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Cuando William Hays murió en 1954, el público estadounidense quedó asombrado al enterarse de que el censor de cine -el mismo que había redactado un código moral que prohibía la exhibición de relaciones interraciales, incesto, homosexualidad y ombligos- tenía una vasta colección de fotografías de esta parte del cuerpo. Esa cicatriz, tan inocente para la mayoría, resultaba completamente pornográfica para Hays, lo que explicaba su pulsión y su repudio.
La historia, relatada en La ceremonia del porno, de los escritores españoles Andrés Barba y Javier Montes, ganadores del premio Anagrama de ensayo, ilustra lo esquiva que resulta la pornografía cuando los legisladores han intentado encasillarla. En ese territorio esquivo se han adentrado los autores para concluir que el porno no puede ser definido por sus imágenes, sino por el contexto en que estas son presentadas. Barba profundizará en el tema durante su visita a Colombia en el marco de las actividades culturales de Fiesta España 08 y de la presentación del libro el 7 de mayo en el Museo Nacional en Bogotá.
CAMBIO: ¿Para qué analizar la pornografía con tanta profundidad?
Javier Montes: Hace mucho tiempo que la pornografía ha dejado de ser un sideshow o una nota al pie dentro de la producción cultural de Occidente. Ya en el año 2000 el periódico The New York Times recordaba que la producción de porno ha superado, solo en Estados Unidos, las cifras conjuntas del cine tradicional de los grandes estudios de Hollywood, pero también los ingresos combinados del deporte profesional, del fútbol americano, del béisbol y del baloncesto juntos. En esas condiciones, realmente se vuelve imposible seguir desdeñando como marginal o posponer la necesidad de afrontar un fenómeno tan ampliamente difundido y tan complejo, del que participan más y más personas en todo el mundo. En Estados Unidos, que lo lleva todo a la literalidad más absoluta, ya tienen incluso departamento de Porn Studies en algunas universidades.
¿No es La ceremonia del porno una forma de redimir la pornografía con un ropaje intelectual, así como a veces esta pretende ser redimida con un ropaje artístico?
Andrés Barba: No es nuestra intención en el texto redimir lo pornográfico, sino analizarlo en su contexto y tratar de enunciar por qué la imagen pornográfica tiene esas características peculiares y no otras. La imagen pornográfica vale más bien poco en cuanto imagen, pero sin duda es interesantísimo ver por qué provoca en nosotros esas reacciones y por qué ocupa el lugar que ocupa.
¿Cómo es aquello de que la pornografía depende del contexto y no de las imágenes en sí mismas?
J.M.: Las imágenes no son pornográficas en sí mismas. Lo que es porno es la mirada que se les dirige y el contexto en que se enmarcan. El cuadro El origen del mundo, de Gustave Courbet (que muestra una vagina en primer plano), será visto de un modo u otro en función del lugar: fue pensado para mostrarse en secreto y se ha convertido ahora en una de las grandes atracciones del Museo d'Orsay de París. Y viceversa: los frescos pompeyanos abiertamente sexuales que en el siglo I a.C. estaban a la vista de todos, se recluyen en un museo secreto, y se vuelven así pornográficos, cuando son redescubiertos en el XVIII en el contexto de otra cultura y otros modos de ver. En el porno, todo es más complicado que una cuestión puramente formal.
¿El porno es necesariamente sexual?
A.B.: Es estrictamente sexual. Necesita serlo para existir. Puede que la imagen no lo sea, pero la reacción que provoca debe ser sexual.
¿Sinceramente creen que el porno no va en escalada? A simple vista, más de uno pensaría que el cine porno de los años 80 era más "candoroso" que el que se ve hoy...
J.M.: No, el porno lo inventa y experimenta todo desde el principio. Hay breves stag movies de los años 10 que muestran ya zoofilia y sexo anal, y muchas otras prácticas consideradas hard. La escalada de estímulos es imposible en el porno, enseguida se encuentra un techo de cristal y se ve reducido a la enumeración y el catálogo. El porno no asciende: se mueve en círculos. Cuando un estímulo pierde su capacidad de choque, recupera otro desechado que ha vuelto a cargarse de fuerza, por así decir: porno amateur, películas arty, estilo californiano, producciones de la Europa del Este. La oferta es simultánea y el espectador elige en función de la necesidad del momento. El porno es un hormigueo constante, no una fila de orugas.
¿Es Internet el mejor lugar que el porno ha podido encontrar en su historia?
A.B.: Es el lugar ideal del porno: público y privado a la vez, reproducible a voluntad, en mitad de la calle y en la intimidad de la habitación, y sobre todo es el espacio que ha permitido eliminar a todos los terceros a quienes teníamos que acudir para acceder a la imagen pornográfica.
¿Por qué definen el porno como 'ceremonia'?
J.M.: Porque para que se produzca una verdadera experiencia pornográfica debe existir un compromiso previo por parte del espectador, que actúa en cierta medida como acólito y celebrante. Sin esa implicación, sin ese convencimiento previo a la hora de iniciarse el ritual, no se ve porno. Si no se dan las condiciones previas que exige toda ceremonia -en este caso, por ejemplo, la intimidad o la excitación o la suspensión de la incredulidad que exige la narrativa porno- simplemente no se está viendo porno. Quien dice "el porno me aburre" no ha llegado a participar de la ceremonia porno y, en realidad, no ha visto porno.