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EL ODIO DE MAFALDA por la sopa podría ser un indicador de riesgo de trastorno de la alimentación cuando sea grande. Así lo señala una investigación de Equilibrio, una institución especializada en desórdenes alimentarios, según la cual, en ciertas circunstancias, el rechazo de los niños a determinados alimentos predice la aparición de anorexia o bulimia en edades más avanzadas.
Los expertos lo llaman neofobia a los alimentos, y lo definen no sólo por el miedo a lo nuevo, sino también por la excesiva selectividad a la hora de comer. Entre las razones del rechazo infantil a la comida están el sabor, el olor, la textura, el color e incluso factores tan insospechados como el sonido que produce masticar ciertos alimentos.
La investigación consistió en hacerles seguimiento durante tres años y medio a ocho hombres y siete mujeres de entre 7 y 21 años que desde muy pequeños experimentaban ansiedad a la hora de comer, evitaban hacerlo y si lo hacían sentían náuseas, dolor abdominal y hasta vomitaban. De ellos, 10 desarrollaron trastornos alimentarios, hecho que llevó a las investigadoras a plantear que la neofobia podría ser un primer síntoma de ellos.
Los resultados iniciales del trabajo de Equilibrio coinciden con los de investigaciones hechas en otros países donde, lo mismo que en Colombia, se registra un incremento del fenómeno: niños y niñas que a los 7 años han llegado a tal grado de selectividad, que se abstienen de comer y hacen un cuadro de anorexia; menores que, en lugar de superar el rechazo a ciertos alimentos -normal en los primeros dos años de vida-, lo han acentuado a tal punto que ni la conocida estrategia de "por mamá, por papá, por la abuelita..." surte efecto.
La psicóloga Juanita Gempeler, quien dirigió el estudio, advierte que varios factores confluyen en el desarrollo de la enfermedad. "No es sólo cuestión de crianza -señala-. Los genes juegan un papel muy importante en la aparición de los trastornos de la alimentación". De hecho, el estudio reveló que en 13 de los 15 pacientes había antecedentes familiares de trastornos alimentarios u obsesivo-compulsivos. "Son personas poco propensas al riesgo -asegura Gempeler-. No solamente evitan el daño y la novedad en sus conductas de la alimentación, es como un estilo de vida".
De todo un poco
La neofobia es un asunto cuyas causas apenas comienzan a conocerse. Sin embargo, varios estudios apuntan al factor hereditario. Por ejemplo, uno publicado el año pasado en la revista Physiology & Behavior, hecho con 28 familias finlandesas y 468 gemelas y mellizas británicas, planteó que dos terceras partes de los casos de neofobia tenían un componente genético.
En la misma línea, un estudio publicado el año pasado en The American Journal of Clinical Nutrition señaló que el rechazo de un significativo porcentaje de niños a ciertas verduras podría deberse a una variación genética que aumenta la sensibilidad de las papilas gustativas al sabor amargo.
El trabajo, realizado por el Departamento de Ciencias de la Alimentación de la Universidad Rutgers, en Estados Unidos, consistió en darles a 65 niños de los dos sexos un componente amargo -llamado 6-n-propiltiouracilo- diluido en agua. Aunque la mayoría no distinguió ningún sabor, 24 aseguraron que la bebida sabía mal o era "asquerosa".
Pero no todo puede atribuirse a la biología. El ambiente, la cultura y los patrones de crianza juegan su papel. La psiquiatra Maritza Rodríguez considera que la neofobia puede ser una respuesta de los niños a unos padres "que los acostumbraron a unas comidas rápidas y monótonas, calentadas en el microondas por salir del paso". Y recuerda una frase de la experta en trastornos de la alimentación Regina Cooke: "A los niños les gusta lo que conocen y comen lo que les gusta".