Olores que matan

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Los investigadores les pidieron a las mujeres que participaban en el experimento que olieran las camisetas sudadas de un grupo de hombres a quienes no habían visto nunca para que eligieran entre éstas el olor más sexy. Inconscientemente, las voluntarias se vieron atraídas por el aroma de los varones cuyo sistema inmunológico era diferente pero compatible con el de ellas. Un resultado que en la práctica significaba que sus narices las orientaban hacia machos que podían ayudarles a tener una descendencia genéticamente más variada, aunque no tanto como para que presentaran un alto riesgo de aborto espontáneo o bajo peso al nacer el vástago, algo que con mayor frecuencia ocurre en los frutos de las uniones interraciales. En pocas palabras, su instinto las conducía hacia su hombre biológicamente ideal.

El estudio, publicado en 1995 en la revista Proceedings of the Royal Society of London, se ha convertido en un ejemplo clásico de cómo, a pesar de que la atracción humana está principalmente determinada por la vista, el olfato no es secundario. "Podría asegurar que mantuve durante un año una relación completamente disfuncional con mi ex novia porque su olor me mantenía atado -confiesa Mauricio, de 34 años-. No importaba si se había bañado o no: su aroma me deleitaba en cualquier circunstancia". Por su parte, Ximena confiesa lo contrario: "Álvaro me atraía físicamente, pero la acidez de su olor me alejaba. Nunca pude tener nada con él, a pesar de que era un hombre que racionalmente me encantaba y parecía hecho a mi medida".

Para algunos pueden resultar argumentos triviales, pero la verdad es que con mucha frecuencia la razón pierde la partida ante la emoción por culpa de los humores. Y hay argumentos biológicos que lo justifican: el sistema límbico -la parte del cerebro asociada a las emociones- tiene una conexión muy estrecha con el sentido del olfato. No hay que perder de vista que, excluyendo al homo sapiens, el olfato en el reino animal es el sentido más importante para propiciar encuentros sexuales. "Un perro que ha perdido el olfato no se aparea -ejemplifica Luz Elena Rueda, bióloga y etóloga de la Universidad Nacional-. La señal clave para su reproducción es olfativa". Que los humanos tengan atenuado este sentido se debe a que la vista ganó terreno a media que se erguían, pero los avances del ojo no fueron suficientes para jubilar a la nariz.

Subestimar el olfato puede ser una grave equivocación. En ese error cayeron los primeros estudiosos del comportamiento animal cuando se concentraron en la comprensión del lenguaje visual y auditivo de los animales durante el cortejo. Pero investigaciones más recientes han reconocido que, probablemente, las primeras señales que se pusieron al servicio de la evolución de las especies tuvieron un carácter químico: fueron las conocidas feromonas, las sustancias de la atracción sexual, presentes hasta en los organismos vivos más básicos de la tierra.

En los humanos, la parte encargada de percibir las feromonas es el órgano vomeronasal, alojado en el fondo de la  nariz. No es gratuito que a éste se le llame, justamente, el sexto sentido. Se dice que los individuos con secreción de feromonas más alta tienen un atractivo sexual más elevado y son percibidos como los más dominantes y respetables. Ahora bien, que las feromonas sintéticas que muchos perfumes dicen tener logran el mismo efecto, no es más que especulación.

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