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LA SUPERLATIVA DOTACIÓN del marido nunca fue para la esposa motivo de placer o de orgullo. Fue un tormento. Algo que la suegra, intrigada por los permanentes malestares y la falta de nietos después de dos años de matrimonio de su hija, descubrió tras un cauteloso interrogatorio. La historia data de 1593 y la relató en 1656 el prestigioso médico alemán Guilhelmius Fabricius Hildanus en un texto titulado Dolor e infertilidad causados por un pene muy largo: "La longitud excepcional del pene de su marido en el ferviente abrazo no sólo le estaba causando dolor severo, sino que después del encuentro ella aún lo sentía en su ser. Y sí, sus partes miserables mostraban signos de ello".
Hildanus conoció el caso en Colonia, Alemania, gracias a la preocupación de la suegra del superdotado que descubrió que "la boca del útero" de su hija estaba ulcerada como consecuencia del voluminoso instrumento del yerno. El médico recomendó dos o tres baños diarios con pomadas a base de hierbas. Aunque la atormentada esposa se curó de las heridas, no logró superar el trauma psicológico. Por eso, consultado nuevamente, el médico no tuvo más remedio que hacer las veces de inventor: "Le aconsejé que su marido, antes de ir a la batalla, debería cubrir su vientre con un escudo hecho de corcho, cubierto de lino suave y lana, que prevendría la honda penetración". Como si se tratara de un antifaz para cíclopes, el dispositivo tendría un hueco en el centro y un par de cintas para anudar en la espalda. El corcho serviría no sólo de amortiguador, sino para establecer una distancia prudente entre la pareja.
La mujer siguió el consejo y no sólo logró conjurar el dolor, sino que comenzó a disfrutar del sexo y finalmente quedó embarazada. Pese al éxito del caso descrito y a que Hildanus dejó dibujos del reductor entre sus apuntes, el dispositivo duró extraviado más de 400 años. Sin embargo, Erwin Kompanje, experto en cuidados intensivos del Centro Médico de la Universidad de Erasmus, en Rotterdam, Holanda, coleccionista de libros médicos y estudioso de la historia de la medicina, rescató los documentos, armó una réplica siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Hildanus y publicó un artículo en Archives of Sexual Behavior en el que destacó el ingenioso invento: "Cuatro siglos después, el olvidado dispositivo para acortar el pene de Hildanus merece una resurrección en la práctica médica actual".
Lo curioso es que en el mundo de hoy, donde se ve de todo, los dispositivos para acortar penes son una absoluta rareza. De hecho, Kompanje le dijo a CAMBIO: "Sólo encontré el reporte de Hildanus. Busqué otras descripciones, pero fui incapaz de localizarlas".
Caso raro
Dicen que todo exceso es vicioso, pero cuando se trata del instrumento masculino aparece una excepción. La medicina, que a toda carencia o abundancia le pone nombre de enfermedad, ni siquiera ha bautizado la condición de marras pero sí ha desarrollado toda suerte de tratamientos para aquellos con quienes la naturaleza fue tacaña: desde inyecciones de grasa, hasta aparatos que estiran el miembro a punta de giros de tuerca, siguiendo el mismo principio de los potros de tortura de la Inquisición.
Los superdotados no pueden posar de infortunados. Que se sepa, ni el mitológico Príapo -el dios griego de la fertilidad representado por un hombre con un pene que le llega hasta las rodillas-, ni el histórico Rasputín -cuyo supuesto instrumento de 28 centímetros reposa en El Museo de la Erótica de Barcelona- ni el mundanal John Holmes -leyenda del porno estadounidense, célebre por sus 35 centímetros- sufrieron complejos por las dimensiones de su herramienta. Todo lo contrario: a Príapo lo adoraban, al monje lo respetaban y al gringo se lo rapaban las mujeres, a juzgar por las 10.000 que le atribuyen haber llevado a la cama.
El urólogo Alonso Acuña, autor de un clásico de la sexología criolla titulado El honorable miembro, asegura que en el medio siglo que lleva ejerciendo la medicina sólo ha recibido una consulta por esa poderosa razón. Fue una pareja de recién casados -un escandinavo y una colombiana- a quien él aconsejó, pero cuya suerte desconoce porque no volvieron. Tal vez fue porque aprendieron a comer perdices.
Acuña habla con la voz de la experiencia: "No existen penes grandes sino vaginas mal lubricadas". Y añade que casos como el del alemán del siglo XVI si acaso existieron en el pasado, como consecuencia del nerviosismo de las mujeres a "la hora de la hora": sus partes íntimas estaban tan secas, que al menor roce se desgarraban. "Sin lubricación -dice Acuña con humor- hasta un dedo meñique resulta un monstruo de una tonelada". Y fiel a su tesis, plantea que es posible que el caso conocido por el célebre galeno germano fuera de esa índole y no originado por un instrumento "elefantiásico".
En todo caso, Kompanje insiste en la utilidad de una versión moderna del dispositivo de Guilhelmius Fabricius Hildanus para paliar el dolor de las mujeres "en casos en que el asesoramiento y los cambios de la posición sexual no produzcan mejoría". Interesante idea, sin duda, pero tal vez no aguante un estudio de mercado.