Guillermo Hernán Gómez López, un colombiano residente en España, relata con muchos detalles una caminata por la capital de ese país.
Esta ciudad, siempre bajo un cielo azul, libre de cualquier sombra de nube, antigua y nueva a la vez, ofrece una de sus mejores vistas en el centro.
Cuando voy de la Plaza de Cibeles a Sol realmente descubro lo bella que es Madrid. Sus edificios, sus sonidos... Es difícil no sentirme atraído por la multitud de gente que por esta senda pasa y en la que yo mismo me encuentro. Al detenerme para cruzar la Calle Alcalá, luego de pasar el Banco de España, justo en frente del Circulo de Bellas Artes de Madrid, siempre me sorprendo con la magnitud de la historia que me rodea en silencio, irónicamente, en medio de tanto ruido. El Instituto Cervantes, la iglesia donde se caso Bolívar, el bellísimo edificio de correos junto a Cibeles, desde donde vengo caminando y, más allá, a lo lejos, la Puerta de Alcalá.
Resulta muy simpático verla viniendo de un lugar tan lejano como lo es Colombia. Uno, con algo de suerte, la mayor referencia que tiene es la clásica canción de Ana Belén que todo el mundo conoce y que siempre suena bajito en la cabeza cuando se pasa junto a ella "mírala, mírala, mírala, mírala... la Puerta de Alcalá" o, como ahora, cuando se la ve a lo lejos.
Al avanzar por la Gran Vía, una de las calles más importantes de Madrid y que hace poco estaba de cumpleaños, uno se encuentra de todo: Señoras mayores, señores en traje de corbata, Moteros -sin moto- cerca a Montera bebiendo cerveza a toda hora, travestis horribles, travestis no tan horribles -según lo cerca que se esté de Chueca-, japoneses con cámaras de todos los tamaños -muchas carísimas- mirando todo y a todos con cara de sorpresa. Montones de gente de diferentes edades con expresión preocupada y paso apurado -trabajando, supongo-, los clásicos repartidores de volantes, grupos de chicos -o chavales, como aquí dicen- viendo chicas...
Las chicas. Las hay para todos los gustos, en todos los colores, sabores, alturas y tallas... Las chicas... Las chicas guapas en ésta calle, en esta temporada del año y con este clima, abundan. Es curioso: Uno empieza a ver chicas muy guapas con más frecuencia que el resto del año. Algún humorista decía que lo que pasaba con esas niñas que lo dejan a uno sin aliento de solo mirarlas, era que la mayoría del tiempo vivían encerradas en cámaras hiperbáricas y que en realidad sólo existían durante tres meses al año. Saben, al ver tanta belleza junta al ir de paseo por las tiendas del centro, ciertamente se le encuentra razón al humorista.
Ahora bien, las chicas guapas no son lo único que hay para ver por Gran Vía. También esta el celebre Edificio Telefónica. Gigantesco e imponente se levanta en diagonal de mi librería favorita... Me detengo allí por una razón ¿Quien no se ha sentido estafado alguna vez por esta empresa?... ¿A quien no se le ha colgado alguna vez el Internet durante semanas mientras que la factura, puntualita, llega en los primeros cinco días del mes?... Da rabia pensar que quizás con lo que yo pagué por ese servicio, estos están pintando la fachada... Ahí al menos -nunca ha faltado el que lo ha hecho- a uno le nace un "hijo de p..." de corazón.
Sigo mi camino. Encuentro La casa del libro. Resistiéndome las ganas, sigo de largo -no quiero quedarme metido allí toda la tarde como muchas veces me ha pasado- y llego a Montera. Ésta es la zona de tolerancia del centro de Madrid. A cada policía, al parecer, le corresponde cierto numero de prostitutas que, desde hace poco, también son monitoreadas por cámaras de la guardia civil.
