Madrid: de la Plaza de Cibeles a Puerta del Sol

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Esta ciudad, siempre bajo un cielo azul, libre de cualquier sombra de nube, antigua y nueva a la vez, ofrece una de sus mejores vistas en el centro.

Cuando voy de la Plaza de Cibeles a Sol realmente descubro lo bella que es Madrid. Sus edificios, sus sonidos... Es difícil no sentirme atraído por la multitud de gente que por esta senda pasa y en la que yo mismo me encuentro. Al detenerme para cruzar la Calle Alcalá, luego de pasar el Banco de España, justo en frente del Circulo de Bellas Artes de Madrid, siempre me sorprendo con la magnitud de la historia que me rodea en silencio, irónicamente, en medio de tanto ruido. El Instituto Cervantes, la iglesia donde se caso Bolívar, el bellísimo edificio de correos junto a Cibeles, desde donde vengo caminando y, más allá, a lo lejos, la Puerta de Alcalá.

Resulta muy simpático verla viniendo de un lugar tan lejano como lo es Colombia. Uno, con algo de suerte, la mayor referencia que tiene es la clásica canción de Ana Belén que todo el mundo conoce y que siempre suena bajito en la cabeza cuando se pasa junto a ella "mírala, mírala, mírala, mírala... la Puerta de Alcalá" o, como ahora, cuando se la ve a lo lejos.

Al avanzar por la Gran Vía, una de las calles más importantes de Madrid y que hace poco estaba de cumpleaños, uno se encuentra de todo: Señoras mayores, señores en traje de corbata, Moteros -sin moto- cerca a Montera bebiendo cerveza a toda hora, travestis horribles, travestis no tan horribles -según lo cerca que se esté de Chueca-, japoneses con cámaras de todos los tamaños -muchas carísimas- mirando todo y a todos con cara de sorpresa. Montones de gente de diferentes edades con expresión preocupada y paso apurado -trabajando, supongo-, los clásicos repartidores de volantes, grupos de chicos -o chavales, como aquí dicen- viendo chicas...

Las chicas. Las hay para todos los gustos, en todos los colores, sabores, alturas y tallas... Las chicas... Las chicas guapas en ésta calle, en esta temporada del año y con este clima, abundan. Es curioso: Uno empieza a ver chicas muy guapas con más frecuencia que el resto del año. Algún humorista decía que lo que pasaba con esas niñas que lo dejan a uno sin aliento de solo mirarlas, era que la mayoría del tiempo vivían encerradas en cámaras hiperbáricas y que en realidad sólo existían durante tres meses al año. Saben, al ver tanta belleza junta al ir de paseo por las tiendas del centro, ciertamente se le encuentra razón al humorista.

Ahora bien, las chicas guapas no son lo único que hay para ver por Gran Vía. También esta el celebre Edificio Telefónica. Gigantesco e imponente se levanta en diagonal de mi librería favorita... Me detengo allí por una razón ¿Quien no se ha sentido estafado alguna vez por esta empresa?... ¿A quien no se le ha colgado alguna vez el Internet durante semanas mientras que la factura, puntualita, llega en los primeros cinco días del mes?... Da rabia pensar que quizás con lo que yo pagué por ese servicio, estos están pintando la fachada... Ahí al menos -nunca ha faltado el que lo ha hecho- a uno le nace un "hijo de p..." de corazón.

Sigo mi camino. Encuentro La casa del libro. Resistiéndome las ganas, sigo de largo -no quiero quedarme metido allí toda la tarde como muchas veces me ha pasado- y llego a Montera. Ésta es la zona de tolerancia del centro de Madrid. A cada policía, al parecer, le corresponde cierto numero de prostitutas que, desde hace poco, también son monitoreadas por cámaras de la guardia civil.

Se las ve de todos los países, unas muy guapas, otras poco agraciadas. Todas esperando por igual cliente a cualquier hora del día. Francamente en este aspecto la única gran diferencia entre esta calle de día y de noche son los chinos, quienes en la madrugada se paran a vender cosas por allí a precios exorbitantes. No me quiero imaginar las cintas, pero supongo que si uno pudiera verlas podría escribir un libro. Esta callecita es como un "Gran Hermano". Con todo lo que uno ve ahí al menos un cuento sale pero, con todo lo que uno No ve... ¡Dios! Ríos de tinta correrían.

Al fin llego a Callao, una placita muy particular. Quedan muchas cosas juntas: Un Starbucks, un Fnac, el Corte Inglés, dos cines. Con tanto local siempre está saturado de gente pues es de ahí que se empieza a bajar por Preciados. Allí también queda una estación del metro que me recuerda mucho a la idea que tengo del metro de Londres. Espero poder algún día comprobar la semejanza.

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