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-¡Doña Adela! ¿Qué fue lo que usted le hizo a este pobre hombre?
-¡Yo, nada! -contestó muy ruborizada.
Hugo se volvió hacia donde se encontraba Octavio y muy sobresaltado reincidió en su cuestionamiento:
-Octavio, ¿qué fue lo que te pasó?
Octavio, con vergüenza, volvió a cubrir su hinchadísimo miembro con la toalla mientras, con congoja, contestó:
-Hermano, es que en vez de tomarme una sola pastilla de Anafranil me tomé dos, y mira lo que pasó, este maldito no se quiere bajar. ¿Qué voy a hacer?
-¡Pues ir de inmediato a sanidad! -replicó Hugo.
-¡Ni por el putas voy a ir así a sanidad! Primero prefiero estar muerto. ¿Qué es lo que le voy a decir a esa enfermera apenas le muestre esta alabarda así calada?
Hugo se quedó mirando a Octavio hasta que se escuchó que tocaban la puerta estruendosamente y con insistencia:
-¡Abran de inmediato! ¡Abran!
Eran los guardianes, querían verificar que las cosas estuvieran bien. No les quedó más remedio a Octavio y a Hugo que abrir la puerta. Aquella era una orden que no podían ignorar. Entonces, Hugo corrió el pasador de la puerta y muy despacio abrió, sintiendo solidariamente la vergüenza que abrumaba en ese momento a su amigo. Entraron ambos guardianes rápidamente mientras uno de ellos preguntaba:
-¿Se puede saber don Octavio por qué dañó la contada?
Octavio, con la cara enrojecida por la pena y con voz sumisa y queda, respondió:
-Es que estoy seriamente enfermo, mi comandante.
-¿Y se puede saber qué es lo que le pasa?
Octavio, anhelando que se lo tragara la tierra, dejó caer la toalla mientras los guardianes miraban la causa de su afección al tiempo que exclamaban:
-¡Ay, jueputa, si es que se lo mordieron!
-¡Yo no se lo mordí! -refutó de inmediato Adela, salvando rápidamente la responsabilidad que a ella injustamente le pudieran imputar.
-Nadie me lo mordió -replicó Octavio con igual prontitud-, lo que pasa es que me tomé unas pastillas de Anafranil y no se me quiere bajar.
-Hombre, ¡hay que llevarlo de inmediato a sanidad!
-¡No, a sanidad no! -suplicó agónicamente el pobre Octavio ante la lastimera mirada de su mujer y el viejo Hugo.
-¡Es una orden! ¿Cómo se le ocurre que lo vamos a dejar morir? -manifestó razonablemente el guardián viendo el abatimiento de Octavio.
Así fue como se pidió la camilla y en ella se cargó al humillado Octavio. Este, ante la imposibilidad de ponerse pantaloncillos, y mucho menos pantalón, acató a colocar sobre su intimidad una toalla que por la rigidez de su falo parecía un recio mástil de velero que emergía majestuoso de su humanidad tendida en la camilla. Obviamente, las carcajadas de todos fueron sonoras y rimbombantes cuando vieron al pobre Octavio salir de su camarote en tan vergonzosas condiciones. Muchos le vociferaban improperios y chanzas como retaliación a la humillación que sintieron horas atrás, cuando las bulliciosas manifestaciones de cariño evidenciaban a todas las visitantes que él era el machomán del pabellón. Entonces le gritaban:
-¡Ojalá que quedés así por chicanero! ¡Viejo cochino!
-¡Si te hubieras tomado una pastilla más, en vez de que se te hubiera parado el pájaro hubieras parado el culo! ¡Viejo güevón!
-¡Que no se lo deshinchen, que se lo corten por hijueputa!
La pobre Adela caminaba en silencio al pie de la camilla que conducía a su esposo hasta las instalaciones de sanidad. Se tuvieron que abrir paso entre la turba inmersa, entre sus burlas y malas chirigotas. Al salir del patio, quienes lo vieron pasar en ese amargo tránsito se conmocionaron al ver la sórdida erección que ostentaba el pobre viejo. Octavio, siendo cargado por los cuatro solidarios que oficiaron como camilleros, extendió la mano hasta su mujer y ella, sintiendo con pesar la vergüenza de su consorte, recibió su mano con suma ternura mientras el viejo, del interior de su alma, le preguntaba con suma delicadeza a su amada esposa:
-Mija, ¿fuiste feliz?
Adela lo miró como se observa el tesoro más preciado, mientras que con todo el amor que emergía de su corazón contestó:
-¡Sí!, fui muy feliz.
Octavio volvió a tender la cabeza sobre la camilla, mientras que sonriendo con algo de calma se dijo a sí mismo:
-Entonces, valió la pena.
Octavio echado en la camilla, escoltado por su esposa, desapareció tras los pasillos que conducían a sanidad.
Muchas cosas se dijeron después de esta peculiar situación que a las personas que viven en libertad les parecerá muy increíble o fantástica, pero les puedo asegurar que en este país del no te lo puedo creer, llamado Bellavista, estas son cosas que suelen suceder casi todos los días.
Luis Fernando Sinning - Medellín
Cárcel de Bellavista
Nació en Medellín en 1968. Es un autodidacta que se ha leído toda la biblioteca de la cárcel de Bellavista, mide 1,90 y dice tener tiempo para leer otros cinco años más antes de irse en libertad.