Durante los últimos 10 años, el presidente Chávez viene anunciando que Estados Unidos se propone invadir a Venezuela de un momento a otro. Quienes lo observamos con inevitable escepticismo hemos comprobado que después de tan terrible advertencia, se dedica a cantar, a reír, o a la celebración de sus propias ocurrencias. Por arte de magia desaparece el dramatismo de la denuncia, de modo que ya nos hemos habituado a la idea de que la amenaza externa carece de todo fundamento, y que va y viene en el discurso presidencial según sea el paso de las nubes.
El Aló, Presidente del domingo 8 de noviembre tuvo otras características. Aun cuando regresaron las viejas referencias, la historia de que Estados Unidos piensa invadirnos, y de que si nos invade se iniciará una guerra de 100 años, en esta ocasión el Presidente involucró a Colombia como el brazo armado del imperio, país donde se trama la agresión a Venezuela. Las referencias guerreristas repercutieron de inmediato en los países de la región e, incluso, al otro lado del Atlántico. El Presidente dijo que tenía en su poder el acuerdo suscrito entre Colombia y Estados Unidos para el uso de bases militares. "Los militares yanquis -expresó- podrán andar en Colombia a sus anchas, por agua, por tierra, por aire, podrán usar el espectro radioeléctrico, es decir, Colombia es ya como un estado de la Unión, de hecho, pues, de hecho". De ahí pasó a las afirmaciones que alarmaron a los colombianos, a los brasileños, a los españoles, a medio mundo, pero de manera profunda a los venezolanos, seres pacíficos ahogados por un discurso que les es ajeno, y de cuya suerte él dispone unilateralmente. Ni de Colombia ni de Estados Unidos conocemos amenazas. La historia es otra, y está escrita por el Presidente de Venezuela. Transcribiré textualmente algunas de sus afirmaciones del domingo, y lo hago con el propósito de que se medite sobre la guerra de que habla el Jefe de Estado.
Veamos quién declara la guerra y contra quién. Estas son las palabras tomadas de Aló, Presidente: "Entonces, compañeros militares, no perdamos un día en el cumplimiento de nuestra principal misión: prepararnos para la guerra y ayudar al pueblo a prepararse para la guerra porque es una responsabilidad de todos. Ah, ¿los escuálidos? No, no. Los escuálidos son una quinta columna aquí. Sepámoslo, una quinta columna, ellos son apátridas, ellos son tan apátridas como la oligarquía colombiana, los oligarcas de aquí, y andan regados por todos lados". De modo que más de un 50 por ciento de los venezolanos -llamados "escuálidos" por el Jefe de la revolución bolivariana-, son aliados del enemigo, o peor, sus agentes activos, eso es la "quinta columna". A la "quinta columna", como en todas las guerras, le espera la peor parte del conflicto. Esta declaración de guerra contra los venezolanos ha sido opacada por la bullaranga general de las palabras, por el desafío altisonante y el menosprecio de la mayoría de la Nación. En otras palabras, la "quinta columna" ya está sentenciada. ¿De qué no son merecedores los traidores a la patria? El llamado a las milicias bolivarianas no oculta sus propósitos.
Fuera de Venezuela, y especialmente en Colombia, las arengas guerreristas despertaron y están despertando inquietud. Un portavoz de Brasil adelantó la posibilidad de una mediación entre los presidentes de Colombia y Venezuela. El canciller Celso Amorim precisó después la condición de que las partes la soliciten. Como quiera que esto parece improbable, la comunidad internacional, y en especial la regional, no puede cruzarse de brazos. Permitir que la guerra de las palabras avance en la perversión de las relaciones entre nuestros países, que se castiguen de manera tan despiadada las comunidades fronterizas, que se atente contra los procesos de integración, sería una confesión de incapacidad o, más grave aún, de indiferencia frente a una crisis impredecible.
En esta etapa democrática de América Latina es vital la toma de conciencia a fin de consolidar el orden regional. Que ningún país viole impunemente los tratados internacionales. Si Unasur fue creada como una alternativa -sin la presencia de Estados Unidos-, la validez de su porvenir descansa en sus iniciativas y no en su silencio. Si el Consejo Suramericano de Defensa está llamado a jugar un papel trascendental propiciando alternativas propias, la crisis entre Colombia y Venezuela no puede serle ajena. Perfectamente puede ser la instancia multilateral a la cual recurran ambos países, no para ser foro retórico sino instrumento de verificación y compromiso. El voto en el Senado de Brasil posponiendo la consideración del ingreso de Venezuela es la reiteración de que para formar parte de organismos multilaterales es preciso cumplir con sus fundamentos jurídicos. No sé cómo puede conciliarse la Carta Democrática Interamericana con la declaración de guerra a más del 50 por ciento de la población.
Por Simón Alberto Consalvi,
ex canciller de Venezuela.