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La nueva diplomacia del gobierno Lula, con excepción de algunas variaciones conceptuales y de énfasis en cuanto al MERCOSUR, la agresividad comercial, y la defensa de "una política externa más pragmática y menos "presidencial" no se apartaba mucho de la diplomacia profesional conducida por la "Casa do Barão de Rio Branco", asumida también por el gobierno Cardoso, que puede sintetizarse como una "diplomacia para el desarrollo" con un sesgo tercermundista, la búsqueda de una integración latinoamericana, "que fortalezca nuestra identidad histórica, social y cultural", y una "globalización solidaria" en vez de "asimétrica". De acuerdo con De Almeida, los problemas de seguridad de Bolivia, Paraguay, Venezuela y Colombia han sido casi siempre considerados como "asuntos que imponen costos temporales al desviar energías de los temas de mayor importancia de la agenda latinoamericana." Los de Colombia y Venezuela, resumidos por este investigador como "de soldados y chequera", son particularmente engorrosos por considerarlos fuera del alcance del Brasil.
Las líneas de ruptura, más difíciles de identificar, podrían buscarse en las críticas a la falta de agresividad comercial y de énfasis en el MERCOSUR del gobierno anterior. El viaje de García a Venezuela en diciembre del 2003, para intentar mediar en la crisis política constituyó una fallida apertura inicial hacia Venezuela. Quizás lo más esclarecedor sobre la inclinación ideológica de la posición externa del nuevo Presidente, es su decisión de participar, casi simultáneamente, tanto en el foro de Puerto Alegre como en el de Davos, continuando con la diplomacia presidencial tan criticada por él mismo años antes. Lula abrió, en discursos casi idénticos, "la perspectiva de que Brasil contribuyera a tratar de unificar, en un única agenda de desarrollo las dimensiones sociales y económicas de las políticas públicas adoptadas en el plano nacional e internacional", si bien en el Foro Económico Mundial, pidió "un mayor compromiso de los países avanzados y los organismos internacionales con soluciones duraderas frente a la miseria y la marginalidad" en el mundo. En junio del 2003, pronunció un mensaje similar en el seno del G-8, al que asistió por invitación del presidente francés.
Así pues, aún antes de asumir el poder, por la primera vez, el PT emprendió el camino de un reformismo moderado que se ha ido consolidando desde entonces a la luz de las limitaciones que imponen la gobernabilidad y la tarea de gobierno.
Una vez en el poder, la convergencia con las FARC se fue desvaneciendo. El claro respaldo de Lula a Uribe, durante su reciente visita a Colombia, tiene probablemente explicación en esa evolución, pero también en la gran importancia que el primero otorga a la consolidación del bloque suramericano de naciones que podría liderar. Otra probable explicación de la búsqueda del centro por parte del PT, es la vieja aspiración brasilera de convertirse en miembro permanente del Consejo Seguridad de las Naciones Unidas. Esta aspiración obliga a Itamaraty a mantener el prestigio nacional en alto ante a las grandes potencias y a alejarse de las FARC, cuya proximidad, lo contaminaría de complicidades con el terrorismo sobre todo a partir de la evidencia sobre sus métodos de guerra y sus violaciones al Derecho Internacional Humanitario que motivaron su inclusión en las listas de grupos terroristas de Europa y los EU. Por otra parte, los problemas con el narcotráfico, al interior del Brasil, han aumentado el rechazo a los grupos ilegales y el temor de la ciudadanía a una dinámica incontrolable de crimen y violencia, asimilable a la colombiana. Esta circunstancia y el papel de guardián de la Amazonía y la biodiversidad, tan importantes para ese país, así como la búsqueda de asociaciones "|que permitan un combate implacable al narcotráfico" en palabras del propio 'Lula', es lo que probablemente explica el interés en acercar al gobierno colombiano a la creación de un Consejo de Seguridad Suramericano, que de alguna manera neutralice, multilateralmente, la regionalización de las expresiones terroristas que lo acompañan, pero también, que compense la acrecida presencia militar de los Estados Unidos en el área, propiciada por el Plan Colombia.
Colombia podría pues contar hacia el futuro con un invaluable apoyo en el líder más poderoso de América Latina. Pero ese apoyo no será incondicional. Irá solo hasta el punto en que se conjugue la visión del mundo y los objetivos políticos de largo alcance del Brasil, hoy no solo regionales sino mundiales, y no sobrepase el nivel de tolerancia de los sectores más radicales del partido de gobierno afectando la gobernabilidad interna. Si Colombia no quiere que se prescinda de su participación como socio destacado entre las naciones al sur del continente, el gobierno deberá revisar su política suramericana y buscar un ajuste entre sus intereses internos y los intereses políticos de la región lo que, en últimas, representará sólo una ventaja.
Maria del Pilar Marulanda.
Ph.D. Estudios sociales de América Latina.
Gladys Fuentes vive en España y, en forma de cuento, narra una historia de colombianos en ese país.