¿Mambrú se va a la guerra?

Si pervive en Venezuela un gobierno hostil, el peligro de una guerra, dentro de unos años, es real. Foto: AFP

L os medios están llenos de las bravuconadas del presidente Chávez. Nadie logra acostumbrarse a los excesos verbales del teniente coronel ni a su extraña manera de anunciar, cambiar o confundir políticas, decisiones de Estado y consejos paternales en Aló Presidente:  fuiii, un minuto para mojarse, fuiii, otro para enjabonarse y fuiii, una tanda de improperios y amenazas para Colombia. No tiene pudor ni para llamar a la guerra, algo mucho más serio que un baño de tres minutos y más doloroso que los espasmos de su colon, confesados en vivo y en directo. Pero ¿tiene realmente intenciones de desatar una guerra en la coyuntura presente?

Por supuesto que Chávez no piensa ir a la guerra. Es obvio, porque no tiene cómo hacerla. Porque sería un desastre para su régimen, peor que el de los militares argentinos en su momento. No cuenta con un nivel de aprestamiento de sus fuerzas militares apropiado para un conflicto convencional. Ni equipo, ni entrenamiento, ni experiencia de combate. Más grave todavía, no cuenta con argumentos para motivar ni a su pueblo ni a sus guerreros. El planteamiento de un conflicto, lejos de unir a los venezolanos, los divide y polariza más. Las guerras que no tienen un por qué, un para qué y un por lo tanto, están condenadas al desastre.

¿Quiere decir esto que no hay peligros en la frontera oriental? Los hay, incluso el de un conflicto armado. Porque si bien las amenazas están dirigidas a buscar unidad entre los venezolanos, en momentos de problemas políticos agudos, el clima de crispación y desconfianza que generan puede llevar a incidentes cuyas consecuencias no puedan controlarse a tiempo. Cuando entre dos gobiernos hay buena comunicación, un incidente, por grave que sea, puede ser controlado. Se lo aísla, se lo investiga y se lo maneja políticamente para que no produzca un efecto de bola de nieve. Pero cuando no hay comunicación, ni confianza, ni expectativas positivas para juzgar un caso, los incidentes, lejos de ser gobernados por la política, acaban gobernándola. Es esa la posibilidad más peligrosa en las circunstancias actuales.

Ahora bien, el peligro de una guerra en un plazo más largo, dentro de unos años, si pervive en Venezuela un gobierno hostil, es una posibilidad real. El armamentismo descontrolado crea su propia lógica. La llamada "histeria de la seguridad" conduce a planes estratégicos de anticipación y a ambientes psicosociales de confrontación. El gran peligro de la histeria es la tendencia a pensar que la seguridad no se garantiza con un equilibrio disuasivo y con una defensa territorial puramente pasiva. Siempre se tiende a buscar la garantía de una superioridad aplastante, si se cuenta con los medios para intentarla. Controlar espacios, cercar al presunto enemigo con la procuración de alianzas, tener superioridad militar, apoyar factores de debilidad interna del oponente, son todos propósitos derivados de una planeación estratégica paranoide.

Riesgos y ventajas

En el gobierno venezolano se piensa, y con razón desde su punto de vista, que el futuro de su confusa revolución depende del éxito de su proyección externa. No en vano se esgrime profusamente el pensamiento bolivariano, que tuvo como mira la unidad de la América hispana. Si el proyecto no se extiende a Colombia, en la geopolítica mental del chavismo se produce una sensación de bloqueo y de peligro. El armamentismo es la consecuencia.

 Si se examina con cuidado el tipo de armas adquiridas por Venezuela, se puede concluir que apunta a Colombia únicamente, pues no puede ser justificado en términos de "defensa asimétrica". Se trata de armas convencionales para un conflicto hipotético, también de carácter convencional. Por ahora no hay un peligro inmediato, pero cuando Venezuela logre asimilar e integrar en su establecimiento militar el 'mercado' de juguetes ominosos adquiridos en el mejor estilo de los tiempos del consumismo desaforado de los venezolanos ("Ta¿barato, dame dos"), el desequilibrio puede generar riesgos de conflicto.

Colombia debe tener claridad sobre las maneras de afrontar un desafío de dimensiones considerables. Las crudas realidades del mundo del poder no compaginan bien con el mundo de la ética. El derecho internacional ofrece algunos instrumentos de contención, pero no garantías plenas. Por el momento, las realidades geoestratégicas, el tamaño, la disciplina y la experiencia de combate de las Fuerzas Militares dan ventajas defensivas. El acuerdo sobre bases militares con los Estados Unidos, mención aparte de los problemas de soberanía que implica, supone una "disuasión pasiva".  Pasiva porque no es, ni se espera que lo sea, un acuerdo de defensa mutua.

En el futuro inmediato, como las amenazas nunca pueden ser desestimadas, el país tiene que pensar en una capacidad disuasiva, construida con sensatez y cabeza fría. Colombia no puede entrar en carreras ruinosas, pero puede con inteligencia e imaginación, tener un dispositivo defensivo que la proteja sin ser amenaza para vecino alguno. "Que la seguridad propia no genere inseguridad en terceros" es el paradigma ideal.

En el plano puramente militar, una parte de las fuerzas debe ser diseñada para tener capacidad de contener, desgastar y contraatacar a un agresor potencial. El tamaño debe continuar siendo grande para atender el conflicto interno y las tareas nuevas. Si los equipos pesados tienen precios prohibitivos, el ingenio deberá contrapesar los de un adversario: capacidades aéreas y navales creíbles, y una defensa terrestre que equilibre los equipos ofensivos de los potenciales agresores. En suma, aprovechar al máximo la ventaja estratégica que tiene el defensor: quien ataca debe gastar más de todo que quien defiende. Si la razón no se impone para garantizar la paz, entonces se debe tener lo suficiente para elevar el costo de una agresión hasta niveles que la impidan. Sin prepotencia, con madurez y sin hipotecar las posibilidades de un desarrollo con bienestar. Lo mejor, en todo caso, es que la voluntad de paz de los pueblos se imponga.

Por Armando Borrero M., 
analista.