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"HUNDIDOS EN SUS BUTACAS neumáticas, Lenina y El Salvaje olían y escuchaban. Hasta que llegó el momento de ver y palpar también. Las luces se apagaron y en la oscuridad surgieron unas letras llameantes, sólidas, que parecían sostenerse en el aire. Un filme sensible, superencantado, hablado sintéticamente, en color y estereoscópico, con acompañamiento sincronizado de órgano de perfumes".
Esta descripción aparece en Un mundo feliz, la novela de ciencia ficción que el inglés Aldous Huxley publicó en 1932. Corresponde a un aparte en el cual presenta el "Sensocine" como un divertimento en el que ver una película se convierte en una experiencia que mezcla imágenes, sonidos, olores e incluso sensaciones que trasmiten los brazos de las sillas.
75 años después, la idea del cine sensorial de Huxley ha dejado de ser pura ficción. Cada vez hay más teatros que exhiben películas en cuatro dimensiones (4D), aquellas en las que el espectador no sólo ve imágenes en tercera dimensión, sino que es sometido a ráfagas de aire, vibraciones, olores, chorros de agua...
Los primeros intentos de involucrar a los espectadores más allá de las imágenes se atribuyen a William Castle, un director de cine estadounidense experto en el horror, que se valió de algunos trucos para aumentar la adrenalina de los espectadores que asistían a sus funciones.
Por ejemplo, en The Tingler (1959), Castle escondió en algunas sillas del teatro pequeños dispositivos que emitían choques eléctricos en los momentos de mayor tensión de la película. En otra, colgó esqueletos del techo del teatro, regaló seguros de vida a los espectadores por si acaso "se morían del susto" e hizo parquear ambulancias para transportar a los espectadores que salieran en shock por las escenas de horror.