Aclaremos: los virus de la influenza A se clasifican en subtipos, de acuerdo con dos antígenos de su cubierta, la hemaglutinina (H) y la neuraminidasa (N); cuando cambian, el virus también cambia de nombre: H1N1, H3N2, H5N1, entre otros. Estos son producidos por mutaciones que ocurren cuando el virus se multiplica, lo que le garantiza la renovación constante, razón por la cual cada virus de la gripa común es distinto al anterior.
Como son nuevos, el cuerpo no tiene defensas y tampoco hay vacunas, por lo que el riesgo de que se propague es alto. Al combinar cepas de cerdo, de ave y de humanos, el virus de la gripa porcina (H1N1) adquirió la capacidad de transmitirse fácilmente entre la gente. Esto llevó a la OMS a declarar una fase de alerta cinco sobre una escala de seis.
La buena noticia es que, debido a las precauciones emanadas de la OMS en 2003 para enfrentar el anterior brote de gripa aviar, de la misma familia (H5N1), muchos países ya saben cómo responder a una pandemia de este tipo. No obstante, parece que en México las autoridades tardaron más de la cuenta en detectar, identificar y comunicar la nueva cepa.
Si Colombia tuvo el buen juicio de desarrollar el programa que anunció hace cuatro años para enfrentar la gripa aviar con base en lineamientos de la OMS, y para el cual apropió recursos, deberíamos estar tranquilos. Es hora de demostrar que se actuó con responsabilidad y que lo que queda es poner en práctica ese plan sin generar alarmas innecesarias frente a una situación anunciada que permite todo, menos improvisación.
Por Carlos Fernández
Asesor médico de CEET
¿Pandemia o paranoia?