Los conservadores le están jugando, a la vez, a la reelección de Uribe y a buscar un candidato propio, y la contradicción los puede dejar mal parados.
El fin de semana pasado, el Partido Conservador pasó de ser la locomotora "resucitada" en camino directo a la Casa de Nariño, a una organización política sumida en una profunda contradicción. Bastaron un par de días para que la disyuntiva azul quedara planteada entre la lealtad a la aspiración reeleccionista del presidente Álvaro Uribe y la oportunidad de presentar un candidato propio a los comicios presidenciales de 2010.
En cuestión de horas, los líderes de las toldas azules enviaron dos mensajes, a primera vista contradictorios. Mientras el presidente de los conservadores, el senador Efraín Cepeda, afirmó en El Nuevo Siglo que la colectividad "tiene las posibilidades, las calidades, las personalidades, los votos" para buscar el solio de Bolívar, el presidente del Congreso, Hernán Andrade, hacía parte del bloque de parlamentarios que oficializaba el cambio de la pregunta del referendo que permitiría a Uribe buscar la reelección el próximo año.
El mismo Andrade había revuelto el avispero el domingo cuando propuso que los conservadores desistieran de tener candidato presidencial propio para 2010. Tras un encuentro, el sábado, con la embajadora en el Reino Unido y posible aspirante, Noemí Sanín -de vacaciones en Bogotá- el presidente del Senado pidió a sus correligionarios apoyo total al referendo reeleccionista y aconsejó a la líder de origen conservador que no renunciara a su cargo diplomático.
Para Andrade, la consulta interna de su partido, programada para el 27 de septiembre, es un "camino hacia un vacío". Pero según varios dirigentes azules esa no es más que la opinión del senador huilense y refleja el profundo dilema en que están sumidas todas las colectividades de la coalición uribista: montarse en el tsunami de la reelección que levantará todos los botes o aprovechar el momento político para construir la opción de poder del Partido hacia las elecciones regionales de 2011 y las presidenciales de 2014.
Era inevitable que, tarde o temprano, se presentara ese dilema entre los conservadores: dos de los senadores más influyentes proyectan el futuro cercano del Partido en escenarios completamente opuestos. Para Cepeda, los azules deben "ponerse la camiseta", ser coherentes con las bases y lograr una abultada votación en la consulta interna. Andrade, por su parte, visualiza al conservatismo como socio principal en la coalición política que jalonaría el proyecto de referendo, tanto para el trámite en el Senado como para la obtención de los más de siete millones de votos que requiere.
Dado el entorno político del país, la pregunta es qué tan contradictorias son estas dos posiciones. Ante la estrategia del Ejecutivo de tomarse el Congreso e impulsar un tercer período del primer mandatario, esta "doble campaña" de referendo y consulta interna podría ser el camino más seguro para que el Partido Conservador garantice otros cuatro años de poder e influencia burocrática. El escenario no atenta contra la unidad conservadora pero plantea el interrogante sobre cuántas elecciones puede pasar una organización política sin al menos intentar conseguir el premio mayor de la política: la Presidencia de la República. En otras palabras, ¿dónde está la vocación de poder del conservatismo?
Bonanza azul
Los seis años y medio de la administración Uribe han sido maná del cielo para las huestes conservadoras. Desde el punto de vista ideológico, el actual Gobierno no solo ha enarbolado las tradicionales banderas de lo que podría catalogarse como la ideología de la centro-derecha, y convirtió al Partido Conservador en un aliado fundamental en la Administración más exitosa y bien calificada de los últimos años. En palabras de Andrés Pastrana, el último presidente de la colectividad, el presidente Uribe es el mayor representante del ala derecha del Partido Conservador.
La resurrección ideológica de las ideas conservadoras ha estado acompañada de un tratamiento generoso en la burocracia oficial. El conservatismo controla importantes carteras como la de Interior y Justicia, Transporte y Agricultura, entre otras, así como jefaturas de entidades descentralizadas y otros institutos de cobertura nacional. Esto ha representado un crecimiento de la bancada parlamentaria: de 12 senadores elegidos en 2002 pasó a 18 en 2006. Y en elecciones locales, los conservadores pasaron de cuatro gobernadores en 2003 a cinco en 2007.
No solo en curules y cuotas se expresa el auge conservador: 1,5 millones de militantes participaron en la consulta interna del 26 de octubre de 2008. Cuatro veces más que los votantes del Partido de la U y tres veces más que los del Polo Democrático. Todo esto en medio del escándalo de la parapolítica en el que el Partido ha sido protagonista con más de 10 congresistas en problemas jurídicos. Estos guarismos hablan por sí solos en cuanto a la potencia de la maquinaria azul, a la militancia renovada de sus bases y al reciente y vigoroso activismo interno. Junto al dinamismo de las ideas está un renacer de la organización política gracias a la Casa de Nariño.
De esta manera, el Partido Conservador llena hoy gran parte de los requisitos necesarios para convertirse en un contendor de peso y peligro en la contienda presidencial de 2010. Cuentan, además, con un abanico de aspirantes con credenciales: la embajadora Noemí Sanín y los ex ministros Andrés Felipe Arias, Carlos Holguín y Fernando Araújo.
La bonanza azul se refleja también en las encuestas. La más reciente de Gallup muestra el respaldo que despiertan en la opinión pública algunas de estas cartas azules. Sanín, por ejemplo, tiene una favorabilidad del 60 por ciento, mientras que Arias arranca con un 36 por ciento. Además, 46 por ciento de los encuestados dice que votaría en una hipotética consulta interna del Partido, que ganaría 'Uribito' con el 40 por ciento de respaldo.
