La decisión de llevar el problema con Venezuela al Consejo de Seguridad podría convertirse en un error estratégico mayúsculo.
La tensión entre Venezuela y Colombia se ha tornado un dato casi permanente de la relación bilateral. Los incidentes se han vuelto recurrentes y con ello la potencialidad de un desbordamiento ha crecido.
En ese contexto, Bogotá ha procurado internacionalizar su respuesta o su reclamo a lo que considera actos hostiles de parte de Caracas. En esa dirección, la decisión de llevar el tema de las fricciones entre los dos países al Consejo de Seguridad de la ONU podría convertirse en un error estratégico mayúsculo.
En algunos círculos oficiales, entre ciertos especialistas y en buena parte de los medios de comunicación prevalece una sensación algo ilusa respecto al alcance de esa estratagema. Los problemas no suficientemente ponderados son varios. En primer lugar, en el Ejecutivo se sobrevalora el poder de EE.UU. en el seno del Consejo. Washington está decididamente más cerca de Bogotá que de Caracas pero ni quiere un conflicto peligroso en el corazón del mundo andino ni tiene en este tema -y en muchos otros temas- la capacidad de disciplinar a las principales potencias y a los poderes emergentes detrás de una eventual tesis pro-colombiana. El vínculo Colombia-Estados Unidos en materia militar puede ser estrecho pero eso no implica que Colombia sea el equivalente de Israel: Washington seguramente no puede y posiblemente no necesita un nuevo foco de pugnacidad en el mundo. Además rompería una larguísima tradición en la que procuró que existiera un cierto balance entre Colombia y Venezuela y que el dilema de seguridad existente entre ambos no condujera al uso de la fuerza.
En segundo lugar, no hay evidencia de que los otros 14 miembros del Consejo de Seguridad conciban muy favorablemente a Colombia. Una gran cantidad de naciones ha comprendido los problemas que ha vivido históricamente el país y ha eludido inmiscuirse en los asuntos colombianos. Sin embargo, en general y en el plano diplomático, Colombia es visto como una fuente de graves dificultades para el sistema mundial: el persistente negocio de las drogas ilícitas; el auge y transnacionalización del crimen organizado; el prolongado e irresuelto conflicto armado interno; el deplorable estado de los derechos humanos, la autoidentificación -en especial, durante la presidencia de Álvaro Uribe- de Colombia como bastión de la "guerra contra el terrorismo"; la insuficiente protección del medio ambiente, etc. Hace años que Colombia está en el centro de preocupación de órganos de Naciones Unidas y otros muchos que el país no logra que los candidatos nacionales ocupen puestos de reconocimiento e influencia en la organización. Si ahora quiere colocarse como parte de un eventual conflicto internacional que pudiese encuadrarse en los asuntos del Capítulo VII sobre amenazas a la paz y la seguridad en el mundo, entonces su vulnerabilidad podría aumentar y no decrecer.
En tercer lugar, hay una lectura confusa del papel de las grandes potencias, de las naciones periféricas y de los representantes latinoamericanos en el Consejo de Seguridad. Cuando un tópico crítico ingresa a la agenda del Consejo el país de referencia pierde casi por completo el control de las posibles discusiones y resoluciones sobre dicho caso. Los juegos de poder entre las grandes potencias predominan y los principales actores persiguen sus propios intereses nacionales en el tratamiento de una cuestión espinosa. Las naciones de la periferia actúan de acuerdo con lógicas regionales y/o colectivas: Colombia hace mucho tiempo dejó de ser un país no alienado y se lo considera como excesivamente alineado con Estados Unidos. La representación latinoamericana actual -México y Brasil- no necesariamente apoyaría la tesis colombiana; menos aún, y en el caso de Brasilia, después del acuerdo militar entre Estados Unidos y Colombia que Brasil ha visto con suma preocupación.
En breve, no hay motivos para pensar que a Colombia le iría mejor en su relación tensa con Venezuela llevando su argumento -por más correcto que sea- al Consejo de Seguridad de la ONU. Nada ni nadie resolverá lo que Bogotá y Caracas no quieran solucionar seriamente.
Por Juan G. Tokatlian,
analista.