Viaje a la oscuridad

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FRANCISCO, un homosexual de 39 años y empleado de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., suele quitarse el estrés explorando la agitada agenda sexual de Bogotá. Colecciona volantes, tarjetas y publicaciones sobre bares y sitios de diversión que reparten en algunos establecimientos: anda en busca de experiencias diversas. 

Un día, mientras leía en la buseta en que viajaba de su trabajo a la casa, en uno de esos cuadernillos vio el anuncio de un bar en Chapinero que informaba que allí todo era posible, y como estaba cerca, consideró que esta era una oportunidad y por eso resolvió ir al lugar a ver qué tanta verdad había en ese anuncio. El primer piso era una discoteca común y corriente, con pista de baile y unas mesas. Pero en el fondo había unas escaleras que invitaban al público gay masculino a subir. "No me pude resistir", cuenta Francisco, que se confiesa lanzado en materia de sexo y le gusta experimentar.

Debió pagar 7.000 pesos de cover para acceder al establecimiento donde viviría una experiencia que cada día se hace más popular en la ciudad que se dice underground. Llegó un poco antes de las 8:00 p.m., no había mucha gente y eso le permitió hacer una breve exploración y acostumbrarse a la oscuridad, rota en algunas partes por la luz de unas pantallas de televisión. En un cuarto había dos camas enormes reservadas precisamente para tener sexo con varias personas, en otro, había una especie de laberinto armado con láminas de tríplex, más allá, un lugar para los que gustan de emociones más fuertes (aparatos para sado), un corredor para prácticas exclusivas de sexo oral, un cuarto con una hamaca, también había una sala en donde estaban unos pocos hombres sentados conversando el bar.

Cuando las manecillas del reloj marcaron las 8:00 p.m., oyó por los altoparlantes una voz que le advertía a los concurrentes (de casi todas las edades) que era hora de pasar al vestier para quitarse la ropa. "Nada de sólo mirar -oyó decir-. Hay que participar". Le entregaron dos condones y empezó el desmadre. Francisco, con el corazón latiéndole con fuerza, se entregó a la experiencia. "Es excitante a más no poder -afirma-. Y aunque uno sabe hasta dónde llegar, es difícil controlarse".  

Explosión de los sentidos

En esos cuartos oscuros, los sentidos se aguzan. La vista deja de ser el centro para ceder el paso al olfato, al gusto, al tacto... Los jadeos de los presentes se mezclan con los de las películas porno que transmiten. Hay más, pues por lo general en estos lugares se presentan espectáculos eróticos a cargo de strippers, que conocen la lujuria que despiertan sus cuerpos y por eso se dejan tocar, manosear... "El deseo de estar con esos cuerpos es poderoso -asegura Francisco-. Su físico es muy cuidado y por lo mismo se exhiben, se exponen...".

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