Se las ve de todos los países, unas muy guapas, otras poco agraciadas. Todas esperando por igual cliente a cualquier hora del día. Francamente en este aspecto la única gran diferencia entre esta calle de día y de noche son los chinos, quienes en la madrugada se paran a vender cosas por allí a precios exorbitantes. No me quiero imaginar las cintas, pero supongo que si uno pudiera verlas podría escribir un libro. Esta callecita es como un "Gran Hermano". Con todo lo que uno ve ahí al menos un cuento sale pero, con todo lo que uno No ve... ¡Dios! Ríos de tinta correrían.
Al fin llego a Callao, una placita muy particular. Quedan muchas cosas juntas: Un Starbucks, un Fnac, el Corte Inglés, dos cines. Con tanto local siempre está saturado de gente pues es de ahí que se empieza a bajar por Preciados. Allí también queda una estación del metro que me recuerda mucho a la idea que tengo del metro de Londres. Espero poder algún día comprobar la semejanza.
Recuerdo que cerca de allí, cuando llegué, encontré el sitio donde por primera vez me sentí realmente en Europa. Allí, bajando por Preciados, muy cerca a Callao, casi todos los días un cuarteto de cuerdas toca piezas clásicas, generalmente las mismas, de Bach y Vivaldi entre otros. Muchos se detienen a oírlos e incluso les dan unas monedas. Recuerdo que me impresionó mucho el hecho de que tan buen grupo de música clásica tuviera que tocar en la calle por necesidad. A algún periódico también le impresionó y entrevistaron al director que resulto ser un simpático polaco que aprendió a tocar el violín siendo niño y, cuando vino a España, la necesidad le obligo a retomar su antiguo gusto por la música. Ahora no tocaba con un arco de violín sino con uno de chelo para lograr una acústica mayor. De apariencia bonachona aunque con expresión adusta, siempre logra conmoverme escuchar algo de música allí. Luego, cuando regrese a Colombia, siempre que escuche alguna de las cuatro piezas que tocan seguramente me dará algo de nostalgia.
Hay un mar de tiendas por esa calle y aunque nunca hay dinero, nunca están vacías. Por esta época del año, los bares, cafeterías y restaurantes de Madrid tienen sus terrazas abiertas, lo que implica que por este camino, además del típico peatón, también hay que esquivar las mesas que se disponen en el camino. Los habituales solicitantes de firmas para diferentes causas, encuestadores e, incluso, manifestantes, se apiñan a lo largo de esta calle entre los pequeños claros que, como si de un bosque se tratara, deja la cantidad de gente que por allí transita.
Estoy a punto de llegar a Sol. Hace calor, no estoy muy cansado pero a veces tanta gente agobia. Apuro el paso y llego a la puerta de Sol. Una estatua ecuestre de Carlos III, el mismo de la canción de Ana Belén, adorna la plaza junto a una fuente. Este es uno de los sitios más conocidos -y concurridos- de Madrid. Es curioso pensar que ese edificio esta emplazado en donde antiguamente se acababa la ciudad. Era pequeña, tanto o más que mi Bogotá natal pero, desde entonces, mucho tiempo ha pasado y ahora Madrid es una mole que se extiende a kilómetros de allí. La meta, más que el edificio, es la pequeña placa en la que estoy de pie ahora. El kilómetro cero. El punto de partida de las carreteras radiales. Aquí siempre hay gente haciendo de todo, desde vendiendo oro hasta tocando mariachis. Es agradable escuchar los éxitos de Vicente Fernández o José Alfredo Jiménez, no tanto por como tocan los músicos, sino por ver la cara de los turistas europeos, casi siempre tan festivos como nosotros, pero poco conocedores de la cultura latinoamericana. Nunca falta el mexicano o mexicana, o simple paisano que se aventure a cantar a toda garganta al compás de las trompetas y los guitarrones junto a los mariachis.
Saben, este es un muy buen lugar para descansar. Música, sol y, quien sabe, hasta de pronto buena compañía luego... Uno nunca sabe que se va a encontrar una tarde por Madrid.
Guillermo Hernán Gómez López