Dijo el Asesor Presidencial José Obdulio Gaviria -en una amena e inteligente entrevista de Ramón Jimeno al finalizar el 2008- que, en esencia, el debate político del 2010 iba a ser entre la "seguridad democrática" y los "caguaneros". Está claro que es y quienes representan la política de seguridad democrática pero no estoy seguro de que sea claro, ni justo, apelar al termino de "caguaneros" (en un tono entre irónico y despectivo) para señalar al conjunto de personas, sectores o fuerzas que desde perspectivas distintas apoyaron el proceso de paz que, lamentablemente, hay que decirlo, terminó fracasando tan estruendosamente en el Caguan en tiempos de Andrés Pastrana... y por culpa, fundamentalmente, de las Farc.
Para empezar, la palabra "caguanero" arroja un estigma sobre una población y gentes que han sufrido en medio de la confrontación violenta, la exclusión y el narcotráfico; algo así como cuando en otro contexto histórico ser de Yumbo en el Valle del Cauca era asimilable a ser militante del M19. En el marco de lo señalado por José Obdulio, ser "Caguanero" podría significar varias cosas: desde ingenuidad hasta simpatía, complicidad o membresía en las Farc, y muy a propósito ahora que también un grupo de "intelectuales" sostiene un confuso intercambio epistolar con las Farc.
Pero para ser honestos, el asesor presidencial dejó luego en claro que su ácida observación se refiere, esencialmente, a que para el 2010 el país debe decidir entre quienes creen que con las Farc y el Eln no hay nada que negociar y no cabe sino llevarlas a la derrota final y entre quienes, según él, le atribuyen aún a estos grupos ser la expresión de un proyecto político que debe ser considerado en una mesa de negociaciones para terminar la guerra.
Me cuento entre los segundos, como tal vez muchos, según todas las encuestas que registran una mayoría de opinión favorable a negociar la paz con la guerrilla antes que apostar exclusivamente a su derrota militar. Esta persistente inclinación por la solución negociada del conflicto -que omite registrar el asesor presidencial- va de la mano con un apoyo mayoritario (según las mismas encuestas) a la política de seguridad democrática. Según eso, para la gente, lo uno y lo otro no se contradicen y así lo ha dicho el gobierno desde incluso su primer mandato, a pesar de que este surgió de entre las cenizas y la devastación que quedo del dialogo con las Farc.
Se le atribuye a la política de Gobierno el objetivo de derrotar a la guerrilla o de llevarla debilitada a una mesa de negociaciones para pactar la paz, pero objetivamente de esa ecuación esta excluida una negociación política del llamado históricamente "Conflicto Armado". Para empezar, no solo como arma de propaganda sino en la íntima convicción, algunos creen que aquí no hay conflicto armado, solo una amenaza narcoterrorista. ¿Qué espacio o interés habría entonces para pensar en soluciones dialogadas? Muchos creemos que este último es el mejor camino para resolver el tema del conflicto y la violencia en Colombia pero esta adhesión y militancia tiene algunos pies de página o precisiones necesarias de hacerse. Una de ellas se refiere a que la violencia armada es una expresión de una crisis histórica y compleja, de suerte que acabar la guerra pasa por resolver un conflicto más amplio. Así lo dicen todos los estudios e investigaciones objetivas sobre la realidad colombiana pero algunos, que solo ven en blanco y negro, se resisten a aceptarla. Y, señalemos con igual contundencia, que nada de esto justifica ni la violencia ni la barbarie y atrocidades de la guerrilla pero si nos impone un marco de comprensión más amplio y complejo.
La otra anotación, en medio de muchas otras que podrían hacerse, es que no hay que ser ingenuos al abordar una posibilidad de negociación política con la insurgencia. Las Farc hicieron en el Caguán un manejo táctico de la paz mientras en lo estratégico, y en su franco delirio, le apuntaban a una supuesta toma del poder por las armas, una insurrección general o una combinación de ambas. Hablar de paz en un escenario futuro significaría recomponer un contexto de credibilidad y sensatez, en el que dicho sea de paso no es dable una negociación que verse sobre el poder pero si sobre reformas estructurales, y en todo caso, siempre democráticas.
Guerra y negociaciones van de la mano en una lógica político-militar. Para pactar la paz se necesitan dos pero tal vez no sea necesario esperar la derrota del otro para hacerlo. Muchos queremos ver, de lado y lado, que esa mirada de "derrotar" primero para negociar luego, sea reemplazada por entendimientos y acuerdos sensatos además de prontos. Tener un compromiso con esta perspectiva no nos hace, a quienes creemos en ella, ingenuos, cómplices o militantes de las Farc. Y si es en el sentido de quienes preferimos sin sentimentalismos, ingenuidad, debilidad o complicidad, pero si por razones de humanidad y aun practicas, que es mejor buscar la paz que continuar la guerra, ¡pues aceptemos entonces que si, que además somos "Caguaneros"!
Por Diego Arias. Profesional en Estudios Políticos y Transformación de Conflictos. Especialización en Cultura de Paz, DD.HH y DIH. Consultor del Programa Presidencial de DD.HH y DIH.
Maria del Pilar Marulanda, Ph.D. en Estudios sociales de América Latina hace un análisis.
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