Maria del Pilar Marulanda, Ph.D. en Estudios sociales de América Latina hace un análisis.
La reciente visita del presidente Luiz Inácio 'Lula' da Silva a Colombia y sus expresiones de apoyo a las políticas de seguridad de Alvaro Uribe, vistos a la luz de los correos del computador de Reyes sobre los nexos de prestantes figuras del Partido dos Trabalhadores, el partido de gobierno y las FARC, plantean una serie de interrogantes sobre esos nexos y sobre la posición ideológica del presidente del Brasil.
Aunque no ha existido claridad sobre el alcance de las actividades de las FARC en el Brasil, ellas son de vieja data y bien conocidas tanto por los miembros de la misión diplomática colombiana como por Itamaraty. Ya desde la época del gobierno de Fernando Enrique Cardoso, miembros de ese grupo participaban y promovían sus ideas en eventos del PT, entonces en la oposición. En alguna ocasión llegaron incluso a solicitar permiso para montar una oficina propia, permiso que les fue negado por las autoridades brasileñas.
De su historia política reciente se deduce una evidente convergencia histórica entre los planteamientos ideológicos de ese partido y los de la guerrilla colombiana. Pero una revisión de sus planteamientos sobre política exterior en la plataformas políticas de las cuatro campañas a la presidencia de la república en las que participó como su representante, el actual presidente del Brasil, entre 1989 y el 2002, permite comprobar una progresiva prescindencia de las formulas facilistas y los slogans de la izquierda y una evidente evolución hacia el centro del espectro ideológico y la defensa de un reformismo moderado.
Paulo Roberto de Almeida, un reputado investigador de las relaciones internacionales de su país, sostiene que desde que se reinstauró el libre juego de la democracia, a finales de los 80, el candidato del Partido dos Trabalhadores, Lula Da Silva, asumió una línea tercermundista en política exterior, no muy distante de la seguida tradicionalmente por el Ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil. No obstante, durante la campaña de 1989 los planteamientos del Frente Brasil Popular, la coalición de partidos de izquierda que lo respaldaba, prometía, en caso de un hipotético gobierno suyo, "adoptar una política antiimperialista y de solidaridad irrestricta con las luchas por la autodeterminación y la soberanía nacional" y con "los pueblos oprimidos de América Latina así como con los movimientos que "defienden la lucha de los trabajadores por la democracia, el progreso social y el socialismo." El Partido Socialista Brasilero, uno de los miembros de esa coalición, defendía el "cancelamiento de la deuda a los países más pobres" y un acuerdo de deudores para declarar "una moratoria unilateral" que permitiera solucionar "el problema de la deuda externa." Demandaba incluso, "relaciones fraternas con todos los partidos que tengan como objetivo la construcción de la democracia y del socialismo", y la unión de esfuerzos para preparar una alternativa a la crisis del modo de producción capitalista."
Las dos siguientes campañas presidenciales, en el 94 y 98, en las que el candidato "petista" por las izquierdas brasileras, enfrentó básicamente a la social democracia y otros partidos de centro, encabezados por Fernando Enrique Cardoso, y hasta el año 2001, el PT y su eterno candidato Lula da Silva, continuaron condenando el "capitalismo financiero de las multinacionales", el "neoliberalismo globalizado" con las mismas tesis genéricas que habían defendido a lo largo de la década: El rechazo al Consenso de Washington, al libre comercio y al ALCA, vista como un "proyecto de anexación política y económica de América Latina, en particular de los recursos económicos y el mercado interno del Brasil" (por parte de los Estados Unidos). Lula defendió la idea de someter el tema al examen del Foro Social Mundial de Puerto Alegre. El MERCOSUR, era considerado una especie de bastión antiimperialista contra "el proyecto norteamericano de diluir ese acuerdo en una vasta alianza comercial librecambista, desde Alaska a la tierra del Fuego. Después del neoliberalismo y la globalización salvaje promovida por las multinacionales, el ALCA ocupaba el segundo lugar entre los enemigos ideológicos del PT.
Lula llegó incluso a apoyar "las políticas subvencionistas de la agricultura europea" y a proponer la "interrupción de las exportaciones de alimentos hasta que todos los Brasileros no se alimenten adecuadamente."