Aún más sorprendente es el resultado de una eventual consulta interpartidista del uribismo entre el conservador Arias, el ex senador Germán Vargas Lleras, de Cambio Radical, y el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, por el Partido de la U: empate técnico entre Santos y Arias. Y si en lugar de consulta se hace la pregunta de todos contra todos, el joven ex ministro le gana por un punto al veterano Santos. Por donde se le mire, el sondeo Gallup refleja un liderazgo indiscutible del nombre del precandidato conservador Andrés Felipe Arias y, en menos grado, de Noemí Sanín.
Los conservadores tienen hoy una envidiable combinación de un buen momento burocrático, unas bases entusiasmadas y liderazgos atractivos. En este escenario sería un suicidio pedirle a una colectividad que deje de ser el motor de esta locomotora para pasar a convertirse en uno de los vagones. ¿Por qué, entonces, el senador Andrade les pide a sus copartidarios dejar pasar semejante momento y ponerse al servicio del referendo reeleccionista? La razón es una: Álvaro Uribe.
Zombi y Frankenstein
La petición a los conservadores para que abandonen la búsqueda de un candidato propio para las elecciones de 2010 no es más que el reflejo del viento a favor de que disfruta hoy el trámite de la segunda reelección del Presidente. La precandidatura del ex ministro Arias fue concebida con todas las características de un Plan B en medio de un referendo complicado en la Cámara y en las cuentas ante el Consejo Nacional Electoral. Hasta el propio Arias ha dicho que retiraría su aspiración si Uribe puede y quiere quedarse. En el corazón del llamado "fenómeno Arias" está el embrión de su propia intranscendencia: no tiene sentido una segunda generación de la seguridad democrática cuando la primera y versión original, sigue viva y coleando por cuenta del referendo.
El excelente ambiente del trámite de esta iniciativa popular en el Senado -donde ya modificaron el texto de la pregunta para permitir a Uribe lanzarse el año entrante- conduce al Partido Conservador a esa "campaña simultánea de dos pisos", como la calificó el editorial del diario El Nuevo Siglo del pasado martes. El problema radica en la poca coherencia y presentación que tiene para un partido político impulsar, al mismo tiempo, la reelección de un presidente en ejercicio y unas primarias internas con aspirantes a sucederlo.
Esta ambigua situación empezó desde el pasado fin de semana a producir consecuencias tangibles. La embajadora Sanín tuvo encuentros de alto nivel que le ayudarían a definir su futuro político como eventual precandidata de los azules, pero la falta de claridad sobre la consulta interna le impide avanzar en cualquier decisión.
Lo que se perfilaba como un interesante ejercicio de democracia partidista en el que se enfrentarían nuevas caras con protagonistas experimentados ya no suscitará la misma emoción. Si bien un grupo de 17 representantes conservadores a la Cámara emitió el martes una declaración de respaldo a la consulta, las declaraciones de Andrade tienden un serio manto de duda sobre el futuro de ese instrumento electoral. Todo esto parece confirmar que la llamada 'resurrección' del Partido Conservador no es más que un típico reencauche electoral. Más que regresar de la muerte, la colectividad azul parece un zombi o Frankenstein: medio vivo y medio muerto. Con mucho potencial para desarrollar una atractiva campaña pero subordinado a los intereses de la Casa de Nariño.
La disyuntiva conservadora sería más una cuestión de cuándo y no de cómo. Los defensores de la consulta arguyen que si el referendo reeleccionista no supera el número necesario de sufragios o se hunde, los conservadores tendrían desde octubre un candidato fogueado, con votos y capacidad de darle el triunfo a la coalición uribista en mayo de 2010. Además, si fracasa el referendo, los candidatos uribistas podrían continuar la campaña sin haberles regalado a los opositores liberales y del Polo un semestre de ventaja. En esto último tienen razón: hoy los aspirantes uribistas repuntan en las encuestas porque gozan de visibilidad y son claramente identificados como candidatos por la opinión pública.
Bien sea que los conservadores lleven a cabo su consulta interna o que desistan de elegir candidato propio, el costo de dejar pasar este momento será alto. No es seguro que de poder presentarse a la reelección el presidente Uribe escoja a un azul como Arias para la Vicepresidencia. Además, por más ayuda que tengan del Gobierno, tendrán en el Partido de la U un socio de coalición que buscará en 2010 ganar influencia y vocería con la Casa de Nariño. Más aún, La U es la punta de lanza del plan de toma del Congreso. Después de dos períodos de tratamiento preferencial, los conservadores podrían verse obligados a compartir una tajada gruesa del poder que hoy monopolizan con sus primos de La U.
Cabe resaltar que el surgimiento de Arias y el eventual regreso de Sanín entraron como una bocanada de aire fresco a un partido caracterizado por jefes parlamentarios con poco reconocimiento nacional. Sin la consulta, una oportunidad de renovar sus liderazgos se vería desperdiciada. Aunque no lance candidato propio, el Partido Conservador no desaparecerá ni perderá influencia. Pero estará cediendo una plataforma nacional donde los dirigentes se entrenan, prueban sus propuestas y ganan experiencia en campañas. Así, cuando el uribismo termine su ciclo, los líderes conservadores habrán perdido el fogueo necesario para la pelea por el sucesor del legado o la defensa del mismo cuando el péndulo gire hacia la oposición.