El juicio contra 'el patrón de la Fórmula Uno', Max Mosley, desató el debate.
Haga lo que quiera con su intimidad, pero ¡ay de que haya sangre! Cuando todo parecía indicar que el presidente de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), Max Mosley, iba a salir victorioso en su demanda contra un diario que divulgó imágenes de sus prácticas sadomasoquistas, un singular -pero no por ello descabellado- argumento de la defensa cayó sobre el tapete: el derecho a la intimidad se acaba cuando hay lesiones, aun si son consentidas por la víctima.
El escándalo comenzó el 30 de marzo, cuando el diario británico News of the World publicó los detalles de una orgía 'nazi' de cinco horas realizada en Londres por Mosley y cinco prostitutas. En las primeras escenas, el 'patrón de la Fórmula Uno', de 68 años, obedece las órdenes de una dominatriz y dispone sus nalgas para una sesión de latigazos. Luego invierte el papel y es él quien descarga la fusta contra una de las mujeres. El calificativo de 'nazi' provino de la chaqueta militar que viste una de ellas, el uso de uniformes a rayas -como los de los reclusos de los campos de concentración- y un diálogo en alemán.
La sorpresa ha sido que el presidente de la FIA, en lugar de dejar que el escándalo se apagara, lo encendió al demandar al periódico por entrometerse en su vida privada. Eso significó confesar que llevaba 45 años practicando el sadomasoquismo a escondidas de su mujer.
Allá él y sus gustos, sería la actitud más previsible en un mundo que sacraliza el derecho a la intimidad, pero News of the World ha encontrado un par de buenos argumentos para justificar su intromisión: uno, la aparente apología al nazismo -cosa seria-, y dos, que la sesión sadomasoquista tuvo "un aroma potencialmente delictivo", en palabras del director del diario, Colon Myler, que expuso como prueba el trasero sangrante de Mosley después de recibir 15 azotes.
Puede que nadie haya obrado contra su voluntad, pero resulta que el nivel de violencia de la tunda da para ser tipificada como asalto. Y más aún: a la luz de la legislación del Reino Unido es tan delictivo asaltar como dejarse asaltar. Con argumentos de ese corte, en 1990 un juez británico condenó a 16 homosexuales que aparecían en un video realizando prácticas sadomasoquistas. Aunque adultos y conscientes, no les perdonó el exceso. Si tanto gozaban con el dolor, mejor haberse dedicado al boxeo, el rugby o a pintarse tatuajes, que son las excepciones de la regla.
Culpas compartidas
¿Qué pasaría si una jugarreta al estilo de Mosley ocurriera en Colombia? Sergio Reyes Blanco, fiscal de la Unidad de Delitos Sexuales de la Fiscalía y profesor de Derecho Constitucional, señala que el sadomasoquismo no está penalizado en Colombia, pero advierte: "Podría configurarse un delito de lesiones personales si la víctima entabla una querella porque, por ejemplo, se arrepintió. Eso no la excluye de que el juez considere que la responsabilidad fue compartida en cuanto la persona fue determinante de su propio daño".
Ahora bien, para que el asunto traspasara la órbita de lo íntimo y la justicia se viera obligada a intervenir, tendría que haber mucho más que unas goticas de sangre. "Si los golpes dejan secuelas en el largo plazo, causan deformidad o perturbaciones funcionales definitivas, tendría que comenzar una investigación de oficio", añade el fiscal.
El asunto va más allá del sótano londinense donde se citó el patrón de la F-1 con sus meretrices. El floreciente comercio de aparatos de tortura en los sex shops colombianos deja en claro que en todos lados se cuecen habas, y no está de más recordar que hace unos años, cuando a un funcionario del Instituto Nacional de Medicina Legal se le ocurrió investigar sobre el particular, encontró que solo entre diciembre de 1998 y el mismo mes de 2000, una docena de personas habían muerto en Colombia por asfixia mecánica relacionada con actividades sexuales.
Al otro lado del Atlántico, el diario británico The Guardian estableció, por su parte, que el 14 por ciento de los hombres y el 11 por ciento de las mujeres del Reino Unido habían propinado palmadas o se habían dejado amarrar con un cinturón -o viceversa-.
Pocos se consideraban sadomasoquistas, pero técnicamente lo habían sido. Gústeles o no.
MENTE'SADO'
El caso de Max Mosley no solo ha dado para chismes, defensas de los derechos individuales y reflexiones sobre los límites de la intimidad. También para analizar qué hay tras la mente de un sadomasoquista. Carlos Fishman, un experto de la clínica Portman, de Londres, especializado en trastornos sexuales, aseguraba a propósito del escándalo que las personas con estas conductas por lo general sufrieron la ausencia de sus padres, fueron mal comprendidas y vivieron experiencias sistemáticas de humillación.
"Aquellos que se introducen en actividades sadomasoquistas quieren, de una manera inconsciente, controlar y dominar al otro -explicaba Fishman en un reportaje del diario The Guardian-. Reemplazan el dolor mental con el dolor físico y con ello se sienten triunfantes sobre el sufrimiento emocional. Encuentran difícil tolerar la tristeza, el dolor, el rechazo y los dolores humanos ordinarios, y se libran de ellos infligiéndose, por decirlo de alguna manera, en el cuerpo de otro".