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"ALGUNOS ME VERÁN... Mi semblante no es el mejor. Estoy parado pero porque he vuelto a nacer, porque realmente durante mi cautiverio me ha dado nueve veces leishmaniasis. Ahorita estoy en tratamiento de Glucantime, y me tiene débil, pero como he vuelto a nacer estoy haciendo un esfuerzo", aseguraba, visiblemente agotado, el cabo de la policía Julio César Buitrago durante la alocución presidencial del pasado 2 de julio, día en que regresó a la libertad junto con 14 compañeros de cautiverio.
Su caso es el vivo ejemplo del flagelo de una enfermedad que crece a niveles epidémicos en Colombia porque su transmisión ya no es exclusiva de la selva, sino también de ciudades y municipios como Sincelejo, Montería, Bucaramanga, Neiva y Villeta. La produce un parásito denominado Leishmania y la transmite un mosquito muy pequeño que se reproduce en ambientes selváticos o boscosos por debajo de los 1.800 metros de altitud. Pero la deforestación, el calentamiento global, la expansión de las ciudades hacia zonas rurales y el desplazamiento del mosquito transmisor y de personas y animales con leishmaniasis de áreas rurales hacia las periferias urbanas, han provocado el crecimiento acelerado de la enfermedad.
Mientras en 2002 se diagnosticaron 3.600 casos de leishmaniasis, hoy son cerca de 18.000 al año, lo que hace de Colombia el segundo país de América Latina con mayor prevalencia. La lista la encabeza Brasil, con unos 30.000 casos, y en el tercer lugar está Perú, con cerca de 8.500. En América, la enfermedad se halla desde el estado de Texas, Estados Unidos, hasta el norte de Argentina, y en el mundo está distribuida en 88 países, la mayoría subdesarrollados.
Según la OMS, anualmente se reportan dos millones de nuevos casos y unas 60.000 personas mueren por esta enfermedad que, según su tipo, puede causar desde llagas dolorosas hasta severas inflamaciones abdominales y desnutrición. De las tres modalidades de leishmaniasis -cutánea, mucosa y visceral-, la que predomina en Colombia es la primera (99,4 por ciento), por lo que la tasa de mortalidad es baja teniendo en cuenta que solo la última es la letal.
El otro riesgo de la milicia
Así no hubiera estado secuestrado, Buitrago tenía dos condiciones que lo predisponían a padecer este mal: ser oficial de las Fuerzas Armadas y vivir en Miraflores (Meta). Según el Ministerio de la Protección Social, cerca del 55 por ciento de los casos de leishmaniasis en Colombia se presentan en las Fuerzas Armadas porque un buen número de sus miembros permanece en operaciones selva adentro. En el momento de su captura, el cabo vivía en el Guaviare, uno de los departamentos de mayor prevalencia de la enfermedad, al igual que Norte de Santander, Antioquia, Santander, Caquetá, Nariño y Putumayo. Además de soldados y policías, las personas más vulnerables son los secuestrados, los grupos ilegales, los cultivadores de coca, los aserradores de árboles y otras personas que ingresan a la selva.
Muchos campesinos se tratan con plantas, pero la forma efectiva de tratamiento es con medicamentos que distribuye gratuitamente el Ministerio a través de las Secretarías de Salud departamentales. Los tratamientos disponibles son las llamadas sales antimoniales (Glucantime), que producen efectos como náusea, vómito, cefalea, inapetencia, salpullido y dolor en los músculos, así como generar complicaciones en el hígado, el corazón y los riñones. En caso de que el enfermo no responda a estas ampolletas, se emplea la miltefocina, el primer tratamiento oral contra la enfermedad. Por sus efectos degenerativos en el feto, ambos medicamentos están contraindicados en mujeres embarazadas.
La severidad de los efectos adversos ha motivado el desarrollo de nuevos tratamientos, una tarea en la que los científicos colombianos han mostrado liderazgo. "Hemos visto, por lo menos, 11 muertos en Colombia por estas inyecciones; hay que buscar nuevas alternativas de medicamentos", advierte el profesor Iván Darío Vélez, director del Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales (Pecet), de la Universidad de Antioquia. La OMS señala que se han hecho pruebas de una vacuna en Irán, Sudán y Brasil, pero sin resultados contundentes. Por su parte, Vélez asegura que el Pecet ha experimentado con éxito otra vacuna que aún está pendiente de la última fase de investigación.
La inmunidad que genera la enfermedad es temporal. Solo en el norte de África y el sur de la antigua Unión Soviética hay dos especies de Leishmania que dan inmunidad duradera. Además, no existen cifras precisas de su reincidencia porque "hay una gran dificultad para definir cuándo hay una infección nueva y cuándo una recaída", según el epidemiólogo Julio Padilla, del Ministerio de Protección Social, entidad que gasta unos 8.000 millones de pesos al año en medicinas contra la leishmaniasis. Según él, al cabo de un seguimiento mínimo de seis meses, el paciente debe tener curadas sus lesiones, y lo ideal es prolongar la observación por un año.