A Lula se debe la creación, a comienzos de los 90, de el "foro" de partidos de izquierda de América Latina que reuniría periódicamente grupos denominados "progresistas", contrarios a la políticas "neoliberales" de estabilización económica para la región, otras propuestas alternativas de acción "contra el hambre y la miseria", y la convocatoria de una conferencia internacional sobre el desempleo. En la campaña presidencial del 98, marcada por el nuevo elemento de la reelección del presidente en ejercicio, la alianza con su tradicional contendor de la izquierda radical, Leonel Brizola forzó a Lula da Silva a incorporar las intransigentes posturas de este curtido líder de la política brasilera contra el capital extranjero y las privatizaciones emprendidas por el gobierno Cardoso. Brizola, quien calificaba la política económica del gobierno de "irresponsable" y denunciaba la "desnacionalización de la industria y la agricultura nacionales, provocando desempleo y exclusión social", llegó incluso a sostener la necesidad de reversar algunas de ellas creando grandes dificultades al cada vez más moderado Lula a Silva
La campaña del 2002, cuarta del candidato del PT por la presidencia de la república, por el contrario, estuvo marcada por la cautela y un nuevo pragmatismo diplomático y económico. El partido buscó ampliar sus apoyos electorales no solo en las izquierdas sino al centro del espectro ideológico. El Partido Liberal, proveyó su candidato a vicepresidente. Las tesis más radicales fueron remitidas a un segundo plano y un selecto grupo de asesores, que se mantuvo en contacto con banqueros, industriales e inversores extranjeros, propuso una serie de políticas públicas que evidenciaron la evolución del PT hacia la moderación y la gobernabilidad. El rechazo al libre comercio pasó a ser apenas "un equilibrio que no limite sus beneficios al socio más poderoso". Del ALCA, se sostuvo que "...no debe ser entendida como una cuestión ideológica o de posicionamiento en pró o en contra de los Estados Unidos, sino como un instrumento que puede o no ser ventajoso a los intereses del Brasil". La "Carta al pueblo Brasilero" anunció, en un tono más realista, "la reducción de la vulnerabilidad externa por medio del aumento de las exportaciones y la creación de un mercado interno de masas" bajo "la premisa del respeto a los contratos y de las obligaciones del país" y la continuidad de algunas de las políticas en vigor.
La elección del candidato de la izquierda en el año 2002, representó un paso enorme hacia la consolidación democrática y tradujo el consenso nacional en torno a la necesidad de una transformación de las estructuras sociales de desigualdad e injusticia tradicionales. Aunque antes de la toma de posesión se prometieron cambios en la economía, el sistema político y la política externa, el tacto y el tono conciliador de la campaña fueron prontamente reasumidos y mantenidos en el gobierno. En el área económica se conservaron los lineamientos del gobierno anterior, suscitando incluso recriminaciones por parte de los sectores más a la izquierda del partido. En política exterior, la transformación se dio más en el discurso que en la práctica. Si bien, Marco Aurelio García, director por muchos años de Relaciones Internacionales del PT, quien reclamaba nuevas líneas de "afirmación externa", fue nombrado asesor de la presidencia, cargo tradicionalmente ocupado por un miembro de Itamaraty, Celso Amorim, un experimentado embajador de la diplomacia profesional, que ocupaba el cargo por segunda vez, fue llamado a encabezar el Ministerio de Relaciones Exteriores.
La nueva diplomacia del gobierno Lula, con excepción de algunas variaciones conceptuales y de énfasis en cuanto al MERCOSUR, la agresividad comercial, y la defensa de "una política externa más pragmática y menos "presidencial" no se apartaba mucho de la diplomacia profesional conducida por la "Casa do Barão de Rio Branco", asumida también por el gobierno Cardoso, que puede sintetizarse como una "diplomacia para el desarrollo" con un sesgo tercermundista, la búsqueda de una integración latinoamericana, "que fortalezca nuestra identidad histórica, social y cultural", y una "globalización solidaria" en vez de "asimétrica". De acuerdo con De Almeida, los problemas de seguridad de Bolivia, Paraguay, Venezuela y Colombia han sido casi siempre considerados como "asuntos que imponen costos temporales al desviar energías de los temas de mayor importancia de la agenda latinoamericana." Los de Colombia y Venezuela, resumidos por este investigador como "de soldados y chequera", son particularmente engorrosos por considerarlos fuera del alcance del Brasil.
