(Página 1 de 2)
A las 7 de la mañana del domingo 3 de mayo, una intempestiva rueda de prensa convocada de urgencia por el ministro de Protección Social, Diego Palacio, confirmó que la gripa AH1N1 había llegado al país. Un hombre de 42 años, residente en Zipaquirá y que acababa de disfrutar de una semana de vacaciones en Cancún, México, fue la primera víctima en todo el territorio nacional de la hasta ese entonces nueva y poco conocida influenza.
De este modo, Colombia se convirtió en el país número de uno de Suramérica en registrar la presencia dentro de sus fronteras de la primera pandemia del siglo XXI. Aunque las autoridades nacionales y municipales aseguraron en su momento que estaban preparadas para enfrentar la eventual diseminación de la enfermedad, la gripa AH1N1 empezó a crecer de manera sostenida al punto que seis meses y medio más tarde la cifra de enfermos confirmados ascendió a 3.288 personas, de las cuales 190 perdieron la vida.
Este panorama local fue un reflejo en pequeña escala del impacto que ha tenido este virus en todo el mundo desde su aparición en México el 11 de abril; un virus que, debido a su rápida diseminación por el planeta, obligó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declarar la fase 6 de la pandemia, el máximo nivel de alerta contemplado para situaciones de esa naturaleza. El balance al cierre del año estaba indicando que por cuenta de la AH1N1 hay 700.000 afectados en 208 países y un saldo de 9.596 muertes.
No obstante esta cifra considerable de enfermos y de muertos, la primera pandemia del actual siglo no ha tenido consecuencias tan nefastas como las que las propias autoridades globales de la salud previeron al inicio de la crisis. Algunos, de hecho, quisieron compararla con la gripa española de 1918, que mató a cerca de 25 millones de personas en el curso de un semestre.
Estudios del Colegio Imperial de Londres y de la Escuela de Salud Pública de Harvard revelados la semana pasada coincidieron en que el virus pandémico, conocido inicialmente como gripa porcina, ha tenido efectos menos letales que los temidos por las autoridades de salud de todo el planeta.
Según la investigación británica, sus índices de mortalidad son mucho menores que los registrados por las tres grandes pandemias del siglo pasado: "Mientras que la tasa de la AH1N1 ha sido de 0,026 por ciento, la de la gripa española de 1918 fue de 3 por ciento y las de 1957 a 1958 y de 1967 a 1968 estuvieron en el orden del 0,2 por ciento cada una", dijo Liam Donaldson, director de la Agencia Británica de Protección de Salud.
A una conclusión similar llegó la Escuela de Salud Pública de Harvard, que en las conclusiones de su estudio afirmó que "aunque grave por el elevado número de víctimas, es muy probable que la pandemia por el virus AH1N1 será la más suave de la historia".
No obstante este panorama 'esperanzador', la OMS decidió no bajar la guardia ni el nivel máximo de alerta, menos aún cuando en su reporte del pasado 11 de diciembre estableció que la actividad del virus persiste con tendencia al aumento en la mayoría de países de Asia y Europa central y del norte, mientras que en Norteamérica se mantiene y en Latinoamérica decrece.
Las vacunas
La pandemia también puso en el tapete un nuevo pulso de poder entre las grandes potencias del mundo para obtener y garantizar la disponibilidad de los medicamentos antirretrovirales y de las vacunas contra el nuevo virus. La movilización de recursos fue de tan grandes proporciones, que solo unas pocas naciones lograron comprometer para sí el 90 por ciento de la producción futura de vacunas de las siete grandes multinacionales farmacéuticas que lograron desarrollar biológicos efectivos contra el virus.
En este escenario, Estados Unidos picó en punta al destinar 1.800 millones de dólares y negoció un paquete inicial de 195 millones de biológicos con los laboratorios Sanofi-Aventis, CSL Ltd, Medimmune, Novartis y GlaxoSmithKline, quienes finalmente obtuvieron el visto bueno de la Agencia Federal de Drogas y Alimentos (FDA, sigla en inglés) para comercializar sus productos.