Qué dolor, qué dolor, qué pena

50% de la población colombiana sufre de dolor crónico, según la Encuesta Nacional del Dolor de 2004.

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FUERON DOS DÉCADAS de peregrinaje de consultorio en consultorio y de tratamiento en tratamiento. Unos médicos insistían en que las malas noches, el cansancio constante y el dolor persistente en el cuello, la espalda y las articulaciones eran consecuencia de la depresión, y otros apenas atinaban a recomendarle descanso y tomar antiinflamatorios. Pero nada aliviaba los síntomas, y el panorama se hacía más desolador al oír que incluso sus familiares se resistían a creer que el padecimiento fuera cierto: "Eso es mental", decían.

Hasta que, por fin, hace unos 15 años, María Clara Henríquez leyó en un artículo de prensa una lista de síntomas de una enfermedad que parecían calcados de su experiencia: tenía fibromialgia, una dolencia sin causa conocida que produce dolores incluso en ausencia de lesiones. "Comencé a ir a reumatólogos y me recetaron ejercicio y calmantes para el dolor -recuerda María Clara, quien hoy tiene 47 años-. Después viví en España y supe de la existencia de una asociación. Afiliarme fue muy importante, porque me di cuenta de que definitivamente yo no me estaba inventando los síntomas y que los médicos se equivocaban cuando decían que lo mío era psicosomático".

Así de sencillo: la sociedad y un buen número de médicos son indolentes con quienes sufren de dolor. Y no es por mala fe, sino porque el desconocimiento en este campo es monumental. De modo que quienes lo padecen de manera crónica se ven condenados a perder años valiosos en espera de un diagnóstico o un tratamiento certeros, al tiempo que otras dimensiones de la vida se van viendo afectadas por la depresión, el cansancio o el simple desespero.

Sin causa aparente

No más de tres décadas atrás, el dolor era entendido sólo como el síntoma de una lesión y se suponía que una vez superada, éste debía extinguirse de manera automática. Tampoco se tenía muy claro por qué había dolores en ausencia de anormalidades orgánicas.

Craso error. Los científicos comenzaron a darse cuenta de que en ciertas personas -no se tiene muy claro en quiénes en particular-, los dolores agudos prolongados producen cambios en la médula espinal, afectan la genética de las neuronas y terminaban perpetuándolos. "Cuando hay un estímulo repetitivo y constante, las neuronas de la médula se acostumbran a ese estímulo y dejan de anularlo -explica John Jairo Hernández, director de Medicina del Dolor de la Universidad del Rosario-. Esto se convierte en un permanente envío de señales al cerebro y aparece el dolor crónico irreversible". Así que cerrar heridas no basta. "El principal culpable del dolor crónico es el dolor agudo que no fue curado", añade el experto.

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