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EL 14 DE ENERO DE 1967 John Phillips, de la banda The Mamas and the Papas, escribió una canción que decía: "Si vas a San Francisco, no olvides llevar una flor en tu pelo". En mayo, Scott McKenzie la interpretó para promocionar el festival de Monterrey, Estados Unidos, que se llevaría a cabo en junio. El éxito fue rotundo a los dos lados del Atlántico: el tema no sólo ocupó los primeros lugares, sino que dio inicio al que sería recordado como el "verano del amor".
Unos 100.000 jóvenes de varias nacionalidades se congregaron en San Francisco para vivir al estilo hippie. Al final del verano, los "niños flor" regresaron a sus países a llevar un mensaje de amor y paz, un ideal que iba de la mano con la promoción de las libertades, el regreso a lo natural, la música psicodélica, las drogas y la vida comunitaria.
Pero con el paso de los años el mismo sistema al que se oponían terminó absorbiéndolos y legitimándolos en varios aspectos: hoy realmente son pocos los que ven algún peligro en alguien que promueva el amor a la naturaleza, sea vegetariano, use accesorios étnicos o practique alguna técnica oriental de relajación. Por eso la pregunta resulta inevitable: ¿quiénes son los herederos del hippismo cuatro décadas después?
Para muchos, la respuesta puede estar en la cultura rave, término con que los caribeños radicados en Londres se referían a las fiestas en los años 60, pero cuya definición actual se consolidó a finales de los 80. El rave -radical audio visual experience- va contra las tendencias de la música popular, la cultura de los clubes nocturnos y la radio comercial. Su centro de gravedad es la música electrónica, su droga el éxtasis y su filosofía: paz, amor, unidad y respeto (PLUR, por sus siglas en inglés).
Las fiestas tienen un guía: el disc-jockey. "Él es como el chamán que conduce el trance", dice Laura Duarte, de 25 años, pelo corto teñido de negro con mechones rojos, guantes sin dedos, minifalda, medias veladas rotas y tenis negros. En su mochila lleva dos manzanas y tres botellas de agua para sortear el golpe de calor que produce el éxtasis. "Ser raver significa comulgar con lo diverso, lo loco -dice-. En las fiestas nos convertimos en una comunidad, sentimos niveles muy altos de paz y amor, muy inducidos por el éxtasis, claro".