, en la que mi verdad juega con otras verdades".

Ante toda esta movida clerical, resulta inevitable cuestionar si la preocupación por la forma terminará provocando un sacrificio del contenido; si los principios ahora serán más blandos porque la sociedad se ha liberalizado, o si el mensaje se modificará en aras de tener satisfechos a los espectadores, un poco al tenor de lo ocurrido con las ideas políticas en la era de los medios masivos de comunicación.

Pero el vicario Rafael Cotrino es claro: "No -enfatiza-: la Iglesia no hace promociones. No hay católicos de cinco mandamientos y católicos de dos mandamientos. Los principios generales siempre son los mismos. Lo que cambia es que ahora la oferta se presenta de una forma más grata".

LA 'CIBERIGLESIA'

Que otros credos hayan ganado ventaja en materia de comunicaciones no significa que ahora sea necesario imitarlos. No, la Iglesia Católica no piensa salir ahora con sacerdotes milagreros ni espectáculos multitudinarios, pero sí abrir nuevos frentes de comunicación. Una de las áreas más importantes son las Redes Virtuales para la Comunión y la Solidaridad, proyecto que busca la creación o renovación de páginas web para dar información sobre los servicios pastorales de las distintas jurisdicciones eclesiásticas. Otro frente, aún más distante pero vital dentro de estas iniciativas, es la apertura del canal de televisión Cristovisión.

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