(Página 1 de 2)
Era el 11 de septiembre de 1998 y el reloj de la sala cural marcaba las 6:30 p.m. Todavía del cáliz emanaba humo del impacto de la bala que hacía unos segundos lo había atravesado, al igual que el pecho del padre que celebraba la santa misa, el sacerdote Alcides Jiménez, quien con los ojos ya perdidos yacía en el suelo al lado del altar donde el vino se entremezclaba con la sangre.
Es la inquisición de hoy en día, sólo tiene alguien que alzar la voz para defender los derechos de nadie, y al tiempo está siendo amenazado por los grandes actores del conflicto, que menudamente atacan sin discriminación alguna. Este es el precio por enseñar el Evangelio e intentar crear un nuevo reino.
Puerto Caicedo nunca se ha caracterizado por ser un pueblo pacífico, a pesar de su hermosa vegetación, fascinante fauna y el clima bochornoso de sus tardes, las masacres aquí y en todo el Bajo Putumayo son cosa de cada semana. En donde el pueblo participa pasivamente en el desarrollo de sus comunidades porque en pleno siglo XX hay que pedir permiso para poder crecer, sino, se muere en el intento.
Y son los sacerdotes, quienes con cabeza fría y oído sereno, ayudan a esa población a ponerse en paz con Dios antes que llegue una bala llegue a sus cabezas o un machete a sus corazones. Este es el caso del padre Carlos Palacios, un humilde campesino que creció en medio de esa violencia intolerante y estúpida. Nació entre los muertos que caían en combate, entre dos de los pueblos más violentos en Colombia: El Pepino, a diez kilómetros de la capital (Mocoa), y La Hormiga.
Después de haber laborado como albañil, vendedor de ropa, aserrador, campesino, raspador de coca y de haber rechazado más de mil ofrecimientos del EPL y de las FARC, el padre Carlos comienza a cultivar la idea de crear un nuevo territorio en paz, y se dirige a la Bogotá, donde iniciará sus estudios de Filosofía. Hombre hiperactivo,siempre va en contra del viento para así poder ascender más rápido.
Ni la misma muerte pudo detener el ritmo acelerado de crecimiento que llevaba, pues en 1987 una enfermedad lo tuvo a un paso de abandonar todos sus proyectos, pero tal cual como él lo describe, y se lo comento a su hermano, el padre Alfonso, en los momentos en que su cuerpo agonizaba no estaba listo para desfallecer porque faltaba mucho por hacer.
Y así fue. Después de ganarle esa batalla y de ser ordenado sacerdote en Nariño, es trasladado a La Hormiga como párroco asistente del padre Julio Ramírez, quien le enseñó nunca temer a un ignorante que apunte con su fusil a la cabeza, no importando si es Autoridad, Guerrilla, Paramilitares, Narcotráfico...
Las coincidencias no vienen nunca solas. El pueblo lo eligió y a dos sacerdotes más para que mediaran en el paro realizado el 4 de octubre de 1996, en Puerto Asís. El padre Palacios tenía que adoptar una decisión, observando como la guerrilla obligaba a los campesinos a salir de sus parcelas para que gritaran en contra del Gobierno, para generar caos y desorden.
Maria del Pilar Marulanda, Ph.D. en Estudios sociales de América Latina hace un análisis.
Gladys Fuentes vive en España y, en forma de cuento, narra una historia de colombianos en ese país.