Chávez perdió el pleito de las bases

EFE

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Por Eduardo Mackenzie

Los aparatos políticos de la desestabilización en Colombia han sido llamados por el régimen de Caracas a la movilización general.

Su tarea prioritaria: impedir la firma de los acuerdos entre Bogotá y Washington sobre presencia de tropas norteamericanas en bases militares de Colombia. Ante la dificultad de impedir tal firma, Caracas trata por todos los medios de negociar, al menos, a través de terceros, una reducción del alcance de esos acuerdos. Para eso el régimen venezolano utiliza al partido izquierdista colombiano Polo Democrático y a los amigos que aún le quedan, como el ex presidente Ernesto Samper (1994-1998), en las altas esferas de la clase política colombiana.

Las maniobras del palacio de Miraflores contra esos acuerdos tienen un cierto tufillo de desespero. El  presidente Hugo Chávez se siente realmente desestabilizado por el refuerzo de la presencia de militares norteamericanos en Colombia.  El jefe de Estado venezolano no ahorra esfuerzo alguno en estos días para tratar de frenar o de desviar esa dinámica. Chávez se moviliza, amenaza, gesticula,  intriga y exige, además, que sus seguidores en Colombia y en otros países hagan otro tanto. Desde su bunker  medicalizado en La Habana, Fidel Castro respondió a su llamado y estimó que  el pacto colombo-americano es "una amenaza para Venezuela y para toda la región".

La apertura de siete bases militares colombianas a las tropas norteamericanas, lo que no es lo mismo que la creación de siete bases norteamericanas en Colombia,  como la propaganda "bolivariana" trata de hacer creer, es algo que ni Caracas ni sus aliados del Foro de Sao Paulo habían previsto. Caracas se da cuenta hoy, un poco tardíamente, de que al ordenarle al presidente ecuatoriano Rafael Correa cerrar la base de Manta y al cesar, Venezuela y Ecuador, toda colaboración con los Estados Unidos en la lucha contra el tráfico de drogas, el chavismo cometió un error mayúsculo, pues aumentó las posibilidades de Estados Unidos y de Colombia de encontrar una solución de recambio a esos dos importantes tropiezos.

Los nuevos acuerdos militares entre Bogotá y Washington tienen por marco la lucha contra el narcotráfico y las organizaciones terroristas. Son también el resultado necesario del rearme desproporcionado de Venezuela y de las reiteradas amenazas bélicas y políticas que el mandatario venezolano lanza con mucha frecuencia contra Colombia, sin hablar del apoyo, cada vez más evidente, que Caracas le presta a los movimientos terroristas colombianos Farc y Eln.  En otras palabras, Hugo Chávez está cosechando los frutos amargos de su política exterior pendenciera y provocadora.

Nunca Colombia se había visto en una situación geopolítica como la actual.  Una potencia petrolera mundial vecina, a pesar de los lazos históricos que unen a las dos naciones, utiliza todo su potencial económico, financiero y militar para tratar de derribar el gobierno colombiano, democráticamente elegido, y alterar la continuidad de su tradición liberal y civilista. Todo ello mediante el fomento visible de una guerrilla comunista degenerada y el auspicio de oposiciones pseudo legales  y extremistas dentro del país. Esa potencia petrolera intenta, por otra parte, cercar a Colombia por el sur, el oriente y el norte, con regímenes agresivos y liberticidas, dirigidos con gran desfachatez por los regímenes "revolucionarios" de Cuba y Venezuela.

La respuesta  del Estado y de la nación colombiana a esos graves desafíos es conocido de todos: la elección y la reelección de un presidente de mano firme contra la subversión armada y un respaldo popular casi unánime y durable a una política de defensa y seguridad nacional que incluye ahora la renovación de los acuerdos militares tradicionales entre Colombia y los Estados Unidos.

Hugo Chávez ha debido pensar en eso antes de emprender su larga campaña que lleva más de una década de humillaciones y amenazas militares, comerciales y diplomáticas contra Colombia, sobre todo desde que dispuso de aviones rusos de combate. El está cosechando lo que ha sembrado.

La aprobación de Bogotá de un refuerzo de la presencia militar norteamericana en Colombia ocurre precisamente en una coyuntura dramática para el régimen "bolivariano". El fracaso de la aventura golpista en Honduras, y la caída de Zelaya, no sólo  dejó a Caracas sin un peón esencial que iba a reforzar sus planes en Centroamérica sino que sirvió para abrirle los ojos a los demás pueblos del continente sobre los métodos siniestros que son capaces de utilizar contra las sociedades democráticas el tándem Castro-Chávez.

Durante dos semanas el presidente de Venezuela apeló a los más histéricos anuncios para tratar de parar o entrabar las negociaciones Bogotá-Washington. Ordenó "congelar", de nuevo, las relaciones diplomáticas con Colombia y retiró a su embajador en Bogotá. Telesur hizo creer a la prensa europea que las negociaciones de Bogotá y Washington habían creado una "crisis regional".

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