Desconozco las razones por las cuales los colombianos nos limitamos a andar siempre por las ramas, a tratar los temas trascendentales por sus consecuencias, omitiendo o ignorando sus causas. Quizá la respuesta esté en nuestro ancestral maniqueísmo religioso, en la hipocresía o tal vez en la estética, en la eufemística o en el cinismo.
En el país nos rasgamos las vestiduras porque los niños del Chocó se mueren de hambre, porque en las zonas marginadas de todas las ciudades abunda la delincuencia, porque la violencia se ha tomado hasta los centros educativos, porque a diario explotan bombas en muchos lugares, porque se está deteriorando aceleradamente el medio ambiente, por el calentamiento del planeta...en fin, nos asustamos por ver el monstruo que hemos creado.
Esto me recuerda una anécdota: Demetrio Prieto, el humilde campesino procedente de Tolima y diputado de Quindío, le entrega al Gobernador un memorial redactado a mano, con varios errores ortográficos. El funcionario mira el escrito y reclama al peticionario por los errores, a lo que Demetrio respondió: "Eso es lo que ustedes nos han enseñado".
Todos queremos vivir en paz, pero muchos de los privilegiados de la fortuna piensan que esta debe brotar sin contraprestaciones de quienes se han alzado en armas o delinquen en procura de sus derechos. La gran mayoría de los niños arrojados por sus padres a la calle a mitigar el hambre, pronto se convierte en gamines. Y rápido pasan a "desechables", como suelen ser calificarlos irresponsablemente.
Es que, como lo enseñó Marx: "El ser social determina la conciencia social", lo cual equivale a decir "El hombre piensa como vive". De modo que es muy poco lo que puede esperarse de alguien que nunca ha ido a la escuela, que ha padecido hambre, que vive en la calle, a lo sumo en un cambuche; que no conoce a sus padres, que ni siquiera ha sido vacunado.
Ese no es un "desechable", ni un karma, ni un castigo de Dios; es un ser humano sin posibilidades. Es el fruto de una concepción y organización injusta de la sociedad, según la cual sólo los más fuertes, los más inteligentes, los más astutos, los más bonitos, los más osados, los mejor dotados, tienen derecho a progresar y ascender hasta el vértice de una pirámide, logotipo de esa misma concepción.
Todos sabemos que si la riqueza se redistribuye, que si se limita el derecho a la propiedad privada, que si se rebajan los salarios de los poderosos y se elevan los de los de abajo, que si se crean empleos productivos para todo el mundo, que si todos los habitantes de un país somos propietarios de las riquezas del mismo y estas no se las regalamos a la minoría privilegiada, que si el Estado reconoce y garantiza todos los derechos a toda su población, sin exclusión de ninguna clase, que si todos y todas practicamos la ética de la solidaridad, habrá paz. La conquista de la verdadera igualdad social siempre traerá la reconciliación.
Lo que necesitamos por ahora los colombianos es una nueva interpretación filosófica del ser humano y de las instituciones sociales, una nueva visión de la sociedad, plasmándola en una Constitución acorde con esa nueva concepción. Un manual de convivencia antineoliberal y ojalá socialista. Así podríamos conocer la verdad real, hacer justicia y reparar a las víctimas. De resto, acabaremos de deforestar el planeta, inundándonos de agua y de papel, especulando y buscando en la superficie sin hallar nunca la justicia social ni su derivada, la paz.
Maria del Pilar Marulanda, Ph.D. en Estudios sociales de América Latina hace un análisis.
Gladys Fuentes vive en España y, en forma de cuento, narra una historia de colombianos en ese país.