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"Palo, palo, palo, palo bonito palo'e, eh, eh, eh, palo bonito palo'e".
Canción popular
"Ten mucho cuidado con lo que deseas, porque puede ser que se te cumpla".
Goethe
Se dice que los mundos siempre manejan conceptos ontológicos que sólo se entienden en el ejercicio de la misma vida. Y la cárcel es un mundo del mundo, un submundo que en sus propios dolores se desarrolla con pasiones estrepitosas que fluyen sin refreno y cuyas consecuencias, a veces, se arraigan en lo coloquial y lo prosaico, lo hilarante y la tragedia, la cruel realidad y el no te lo puedo creer.
A don Octavio le llegó el preludio de los sesenta entre rejas, aquellas que lo han recluido por un lustro y que fueron el castigo por comerciar con el polvo de las felicidades efímeras.
Aún le faltaban algunos años por purgar entre este muladar sombrío. La tolerancia al encierro la encontraba inmersa en la felicidad que le proporcionaban las visitas dominicales a las que su esposa casi nunca faltó. Era una felicidad prístina, inmaculada, vasta, la que sentía el pobre viejo cada vez que tras la reja de entrada, a la que se apostaban los internos para esperar su visita, veía que su mujer, la compañera de gran parte de su vida, ingresaba al patio ataviada con la falda y sus humildes sandalias, único atuendo con el que se permitía la entrada a la cárcel por aquella época de los primigenios años del siglo veintiuno. Después de verse en la multitud, se acercaban el uno al otro con la avidez del beso que con fortunio celebraba que su unión seguía sólida por otra semana más. Por ello, en las mañanas de domingo, como en esa mañana, la afeitada ostentaba más especialidad, para depurar hasta la minucia la hosquedad de la barba que tanto le desagradaba a Adela, su esposa. Y esa afeitada en particular tendría que ser más a ras, amén de que ese día Adela y él estaban cumpliendo veinticinco años de casados. Esa mañana, don Octavio hablaba con don Hugo mientras ambos se afeitaban en el baño del patio diez, pabellón en el que se consignaban los internos de la tercera edad. Don Hugo, compañero de claustro y viejo canero, lo escuchaba hablar, develando en su conversación un gran entusiasmo por los preparativos que tenía para atender su visita en ese día.
-Sí, Hugo, ya deshojé los pétalos de las rosas que me conseguí y los regué sobre la cama. A Adela le va a gustar mucho ese detalle. Ya cogí turno en el fogón para hacerle el desayuno de primero a mi mujer, y hasta ya fui donde El Tuerto, que me estaba planchando la ropa, y le reclamé la muda que me voy a poner hoy.
-Como veo, ya todo está listo -manifestó don Hugo, mientras alargaba el pescuezo frente al pequeño espejo apostado sobre la canilla del agua, para que así la cuchilla de la máquina de afeitar alcanzara mejor posición.
-No, Hugo, hay algo que me preo-cupa en realidad -manifestó Octavio, mostrando una evidente preocupación.
-¿Qué será?
-A ver, Hugo, cómo te dijera -suspendió Octavio el menester de afeitarse, mientras miró fijamente a su amigo con cierta solemnidad. Así le continuó hablando-: lo que sucede es que yo quiero que esta visita sea especial para Adela, mejor dicho, es que yo le prometí que esta sería una ocasión que nunca iba a olvidar.
-Bueno, y ¿cuál es el pero?
-El pero es que usted sabe que ya a nuestra edad este amigo no responde con la cabalidad que quisiéramos.
-¿A cuál amigo te refieres, Octavio? -preguntó Hugo, sintiéndose perdido del meollo de la conversación.
-¡Pues cuál amigo va a ser! -respondió Octavio, mientras apuntaba con sus labios en dirección de su entrepierna.
-Ah, ya veo, y... ¿qué piensas hacer?
-A ver... Cómo te parece que le compré a Mario Loco unas pastillas de Anafranil. Él me garantizó que tomándome una de esas, quince minutos antes del viriñaque, la cosa se pone como un riel, que sirve hasta para partir panela.
-¿Y eso sí será cierto? Porque acordate que nosotros ya estamos viejos y cuando con mucho sacrificio nos echamos uno, tenemos que entender que querer echar el segundo es cosa imposible. Además vos sufrís de presión alta y esa droga te puede hacer daño.
-¡No, hombre, qué va! Mario Loco me aseguró que esa droga lo único que hace es levantar al amigo, y que si esa pastilla fuera mala, con seguridad los médicos restringirían su uso, y, ¿no ves cómo se vende eso como pan caliente?
-Yo te recomendaría que no te tomés eso, es mejor prevenir que lamentar.
Y así terminaron de afeitarse y acicalarse. Octavio se fue a vestir a su camarote, ese pequeño espacio de dos metros por dos cincuenta, en el que no existen más comodidades que un rústico catre, un pequeño radio de transistores y un televisor a blanco y negro. Se vistió con cierto garbo y maña. Se ungió de loción con suma generosidad. Se peinó esmeradamente el cabello y luego hizo lo mismo con sus pobladas cejas, y después se sentó cuidadosamente en la cama sobre la cual había desperdigado pétalos de rosa. Tomó las pastillas de Anafranil que estaban en una pequeña butaca apostada al pie del camastro, la misma que hacía las veces de nochero, tomó con la otra mano un vaso de agua y respirando profundamente se introdujo la pastilla en la boca. Acto seguido, bebió agua para pasar la gragea por el guargüero, mientras pensaba en Adela y en cómo se iba a maravillar de su desempeño; pero, irremediablemente, se le vinieron a la mente las palabras del viejo Hugo, aquello de que ya siendo tan viejos, solo podrían consentir un solo orgasmo, una sufrida erección de unos pocos minutos. Ello lo llenó de consternación. Así, absorto en demostrarle a su mujer que él aún estaba en circulación, se tomó otra pastilla más, para garantizar que el efecto le duraría lo suficiente para que Adela recordara el porqué la había hecho tan feliz durante tantos años. Descargó el vaso sobre la butaca y poniéndose de pie miró a su compañero de eróticas gestas mientras le decía:
-Bueno, Pepe Grillo, ¡hoy no me podés fallar!