Las líneas de ruptura, más difíciles de identificar, podrían buscarse en las críticas a la falta de agresividad comercial y de énfasis en el MERCOSUR del gobierno anterior. El viaje de García a Venezuela en diciembre del 2003, para intentar mediar en la crisis política constituyó una fallida apertura inicial hacia Venezuela. Quizás lo más esclarecedor sobre la inclinación ideológica de la posición externa del nuevo Presidente, es su decisión de participar, casi simultáneamente, tanto en el foro de Puerto Alegre como en el de Davos, continuando con la diplomacia presidencial tan criticada por él mismo años antes. Lula abrió, en discursos casi idénticos, "la perspectiva de que Brasil contribuyera a tratar de unificar, en un única agenda de desarrollo las dimensiones sociales y económicas de las políticas públicas adoptadas en el plano nacional e internacional", si bien en el Foro Económico Mundial, pidió "un mayor compromiso de los países avanzados y los organismos internacionales con soluciones duraderas frente a la miseria y la marginalidad" en el mundo. En junio del 2003, pronunció un mensaje similar en el seno del G-8, al que asistió por invitación del presidente francés.
Así pues, aún antes de asumir el poder, por la primera vez, el PT emprendió el camino de un reformismo moderado que se ha ido consolidando desde entonces a la luz de las limitaciones que imponen la gobernabilidad y la tarea de gobierno.
Una vez en el poder, la convergencia con las FARC se fue desvaneciendo. El claro respaldo de Lula a Uribe, durante su reciente visita a Colombia, tiene probablemente explicación en esa evolución, pero también en la gran importancia que el primero otorga a la consolidación del bloque suramericano de naciones que podría liderar. Otra probable explicación de la búsqueda del centro por parte del PT, es la vieja aspiración brasilera de convertirse en miembro permanente del Consejo Seguridad de las Naciones Unidas. Esta aspiración obliga a Itamaraty a mantener el prestigio nacional en alto ante a las grandes potencias y a alejarse de las FARC, cuya proximidad, lo contaminaría de complicidades con el terrorismo sobre todo a partir de la evidencia sobre sus métodos de guerra y sus violaciones al Derecho Internacional Humanitario que motivaron su inclusión en las listas de grupos terroristas de Europa y los EU. Por otra parte, los problemas con el narcotráfico, al interior del Brasil, han aumentado el rechazo a los grupos ilegales y el temor de la ciudadanía a una dinámica incontrolable de crimen y violencia, asimilable a la colombiana. Esta circunstancia y el papel de guardián de la Amazonía y la biodiversidad, tan importantes para ese país, así como la búsqueda de asociaciones "|que permitan un combate implacable al narcotráfico" en palabras del propio 'Lula', es lo que probablemente explica el interés en acercar al gobierno colombiano a la creación de un Consejo de Seguridad Suramericano, que de alguna manera neutralice, multilateralmente, la regionalización de las expresiones terroristas que lo acompañan, pero también, que compense la acrecida presencia militar de los Estados Unidos en el área, propiciada por el Plan Colombia.
Colombia podría pues contar hacia el futuro con un invaluable apoyo en el líder más poderoso de América Latina. Pero ese apoyo no será incondicional. Irá solo hasta el punto en que se conjugue la visión del mundo y los objetivos políticos de largo alcance del Brasil, hoy no solo regionales sino mundiales, y no sobrepase el nivel de tolerancia de los sectores más radicales del partido de gobierno afectando la gobernabilidad interna. Si Colombia no quiere que se prescinda de su participación como socio destacado entre las naciones al sur del continente, el gobierno deberá revisar su política suramericana y buscar un ajuste entre sus intereses internos y los intereses políticos de la región lo que, en últimas, representará sólo una ventaja.
Maria del Pilar Marulanda.
Ph.D. Estudios sociales de América Latina.