EXISTEN VARIAS formas de acabar con un enemigo. Una puede ser atacarlo directamente en su campamento; otra, cortar su cadena de abastecimiento.
Cuando el enemigo es el cáncer, estas metáforas son mucho más literales de lo que aparentan. En los últimos cuatro años, tres medicamentos para combatir esta enfermedad han ganado terreno, precisamente, gracias a la estrategia de cortar los suministros -léase sangre- que provocan el crecimiento de los tumores. Los resultados han sido tan promisorios, que más de un oncólogo considera que éste es el enfoque con mayor potencial para tratar el cáncer en la actualidad.
Los nuevos combatientes son los agentes antiangiogénicos o inhibidores de la angiogénesis, y su misión consiste en impedir el crecimiento de los vasos sanguíneos que alimentan los tumores. Si la quimioterapia y la radioterapia atacan el cáncer in situ, las nuevas terapias buscan debilitarlo por inanición.
La investigación en este campo comenzó a finales de los años 90, pero fue necesario esperar hasta 2004 para la aprobación del primer fármaco antiangiogénico: bevacizumab (Avastin). Al comienzo fue autorizado para el tratamiento del cáncer colorrectal, pero hoy también ha demostrado eficacia en el cáncer de riñón y ciertos tumores de mama. Además, está en espera de recibir aprobación para el cáncer de pulmón y es investigado en tumores de cerebro, ovario, vejiga y piel.
Siguiendo el mismo enfoque, a finales de 2005 fue aprobado sorafenib (Nexavar) contra el cáncer renal y el hepático, y en 2006 sumitinib (Sutent) recibió aprobación contra el de riñón y el cáncer gástrico estromal, tumor poco frecuente que crece dentro de las paredes del estómago.
Dos, más que uno
El oncólogo Javier Pacheco, del Hospital San José, asegura que bevacizumab ha sido una de las grandes revoluciones recientes en su campo y señala que "hace unos cuatro años, la sobrevida de un cáncer colorrectal era, a lo sumo, de ocho a 10 meses, pero hoy, con la combinación de antiangiogénicos y quimioterapia, puede alcanzar 24 y hasta 28 meses".
La combinación es, en efecto, un recurso necesario. Inicialmente se llegó a pensar que las terapias antiangiogénicas podrían por sí mismas erradicar un cáncer, pero con el paso de los años se ha observado que no es así. "En algunos casos, los inhibidores de la angiogénesis reducen los tumores, pero en otros casos solamente parecen detener su crecimiento, probablemente porque en los tumores ya han crecido algunos vasos sanguíneos", señala un documento de la Sociedad Estadounidense de Cáncer, que a su vez advierte que ciertos pacientes podrían necesitar antiangiogénicos de por vida. Una desventaja que hace unos años Isaiah Fidler, del MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas, expresó con ironía: "Inhibir la angiogénesis después de que haya ocurrido es como cerrar la puerta del establo después de que el caballo se ha escapado".
Sin embargo, estos argumentos no justifican perder la esperanza, pues los antiangiogénicos combinados con quimioterapia prolongan la vida en mayores proporciones de lo que lo harían cualesquiera de los dos por separado. La hipótesis es que el antiangiogénico estabiliza los vasos sanguíneos -cuyo crecimiento suele ser anormal y presentar fugas- y permite que la quimioterapia llegue de forma más eficiente hasta el interior de las células malignas.
No hay panaceas
Como cualquier tratamiento, el uso de inhibidores de la angiogénesis tiene limitaciones, pues es innegable que el proceso de formación de vasos es imprescindible en varias funciones del organismo, como la reparación de tejidos, la cicatrización, el mantenimiento del sistema inmune y la función reproductiva. De hecho, los efectos más reportados por el consumo de estos medicamentos son los sangrados y la hipertensión, además de que están contraindicados en vísperas de una cirugía o durante la gestación. Valga recordar que la talidomida, medicamento para las náuseas del embarazo que provocó el nacimiento de miles de niños sin extremidades en los años 50, era un antiangiogénico, aunque entonces los médicos no lo sabían.
Pero unas por otras: hoy se llevan a cabo más de 30 ensayos clínicos con inhibidores de la angiogénesis para el tratamiento del cáncer y otras enfermedades. Tumores de próstata, tiroides, páncreas, estómago y cuello uterino, así como leucemias, linfomas o sarcoma de Kaposi están en la lista de males que estos medicamentos podrían combatir. Su desarrollo probablemente no significará una cura definitiva ni la jubilación de la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia, pero sin duda contribuirá a hacer la vida posible a pesar del cáncer.
UN MAL ASTUTO
El cáncer es una enfermedad que encarna la esencia de la vida: la división celular, aquel mecanismo que hace posible que las personas crezcan y mantengan renovados sus tejidos. Esto supone que las células deben apagarse cuando han cumplido su ciclo, pero resulta que hay unas rebeldes, cuya información genética está alterada, que se resisten a morir y forman un tumor. Como éste necesita alimentarse, envía señales hacia los vasos sanguíneos y ellos derivan ramificaciones para atender la solicitud. El círculo vicioso del cáncer comienza cuando el tumor, bien nutrido, vuelve a enviar señales a los vasos, y éstos siguen abriendo más ramificaciones para proveerlo. Las cosas empeoran cuando el tumor libera una de sus células y ésta se desplaza por el torrente sanguíneo hasta implantarse en otro lugar. Es lo que se conoce como metástasis.