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Recuerdo que cerca de allí, cuando llegué, encontré el sitio donde por primera vez me sentí realmente en Europa. Allí, bajando por Preciados, muy cerca a Callao, casi todos los días un cuarteto de cuerdas toca piezas clásicas, generalmente las mismas, de Bach y Vivaldi entre otros. Muchos se detienen a oírlos e incluso les dan unas monedas. Recuerdo que me impresionó mucho el hecho de que tan buen grupo de música clásica tuviera que tocar en la calle por necesidad. A algún periódico también le impresionó y entrevistaron al director que resulto ser un simpático polaco que aprendió a tocar el violín siendo niño y, cuando vino a España, la necesidad le obligo a retomar su antiguo gusto por la música. Ahora no tocaba con un arco de violín sino con uno de chelo para lograr una acústica mayor. De apariencia bonachona aunque con expresión adusta, siempre logra conmoverme escuchar algo de música allí. Luego, cuando regrese a Colombia, siempre que escuche alguna de las cuatro piezas que tocan seguramente me dará algo de nostalgia.
Hay un mar de tiendas por esa calle y aunque nunca hay dinero, nunca están vacías. Por esta época del año, los bares, cafeterías y restaurantes de Madrid tienen sus terrazas abiertas, lo que implica que por este camino, además del típico peatón, también hay que esquivar las mesas que se disponen en el camino. Los habituales solicitantes de firmas para diferentes causas, encuestadores e, incluso, manifestantes, se apiñan a lo largo de esta calle entre los pequeños claros que, como si de un bosque se tratara, deja la cantidad de gente que por allí transita.
Estoy a punto de llegar a Sol. Hace calor, no estoy muy cansado pero a veces tanta gente agobia. Apuro el paso y llego a la puerta de Sol. Una estatua ecuestre de Carlos III, el mismo de la canción de Ana Belén, adorna la plaza junto a una fuente. Este es uno de los sitios más conocidos -y concurridos- de Madrid. Es curioso pensar que ese edificio esta emplazado en donde antiguamente se acababa la ciudad. Era pequeña, tanto o más que mi Bogotá natal pero, desde entonces, mucho tiempo ha pasado y ahora Madrid es una mole que se extiende a kilómetros de allí. La meta, más que el edificio, es la pequeña placa en la que estoy de pie ahora. El kilómetro cero. El punto de partida de las carreteras radiales. Aquí siempre hay gente haciendo de todo, desde vendiendo oro hasta tocando mariachis. Es agradable escuchar los éxitos de Vicente Fernández o José Alfredo Jiménez, no tanto por como tocan los músicos, sino por ver la cara de los turistas europeos, casi siempre tan festivos como nosotros, pero poco conocedores de la cultura latinoamericana. Nunca falta el mexicano o mexicana, o simple paisano que se aventure a cantar a toda garganta al compás de las trompetas y los guitarrones junto a los mariachis.
Saben, este es un muy buen lugar para descansar. Música, sol y, quien sabe, hasta de pronto buena compañía luego... Uno nunca sabe que se va a encontrar una tarde por Madrid.
Guillermo Hernán Gómez López
Maria del Pilar Marulanda, Ph.D. en Estudios sociales de América Latina hace un análisis.
Gladys Fuentes vive en España y, en forma de cuento, narra una historia de colombianos en ese país.