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CUANDO LUIS ALBERTO MARTÍNEZ vio sus espermatozoides ampliados en la pantalla del televisor sintió un corrientazo que ascendió desde los pies hasta la coronilla. Tenía 16 años y, frente a sus ojos, la evidencia de su fecundidad. Miles de células reproductoras revoloteando bajo el microscopio parecían decirle "pilas, el sexo no es un juego", y otras tantas, moribundas, le indicaban que debía tomar precauciones para conservar la fertilidad. "Fue una cosa maravillosa -recuerda Luis Alberto a sus 22 años-. Cada espermatozoide era como una vida peleándose por encontrar un óvulo, pero otros también representaban los síntomas del varicocele que tengo (inflamación de las venas del escroto), algo que en el futuro podrá afectarme cuando quiera tener mi familia".
Una sensación parecida experimentó hace 25 años el andrólogo Fernando Vásquez, director del programa de Salud Sexual y Reproductiva de la Universidad del Norte, de Barranquilla. Confirmar bajo el lente que tenía todo el potencial para procrear resultó una noticia tan memorable, que en 1998 se le ocurrió compartir el método con adolescentes.
La intuición le decía que la observación del líquido seminal y de los espermatozoides en vivo y en directo les permitiría adoptar medidas tempranas ante señales de infertilidad, convencerse de que las infecciones de transmisión sexual eran reales y, especialmente, ser conscientes de que las relaciones prodigaban placer pero al mismo tiempo engendraban responsabilidades. Así que -una vez obtenido el visto bueno de padres y profesores- reclutó a 161 voluntarios de entre 12 y 18 años y les pidió una muestra de esperma. La gran mayoría de los estudiantes no ocultó la emoción al ver sus gametos en el microscopio o proyectados en un televisor.
Pero más allá del orgullo inmediato que a muchos produjo "sentirse hombres", la observación confirmó sus beneficios unos años después: en 2004, cuando casi todos los muchachos estaban en sus veintes, Vásquez los contactó nuevamente y constató que entre ellos eran excepcionales las infecciones de transmisión sexual y los embarazos no deseados.
Entusiasmado con el potencial pedagógico del ejercicio, el médico barranquillero se hizo a la tarea de replicarlo con población universitaria y, otra vez, los resultados parecían decir, como el apóstol Tomás, "hay que ver para creer": el 100% de los jóvenes recomendó esta estrategia para tener consciencia reproductiva; el 93% lo consideró persuasivo sobre la importancia de la planificación familiar, y el 76% para prevenir infecciones de transmisión sexual. "Cuando la mujer menstrúa siente molestias y eso la hace más consciente de su fertilidad; cuando el hombre eyacula siente placer y no tiene muy en cuenta que es un ser reproductor -asegura Fernando Vásquez-. Por eso, ofrecerles esta experiencia les permite estructurar mejor su proyecto de vida, los aterriza y los hace conscientes de que un embarazo no planeado o una infección pueden dañar sus vidas".