Modelia, un barrio cerca al aeropuerto

El comercio en el barrio Modelia ha aumentado consideradamente en los ultimos años. Foto: Rafael Espinosa.

Cuando llegué a Modelia tenía dos años, y allí viví hasta que cumplí veinticinco. Mi familia, como muchas otras que habitaron el barrio en aquellos años -finales de los setenta-, venía de ciudades de la zona cafetera como Armenia, Pereira, Manizales, también venían familias de Boyacá, de la Costa Atlántica, y llegaron a Bogotá: la ciudad del progreso, la ciudad de los buenos colegios y de las universidades, la ciudad de un futuro próspero, respetable, y llegaron a Modelia. Llegaron familias jóvenes a un barrio de estrato cuatro, un barrio con la m de Mazuera, un barrio de parques y senderos peatonales, de casas estilo californiano -originalmente, porque después vendrían reformas al gusto propio, rompiendo la uniformidad-.

El barrio comenzó gravitando alrededor de la iglesia y de un centro comercial -que son algunas manzanas dedicadas a locales comerciales- gravitando alrededor de Cafam Modelia, de la carrera ochenta, de la panadería de la esquina y de las misceláneas que vendían regletas, cuadernos y nuestro barrio comenzó haciendo compras en los pequeños mercados de esquina -donde Mario, donde Tato-, y comenzó haciendo bazares de vecinos para recoger plata y sembrar pinos, cerezos, cauchos sabaneros y poblar de rodaderos y columpios los parques de nuestro barrio, barrio de niños y de vecinos que se visitaban en las casas.

Modelia quedaba lejos de todo, lejos del centro, lejísimos del norte, lejos del sur; Modelia en esos años setenta y ochenta fue como una dimensión desconocida en una ciudad tan fragmentada como Bogotá -un barrio sin cines, sin teatros, sin discotecas, sin librerías, sin tiendas de discos, sin museos, sin ningún referente urbano, sin nada que distinguiera a este nuevo barrio-, "Modelia es un barrio que queda cerca al aeropuerto" decíamos para ubicarlo en la ciudad. Barrio de clase media alta, de familias que se fueron empobreciendo y comenzaron a abrir negocitos en el garaje de la casa -alquileres de películas Beta, arreglo de electrodomésticos- o de familias que comenzaron los años noventa vendiéndole sus casas a una nueva vecindad que llegó del sur de la ciudad, de los barrios de esmeralderos y llegaron a Modelia a reformar las casas, a construir con hierro forjado -puertas, ventanas-, a rehacer el barrio con una nueva estética de terrazas con virgencitas, de antejardines con enanos que empujan carretillas y hongos de colores que se iluminan en la noche, llegaron estas nuevas familias a reformar relaciones y hábitos- asados en plena calle los domingos, torneos de microfútbol jugados por los "patriarcas" de cada casa, carros y más carros mal parqueados sobre los andenes-.

Pero antes de este cambio definitivo, del que Modelia no se repondrá, los muchachos de las familias venidas de la provincia y que no encontraban fácilmente su lugar en esta nueva realidad urbana, esos jóvenes aburridos de tanto parque y tanta televisión, de pronto, a comienzos de los años ochenta se organizaron en pandillas temibles que pelaron contra otros jóvenes de otros barrios: Fontibón, Pasadena, La Esmeralda, Nicolás, Unicentro, Alhambra, Galerías y siempre triunfaron y se llenaron de gloria y los mitificamos, sus historias de peleas épicas aún hoy andan de boca en boca: leyendas de valor, de destreza con los puños y las manoplas, jóvenes héroes de nuestro barrio, aburridos y malos -los perros del comercial, los gatos del parque de Cafam, los Gora, los Mejía, los Infante...-jóvenes bien vestidos, ignorantes, brutales.

En ese suburbio con ínfulas, en ese enclave cultural y sociológico crecimos generaciones de hombres y mujeres que sabemos andar mejor la ciudad que nuestros padres, hombres y mujeres que perdimos la cordialidad natural del provinciano, el deseo de conocer al otro y ser su amigo. Crecimos en parques, de noche y de día, en los que nos enamoramos, bebimos, nos insultamos, crecimos subiéndonos a árboles más altos que los techos de las casas, montando cicla y jugando yermis; crecimos siendo sureños en el norte y "picaditos" en el sur, crecimos y muchos ya no podemos volver a ese barrio deshecho por el comercio, a esa nostalgia que nos atraviesa como una navaja de pandillero. En ese barrio de clase media, raro, nunca contado, tuve amigos entrañables, a los que quise ciegamente y a los que perdí, hoy son tan sólo fantasmas.

Por Carlos Castelblanco Pinedo.

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