Septiembre 22 de 2007

Memoria de mis putas caras

Prostitutas de lujo desnudan sus vidas, empuñan la pluma y se abren paso en el mercado editorial.

"LAS PUTAS baratas son todas iguales; las caras lo son cada una a su manera". Así podría parafrasearse la primera línea de Ana Karenina y no faltar a la verdad. De lo contrario, la vida de las prostitutas de lujo no despertaría tanto morbo, ni sus historias se convertirían en éxitos editoriales cada vez que deciden pasar de la cama al escritorio.

Paula O. -así prefiere ser nombrada- es pereirana, tiene busto de silicona, mide 1,67, su tarifa no baja de un millón de pesos y acaba de desnudar su vida ante el periodista Francisco Celis Albán. El resultado se titula Confesiones de una puta cara (Intermedio), un libro que se suma a un fenómeno editorial que ya tiene visos de saga literaria: las autobiografías de prostitutas de élite.

Literatura y prostitución tienen un largo maridaje, pero lo novedoso es que sus protagonistas están cada día más dispuestas a poner la cara, abrir la boca o empuñar la pluma. Y el último lustro ha sido particularmente prolífico en materia de confesiones prostibularias.

En 2003, Heidi Fleiss, la Madame de Hollywood, puso a temblar a las celebridades del cine cuando anunció que publicaría su autobiografía. No era para menos, pues gracias a su ejército de prostitutas, conocía al dedillo las aficiones sexuales de un buen número de actores. Al final, Pandering (Proxenetismo), como tituló el libro, no resultó ser una lista negra, pero sí demostró que la prostitución no siempre nace de la pobreza. Licenciada en bienes raíces e hija de un pediatra y una profesora, el verdadero "padecimiento" de Heiss eran su ambición y su hedonismo. Suficientemente ilustrativo resultó el recuerdo que conservó de su primer cliente, cuando tenía 22 años: era tan apuesto, que por ese simple hecho habría tenido sexo gratis con él. Pero no: le pagó 3.000 dólares.

Casi al tiempo que Heiss lanzaba su libro, la francesa afincada en España Valérie Tasso salía con Diario de una ninfómana (Random House Mondadori). Una autobiografía valiente, si se tiene en cuenta el calibre de las confesiones: la autora, licenciada en lenguas extranjeras y ex directiva de importantes multinacionales, admitió en sus páginas que había decidido trabajar durante cuatro meses como prostituta en una agencia de lujo como resultado de un fiasco económico-afectivo (ver entrevista).

Un camino similar tomó en 2005, a los 21 años, la brasileña Raquel Pacheco. Bueno, realmente había comenzado a tomarlo a los 17 años, cuando se prostituyó por primera vez. Pero como Raquel no era "una cualquiera", tenía por costumbre relatar sus encuentros en su blog. "Perfil del cliente", "estilo del encuentro" y "dato curioso", registraba la joven con fervor de coleccionista. Hasta que un día, navegando en la Red, un periodista halló ese tesoro editorial. El resultado fue un best seller titulado El dulce veneno del escorpión (Planeta), firmado con el seudónimo de Bruna Surfistinha, que cuenta historias de esposos y esposas insatisfechos, orgías e intercambios de pareja en Sao Paulo, Brasil.

Marca la diferencia

La crítica literaria no se inmuta con la existencia de estas biografías, pero la verdad es que, al margen de criterios estéticos, suelen ser éxitos editoriales.

Francisco Celis Albán explica el fenómeno: "La historia de las prostitutas baratas es muy parecida siempre; en cambio, las de alto estrato generan una especie de fantaseo sobre qué las hace tan costosas. Ellas poseen cierta aura de inalcanzables, practican un sexo que no es para todo el mundo y tienen acceso a hombres adinerados o poderosos, cuyas vidas por sí mismas despiertan curiosidad". Y como lo demuestra a través de las confesiones de Paula, la vida sexual de los ricos no es igual a la del común: "Cuanto más dinero, más sofisticada es la gente con los gustos sexuales y más necesitada está de experimentar cosas diferentes, locuras que se pueden comprar con plata", asegura Celis.

Ahora bien, también es posible hallar comunes denominadores en estas mujeres. 'Gocetas' por naturaleza, gustan del riesgo, tienen gran desinhibición con respecto al sexo, resultan poco susceptibles a los remordimientos, son buenas conversadoras y suelen generar en sus clientes la tranquilidad de que no aullarán en público.

Sin embargo, sus historias revelan grandes contradicciones. Porque si algo queda claro es que para ellas, el goce desenfrenado es una escapatoria. "Muy en lo profundo de mi ser creo que todo esto está relacionado con la soledad que siento", dice Paula al comienzo de su confesión, muy al tono de las palabras con que Valérie Tasso remata Diario de una ninfómana: "He sido una mujer promiscua, sí. Porque pretendía, en definitiva, utilizar el sexo como medio para encontrar lo que todo el mundo busca: reconocimiento, placer, autoestima y, en definitiva, amor y cariño. ¿Qué hay de patológico en eso?".

Pero quizás el factor común más evidente en ellas es que demostraron que las letras no siempre son un mal negocio. Tanto así que les han dejado mejores réditos que la prostitución.  

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