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EL SACERDOTE LLEGÓ A BOGOTÁ desde Guayaquil, Ecuador, con la esperanza de que los médicos colombianos de la Fundación Shaio repararan su corazón. Durante una mañana había presentado varios paros cardiacos, de los que se salvó gracias a unos masajes realizados con tanto ahínco que le habían quebrado varias costillas. Las esperanzas eran pocas, de modo que no resultada descabellado estrenar el aparato que el ingeniero bogotano Jorge Reynolds había comenzado a probar a mediados de 1958, apenas seis meses atrás.
Reynolds, graduado del Trinity College de Cambridge, Reino Unido, andaba apasionado con el tema de la estimulación cardiaca artificial desde comienzos de año. Durante el congreso de la Asociación Estadounidense de Cirugía Torácica había conocido a los doctores Paul Zool y Wilson Greatbatch, que venían realizando experimentos en perros con marcapasos totalmente implantables.
El trabajo de los dos científicos dio luces al ingeniero colombiano para seguir la misma línea, y en junio fue autorizado por la Shaio para llevar a cabo sus propias experimentaciones de estimulación artificial. De forma rudimentaria, comenzó con el doctor José Antonio Rubio a hacer cirugía en perros, a los que estimulaba el corazón eléctricamente a través de electrodos.
El marcapasos se perfilaba entonces como la solución más viable para los pacientes cuyas contracciones cardiacas eran lentas o irregulares debido a fallos en el sistema eléctrico del corazón. La idea era que, al emitir impulsos de manera intermitente, el dispositivo estimulara el músculo cardiaco. Fácil en teoría, pero lograrlo en la práctica implicaba el desarrollo de baterías y circuitos electrónicos duraderos y, de materiales que no se quebraran por el movimiento constante.
Ese año fue especialmente prolífico en la materia: aparte de importantes avances en Estados Unidos y el Reino Unido, en octubre científicos suecos implantaron un marcapasos en un paciente. El primer aparato solo resistió tres horas; el segundo, dos días. En total fueron 22 los marcapasos que lograron darle más de cuatro décadas de vida extra.
Ya entonces Reynolds había diseñado un marcapasos relativamente eficiente, con electrodos de platino envueltos en silicona y alimentado por una batería de carro que alcanzaba a durar 24 horas. Eso sí, bastante aparatoso: pesaba 45 kilos. "Cuando teníamos estos dos elementos listos, batería y marcapasos, a alguien se le ocurrió colocarlo encima de un carro utilizado para el transporte de oxígeno en los hospitales -rememora el ingeniero de 72 años-. Así quedó conformado nuestro primer marcapasos".
No estaban seguros de la eficacia del aparato cuando se presentó el caso del sacerdote. "Yo no estaba de acuerdo con la implantación, pero hablando con el paciente y con el doctor Alberto Vejarano, jefe de cirugía de la Fundación, me convencieron de que este sistema era el único posible para salvarle la vida, ya que las drogas eran cada vez menos efectivas", dice Reynolds. Así que la primera implantación de un marcapasos cardiaco externo con electrodo epicárdico estaría próxima a suceder en Colombia.
Ocho médicos participaron en la operación. Abrieron el pecho del sacerdote, llegaron lo más cerca posible de la punta del ventrículo derecho y suturaron los electrodos, que quedaron conectados a la batería de 12 voltios a través de cinco metros de cable. Al confirmar que la estimulación era satisfactoria, cerraron el pecho del paciente.