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Darío Vargas, socio mayoritario de Dattis, no fue ajeno al asombro cuando el cardenal primado de Colombia, monseñor Pedro Rubiano, lo invitó a una reunión en el Palacio Arzobispal. Recuerda que se sintió en pleno sínodo al ver tanta sotana, solemnidad y crucifijo, pero pronto reparó en que no estaba tratando directamente con la Divinidad. Sin que fuera asumido como falta de respeto, a los sacerdotes era posible prodigarles un trato de viejos compadres, llamarlos por sus nombres de pila o sus apodos y hasta darles palmaditas en el hombro al saludarlos.
Situaciones de esta índole comenzaron a sacar a flote los problemas de imagen. En efecto, no son pocas las personas que dudan del compromiso del clero con la gente y perciben a los sacerdotes como seres distantes. "La Iglesia -dice Vargas- opina sobre muchos temas en Colombia, pero curiosamente no está acostumbrada a comunicar las tareas que cumple en otras áreas: su misión en ancianatos, las actividades de su centro de atención a migrantes... En pocas palabras, ha tenido deficiencias para mostrar aquello que las empresas llaman 'responsabilidad social corporativa'". Y justamente por eso buscó a expertos: para hacer un mejor márquetin de su historia pastoral.
Dar la cara
La estrategia para recuperar la favorabilidad perdida -aun cuando las encuestas concluyen que la de la Iglesia sigue siendo una de las más altas en Colombia- no ha consistido en mostrar solo los aspectos poco difundidos de la misión pastoral, sino también en ofrecer un rostro más dinámico. Algunos sacerdotes han recibido entrenamiento como voceros, capacitación para pararse frente a un micrófono y mejorar la presentación personal y la expresión oral.
Hace dos años, por ejemplo, la Vicaría Episcopal de Cristo Sacerdote, en Bogotá, trajo a un experto argentino, sin vínculo alguno con la Iglesia, para que dictara una actualización en comunicaciones a un grupo de sacerdotes y les enseñara con qué lenguaje debían llegar a diferentes tipos de público. "Tuvimos que aceptar que no nos las sabíamos todas y que había que cambiar el tonito -dice Rafael Cotrino, vicario territorial, mientras dibuja en el aire unas comillas al pronunciar la última palabra-. Vivimos en una comunidad laica, pluricultural, en la que mi verdad juega con otras verdades".
Ante toda esta movida clerical, resulta inevitable cuestionar si la preocupación por la forma terminará provocando un sacrificio del contenido; si los principios ahora serán más blandos porque la sociedad se ha liberalizado, o si el mensaje se modificará en aras de tener satisfechos a los espectadores, un poco al tenor de lo ocurrido con las ideas políticas en la era de los medios masivos de comunicación.