El día inefable

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En ese momento avistamos la tienda y cruzamos la calle para entrar en ella casi con desgano. Una inercia extraña nos arrastraba hacia allí, como el canto de una sirena. Caminábamos por la calle despacio, en silencio, tratando de poner en orden nuestros pensamientos cuando ésta apareció de repente, sembrada en medio de varias casas como un milagro. Mamá se acercó al mostrador y pidió un paquete de Packard. El dependiente, un hombre de cara macilenta y con una toalla raída puesta sobre sus hombros, le dirigió una mirada de sorpresa o por lo menos de ignorancia. Luego me vio a mí sin variar el gesto de su rostro. Para tranquilizarlo le dije que los Publics estarían bien. Sin decir nada, alargó el brazo, tomó un paquete de un estante cercano y se lo entregó a mamá. Ella lo recibió desalentada, garrapateando los dedos de la mano izquierda sobre el mostrador metálico, haciendo con las uñas ese sonido molesto que siempre me destemplaba los dientes. Para disimular, saqué un billete del bolsillo del pantalón y se lo entregué al hombre. Tuve la sensación de haber hecho este ejercicio una infinidad de veces con anterioridad. Le pregunté si podíamos sentarnos en una mesa solamente a fumar y a hablar. El lugar estaba vacío y no molestaríamos a nadie. Dijo que no habría problema siempre y cuando pidiéramos algo de beber. Pedimos dos tazas de café bien cargadas, sin azúcar, y enseguida nos acercamos hacia una de las mesas. Colgué mi morral en una silla y nos sentamos uno frente al otro. El hombre se tomó un buen tiempo para traernos el café, alegando que debió calentarlo de nuevo porque otra vez se había enfriado; a nosotros no nos importó, pero le pedí de buen modo que bajara el volumen de la música.

-Me parece que hace siglos no consigo un Packard...

La miré con tristeza y repliqué:

-Madre, esa marca fue descontinuada hace años. Tengo la impresión de habértelo dicho cientos de veces...

-Eso no es cierto. Ayer mismo me fumé uno.

Yo sabía que esta conversación sería difícil para ella debido a la muerte tan reciente de mi padre, pero no para mí, que ya me iba acostumbrando a este hecho, como también a la pérdida paulatina de conciencia de mamá. Yo había aprendido a dejar atrás todos los recuerdos sin que causaran demasiado dolor. Mamá en cambio siempre fue más débil, más frágil, si bien luchaba por no dejar escapar cualquier señal que revelara su aprensión.

-Sabes bien que no es así. Acabas de decirme que llevas siglos sin conseguirlos.

-¿Crees que estoy loca...? -me dirigió una sonrisa irónica-. Cuando estaba con tu padre las cosas eran muy diferentes...

Entonces giró su cabeza de lado a lado y observó el lugar como si ya lo conociera, mientras seguía hablando en voz baja, como si no percibiera o recordara que yo la estaba escuchando. Hablaba más para sí misma, o tal vez para otras personas que aún permanecían en su memoria. Murmuraba incoherencias sobre los últimos trabajos de mi padre y sus notas. Pronunciaba citas sobre tiempos circulares y realidades alternas. Yo sólo la oía lejana, mirando cómo ascendían las volutas de humo que creaban figuras amorfas e irrepetibles en la atmósfera demasiado quieta del local, sin saber por qué todo esto me pareció tan familiar... Al momento mamá pareció volver a la situación.

-Sé que quieres que hablemos de tu padre -aspiró su cigarrillo-. Pues bien, él decidió morir, ya te lo he dicho. ¿Entiendes? Él lo eligió. Yo no pude hacer nada.

-Sólo explícame algo. Si tú estabas con él, ¿cómo permitiste que esto sucediera?

-Gastón me juró que lo hacía para que yo jamás estuviera sola. Me aseguró que Esta sería la única manera. Fue tan convincente que le permití hacerlo.

-¿Qué tiene que ver eso con su muerte? Gastón, es decir, mi padre, no era el tipo de hombre que se quitaría la vida.

-Él sabía que tú regresarías para el funeral. ¿Ves? No se equivocó.

-Eso es apenas lógico. ¿Cómo no habría de venir? Pero ¿por qué enterrarlo aquí? Dime.

-Esa fue su última voluntad. Él dijo que este era el lugar... indicado. No sé más.

-No, madre. No lo entiendo. Quiero que me expliques...

Sin darnos cuenta, el tono de nuestras voces había empezado a subir. El hombre de la tienda nos lo hizo notar al apagar la música. Algo apenado me levanté de la silla y vacié el cenicero en el bote de la basura. Cuando regresé, la cara de mamá era la expresión de la derrota.

-Yo sé que hay cosas que tú no sabes pero yo sí. Cosas que he intentado decirte antes, pero siempre es lo mismo...

Por primera vez desde que me enteré de la noticia y regresé con ella sentí ganas de llorar. Empecé a comprender que yo era el culpable. Había abandonado a dos ancianos a su suerte. El suicidio de mi padre y la enfermedad de mamá eran el resultado ineludible de este abandono.

-Perdóname, madre. No debí haberlos dejado solos tantos años. Lo reconozco, mamá, fue un error.

-No hijo. Perdónanos tú por lo que te hemos hecho... por lo que te estoy haciendo.

Sin entender por completo lo que intentaba decirme, terminé mi café de un solo sorbo. No me atreví a seguir interrogándola sobre las inquietudes que me perturbaban sobre mi padre: el porqué de su suicidio y el porqué de enterrarlo en este pueblo desconocido y tan apartado de la ciudad. Al ver el cansancio de su rostro le propuse que nos marcháramos.

-Se hace tarde. Será mejor que nos vayamos. Tenemos que encontrar dónde pasar la noche.

Antes de levantarnos de la mesa llamé al hombre de la tienda pero no acudió al llamado. Entonces dejé un billete bajo una de las tazas vacías y me di cuenta de que en realidad no quería salir. Quería permanecer allí sentado con ella para siempre. Me sentía protegido de todas mis culpas al saber a mamá cerca. Sin embargo tomé el morral de la silla y lo abrí para guardar el paquete de cigarrillos que ya habíamos abierto. Me sorprendí al notar que adentro había varios paquetes de la misma marca empezados, pero no recordaba haberlos puesto allí. Le lancé a mamá una mirada acusatoria y creí adivinar un par de lágrimas en la profundidad de sus ojos. Instintivamente la abracé.

-Estoy tan cansada... Quisiera que todo volviera a la normalidad.

Nos incorporamos y esperamos unos segundos a que el dependiente apareciera, pero no fue así. Al ver que el hombre no se presentaba, nos dirigimos hacia la puerta y salimos del local para quedar inmersos en un frío despiadado y en una niebla densa. Empezamos a avanzar por las calles en busca de un sitio o de alguien que nos indicara dónde encontrar un hotel, mientras yo experimentaba la sensación innegable de estar viviendo una alucinación palpable y repetitiva. Mamá intuyó estas emociones y quiso apartarme de ellas.

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