Más tarde, a las siete de la mañana, los dos guardianes que custodiaban el pabellón desarrollaron el ritual diario de la contada, ejercicio que siempre se hace dos veces al día y que de hecho garantiza que ninguno de los internos se vaya a evadir del penal. Una vez terminada la contada y verificado el número de los internos allí confinados, se escucharon los estridentes gritos de los ordenanzas del patio informando que la contada fue exitosa. Estos ordenanzas, pendejos con ínfulas de locutores de pueblo, al que por su bullicioso oficio ellos mismos se hacen llamar 'parlantes', se dedican todo el día a ubicar a punta de gritos los internos que fueren necesitados en el rastrillo del pabellón. Dadas las ocho de la mañana, con mucho alborozo, los que esperaban visita ese día se apostaron al pie de la reja de ingreso para ver desfilar por allí a las féminas que en su consagración a su hombre acceden al interior de este muladar sombrío, no más que para suscribirse a unas pocas horas de compañía con quienes resolvieron compartir su vida. Entre ellas llegó la Adela. Se veían los claros signos del trasnocho en su sufrido rostro cuarentón. Cargaba con estoicismo un pesado talego el cual contenía la comida que ella misma preparó con esmero desde la noche anterior, aquellos manjares que a Octavio tanto le gustaron y que hicieron que él se enamorase tanto de ella. Al viejo Octavio, apenas vio que el amor de su vida había arribado a este tétrico recinto, se le iluminó el rostro de felicidad, para entre empellones abrirse paso entre los demás y así llegar hasta los brazos de su esposa. Adela puso el pesado talego en el suelo cuando vio a su viejo, y como una niña ávida de cariño abrió sus brazos para que Octavio se depositara entre ellos y en ese afectivo ejercicio cada uno se encontrase en el otro con mucha esperanza. Tras ese efímero pero magno abrazo, Octavio tomó el talego del piso y encaminó a su mujer hasta su camarote. La sonrisa en el rostro de los dos era tan inmensa, que pareciera que por instantes ellos habían olvidado en dónde se encontraban, ese raro sortilegio que siempre produce el contemplar en cuerpo presente al ser amado. Desayunaron mientras se ponían al día con las incidencias acaecidas en la familia en esa semana. Sonrieron, rieron a carcajadas y hasta hubo un momento en el cual lloraron, con el paliativo de que por lo menos en ese momento podían acudir al hombro del otro para soliviar un poco la carga que tan amargamente los afectaba. Después, cedieron ante la necesidad de la libido, y lascivamente se fusionaron en su digna desnudez bajo las sábanas. Allí, Adela descubrió que la pétrea erección de su marido no era la usual, pero como la mesura y la prudencia eran una condición inherente a la época en la que fue educada, omitió comentario alguno a este particular hecho, pero eso sí, disfrutó hasta el paroxismo la virilidad que evidenciaba su macho en esa loca mañana. Fue tanto el desenfreno, que los jadeos avizores del orgasmo en determinado momento se desbordaron en gritos de placer que rememoraban épocas de aquella lejana juventud. Hubo momentos en los que la Adela llamó a la cordura develando que de seguir así era muy posible que tumbaran el enclenque camarote, pero Octavio no se dio por enterado de las solicitudes de su mujer. Todo lo contrario, arreciaba con más ahínco el pistoneo amoroso, a lo que Adela, maravillada, lo miraba en medio de su propio éxtasis, comprobando así que ese toro que la copulaba con suma virilidad se trataba en realidad de su esposo. Los otros viejitos, camaradas de prisión que, obviamente, se habían dado cuenta del notable desempeño amatorio que ostentaba su compañero, observaban con envidia cómo aquel camarote, construido con láminas de madera, se debatía en un vertiginoso vaivén, amén de los embates amorosos que desplegaron sin prudencia alguna Adela y su consorte.
-¿De dónde saca tanta verga este hijueputa? -se preguntaban sus compañeros de celda, indignados por la evidente chicanería que mostraba el Octavio con su mujer, mientras, sus esposas, también posesas en el otro aspecto de la sorpresa, aquel que viene más de la admiración, miraban con desconsuelo a sus maridos, entendiendo que con ellos jamás podrían alcanzar la magnitud del éxtasis que Adela demostraba en cada jadeo y por espacio de varias horas.
-¡No hay derecho que este hijueputa nos haga quedar tan mal con nuestras mujeres! -manifestaban energúmenos los demás internos que desayunaban con sus esposas en el patio, siendo imposible ignorar las bulliciosas manifestaciones de cariño que pululaban en todo el entorno. Hubo momentos en que los ánimos se calmaron por efímeros minutos, cuando por fin terminaban los jadeos y los traquidos de la madera del camarote que amenazaba con caerse.