La tala del monte de Venus

Ilustración: Magda Hernández

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CUANDO ERA ADOLESCENTE, Angélica comenzó a podar con tijeras su monte de Venus, luego pasó a la cera que le permitía convertir ese oscuro objeto del deseo en un diminuto rectángulo vertical, y cuando cumplió 27 años decidió que lo mejor era la tala total. "A mi novio le gusta y además me siento más limpia y cómoda", asegura.

Comodidad o limpieza, lo cierto es que el peluche está de capa caída entre muchas mujeres y hombres, a pesar de que subsisten legiones de machos que consideran que eliminar el armiño es un atentado contra la estética y la sensualidad, y que piensan, como el escritor Henry Miller, que "un coño afeitado es como una ostra: insípida y horrible".

La práctica de eliminar el vello del cuerpo se daba en la antigua Grecia y en Egipto, pero es una tendencia relativamente nueva en el Occidente moderno. Según algunos expertos, es probable que haya comenzado a imponerse en 1915 con publicación de un aviso en la revista Harper's Bazaar del que tal vez fue el primer producto comercializado para remover el vello de las axilas. Mostraba a una mujer con una blusa de manga corta y sin vellos bajo el brazo.

Lo mismo que la del planeta, la tala fue ganando terreno. Entre los años 20 y 40, las piernas ofrecieron sus vellos a la lujuria de la cuchilla, y en cuanto a la depilación del triángulo encrespado, algunos sostienen que se trata de una moda que dio sus primeros pasos con la aparición del bikini en los 50 y que fue avanzando con prendas cada vez más diminutas como la tanga y el hilo dental. Así las cosas, las cremas depilatorias, las ceras, las cuchillas y demás han entrado a formar parte fundamental de los kits de belleza de las mujeres, cuyo extremo en lo que al peluche se refiere es el de Angélica y un buen número de actrices porno que han hecho de esa calvicie una fuente más de seducción.

Según un estudio con 678 mujeres realizado por Merran Toerien, del Departamento de Sociología de la Universidad de York, Reino Unido, el 98 por ciento se depilaba las axilas, el 93 por ciento las piernas y el 85 por ciento el monte de Venus. De estas últimas, el 5 por ciento incluso se lo depilaba dándole forma de corazón o de flecha, entre otras.

Según la investigadora, esto significa un giro radical de las percepciones que al respecto tuvo Occidente durante siglos. En el XVI, el fisonomista Giovanni Battista della Porta anotaba que "a mayor densidad del vello, mayor el desenfreno de la mujer"; en el XIX, el médico Félix-Alexandre Roubaud sostenía que las mujeres frígidas tenían un sistema piloso que se destacaba por la "languidez de su vitalidad", y su par Auguste-Ambroise Tardieu le hizo eco al afirmar que "la típica mujer altamente erótica es muy peluda". Más aún, un informe de 1894 sobre 2.200 prostitutas danesas concluía que en esas mujeres se daba la tendencia de cantidades inusuales de vello púbico.

Atribuir la depilación a la presión del mercado puede ser simplista. Algunos investigadores sostienen que se trata de una tendencia que busca acentuar las diferencias entre estereotipos de feminidad y virilidad en una sociedad en la que los roles de mujeres y hombres comienzan a equipararse. De hecho, resulta curioso que toma fuerza justamente cuando las mujeres empiezan a ingresar en forma masiva al mercado laboral, adquieren el derecho al voto y ganan terreno en materia de derechos sexuales.

Expertos anotan que es probable que ante la asunción de papeles tradicionalmente masculinos y para ponerse a tono con las normas sociales, las mujeres tuvieran que expresar su apariencia de "sexo débil" a través de la eliminación del vello, pues éste se asumía como sinónimo de hombría. Por eso, para rebelarse contra la discriminación de la mujer, las feministas de los años 70 se rebelaron contra las máquinas de afeitar. 

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