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Un camino similar tomó en 2005, a los 21 años, la brasileña Raquel Pacheco. Bueno, realmente había comenzado a tomarlo a los 17 años, cuando se prostituyó por primera vez. Pero como Raquel no era "una cualquiera", tenía por costumbre relatar sus encuentros en su blog. "Perfil del cliente", "estilo del encuentro" y "dato curioso", registraba la joven con fervor de coleccionista. Hasta que un día, navegando en la Red, un periodista halló ese tesoro editorial. El resultado fue un best seller titulado El dulce veneno del escorpión (Planeta), firmado con el seudónimo de Bruna Surfistinha, que cuenta historias de esposos y esposas insatisfechos, orgías e intercambios de pareja en Sao Paulo, Brasil.
Marca la diferencia
La crítica literaria no se inmuta con la existencia de estas biografías, pero la verdad es que, al margen de criterios estéticos, suelen ser éxitos editoriales.
Francisco Celis Albán explica el fenómeno: "La historia de las prostitutas baratas es muy parecida siempre; en cambio, las de alto estrato generan una especie de fantaseo sobre qué las hace tan costosas. Ellas poseen cierta aura de inalcanzables, practican un sexo que no es para todo el mundo y tienen acceso a hombres adinerados o poderosos, cuyas vidas por sí mismas despiertan curiosidad". Y como lo demuestra a través de las confesiones de Paula, la vida sexual de los ricos no es igual a la del común: "Cuanto más dinero, más sofisticada es la gente con los gustos sexuales y más necesitada está de experimentar cosas diferentes, locuras que se pueden comprar con plata", asegura Celis.
Ahora bien, también es posible hallar comunes denominadores en estas mujeres. 'Gocetas' por naturaleza, gustan del riesgo, tienen gran desinhibición con respecto al sexo, resultan poco susceptibles a los remordimientos, son buenas conversadoras y suelen generar en sus clientes la tranquilidad de que no aullarán en público.
Sin embargo, sus historias revelan grandes contradicciones. Porque si algo queda claro es que para ellas, el goce desenfrenado es una escapatoria. "Muy en lo profundo de mi ser creo que todo esto está relacionado con la soledad que siento", dice Paula al comienzo de su confesión, muy al tono de las palabras con que Valérie Tasso remata Diario de una ninfómana: "He sido una mujer promiscua, sí. Porque pretendía, en definitiva, utilizar el sexo como medio para encontrar lo que todo el mundo busca: reconocimiento, placer, autoestima y, en definitiva, amor y cariño. ¿Qué hay de patológico en eso?".
Pero quizás el factor común más evidente en ellas es que demostraron que las letras no siempre son un mal negocio. Tanto así que les han dejado mejores réditos que la prostitución.