La religión es el resultado del temor a la muerte

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Con la religión habría pasado algo similar. En una etapa muy primaria de los humanos, la evolución favoreció a aquellos cerebros que no se detenían en disertaciones sobre cómo atacaba el tigre, sino que huían ante su presencia. Dawkins escribe: "Estamos programados biológicamente para imputar intenciones a entidades cuyo comportamiento nos interesa (...). Los niños y los hombres primitivos imputan intenciones al tiempo, a las olas y a las corrientes, a las rocas que caen (...). Detectamos hiperactivamente agentes cuando no los hay y esto nos hace sospechar malicia o benignidad donde, de hecho, la naturaleza sólo es indiferente".

El etólogo británico puntualiza su planteamiento sobre las raíces de la religión con la idea de que, bajo ciertas circunstancias, es preferible persistir en una creencia irracional antes que vacilar, "incluso si nuevas evidencias o razonamientos favorecen un cambio". En síntesis, la religión sería un subproducto evolutivo: un mecanismo que favoreció la supervivencia en alguna etapa de la humanidad, pero que con el paso del tiempo terminó convertido en algo así como el bombillo para las polillas.   

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