Julio 29 de 2009

Empresariado colombiano no parece entender el perfil que está adquiriendo la economía venezolana

Esto, en el marco de un presidente que cada día ejerce más control sobre las actividades económicas.

No es injustificado el ambiente de temor que hay en el mundo del comercio exterior colombiano. A la súbita y abrupta aplicación de salvaguardias por parte de Ecuador, se han sumado las decisiones de Chávez de "congelar" las relaciones, y su amenaza de suspender importaciones y de expropiar empresas colombianas. Con razón esto preocupa tanto al Gobierno como al empresariado, pues en los primeros cinco meses del año Venezuela fue destino del 17,7 por ciento de las exportaciones colombianas. El país vecino sigue siendo el segundo socio comercial de Colombia, y es el primero para algunas regiones del país y para algunos sectores productivos.

El anuncio del presidente Chávez de que "congelará" las relaciones con Colombia -anuncio hecho varias veces en los últimos años, siempre en medio de crisis políticas-, el temor subió intensidad y las reacciones no se hicieron esperar. Reacciones de todo orden que van desde abogar por el apaciguamiento en las relaciones con el Gobierno de Chávez, con el argumento de que "torearlo" sólo puede causar problemas en las importantes relaciones comerciales con nuestro país, hasta las de quienes, principalmente en el sector empresarial, intentan encontrar algún sentido en la creciente perplejidad para poder así continuar haciendo negocios con Venezuela.

Esta última actitud es encomiable, casi admirable, y muy típica de un país como Colombia, cuya vocación comercial y exportadora es significativa. Sin embargo -y sin que esto constituya un llamado al pesimismo irracional- hay razones para pensar que en el empresariado no hay una apreciación plena del perfil que está adquiriendo la economía venezolana. De hecho, en ocasiones, parecería ignorase o quiere ignorarse el más importante de todos los factores que hoy definen a la economía del vecino país: el muy rápido incremento del control que el Estado ejerce sobre las actividades económicas.

Y cmo en la Venezuela de hoy hablar del Estado es casi lo mismo que hablar del gobierno central, y en particular de la Presidencia, lo anterior equivale a decir, entonces, que el presidente Chávez, por medio de un cierto número de agencias e instituciones, ejerce cada día más control sobre las actividades económicas. Se trata de un control que exhibe un alto grado de arbitrariedad, es decir, que no está sujeto a reglas predecibles, ni proporciona garantías suficientes para defenderse de los caprichos de los funcionarios que, de cualquier modo y para justificar sus acciones, pueden invocar siempre que están cumpliendo tareas "revolucionarias", inspiradas y dirigidas desde las más altas esferas del Gobierno. 

No querer ver

Como ejemplo de esa especie de ceguera antes mencionada, cabe citar un extenso informe publicado recientemente por la revista Dinero (julio 24), que analiza las perspectivas de la difícil relación comercial con Venezuela y que concluye que, para entender y sortear los problemas actuales, los factores cruciales que es necesario entender son: el problema cambiario, las tendencias del consumidor venezolano, y el modo de organizar las operaciones en Venezuela. Ni siquiera mereció una mención el arbitrario y caprichoso entorno en que hoy operan los negocios en Venezuela.

¿Cuáles son las perspectivas en el futuro cercano? Todo indica que el control estatal de la economía se hará más férreo. Hace tan solo dos semanas, las directivas de la Asamblea Nacional, órgano legislativo de Venezuela, distribuyeron entre los parlamentarios un documento sobre el desarrollo de la agenda legislativa por venir. Sin timidez alguna, el documento menciona la eliminación definitiva de la propiedad privada, y el mecanismo del mercado de buena parte de la economía. Añádase a esto que el Gobierno ha manifestado su voluntad de convertirse en importador único de alimentos, y que algunos sectores cruciales para nuestras exportaciones, como el comercio de automóviles, están a la espera de nuevas leyes que harán mucho más difícil su operación.

La situación es suficientemente preocupante, y eso que ni siquiera hemos mencionado los problemas que ya causan dolores de cabeza al empresariado colombiano, en particular el complejo sistema cambiario, mediante el cual el Gobierno decide quién tiene divisas para pagar importaciones y quién no puede tenerlas.

Los más optimistas apuntan a la necesidad que tiene Venezuela de los productos colombianos, en especial de los alimentos y de ciertos bienes manufacturados. Por esta razón -dicen- ese país no puede darse el lujo de obrar con excesiva dureza contra Colombia. Es verdad que Venezuela necesita muchos productos colombianos, pero para que esto pueda constituir un motivo pleno de tranquilidad, tendríamos que presumir que el Gobierno de Chávez será absolutamente racional en sus decisiones, y que las orientará solo por criterios de conveniencia económica.

Sin embargo, se trata de una presunción excesivamente ingenua, tratándose de un presidente que aparece en televisión con murales de fondo cuyas figuras son él mismo, el Ché Guevara y Jesucristo, conduciendo al pueblo venezolan. Si el empresariado no toma conciencia de dónde ésta el germen del problema, podría dar razón a Lenin, a quien se atribuye la fase según la cual los empresarios venderían a los bolcheviques las sogas que estos usarían después  para ahorcarlos.

Por Andrés Mejía Vergnaud,
Instituto Libertad y Progreso.

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