(Página 3 de 3)
Lo que se perfilaba como un interesante ejercicio de democracia partidista en el que se enfrentarían nuevas caras con protagonistas experimentados ya no suscitará la misma emoción. Si bien un grupo de 17 representantes conservadores a la Cámara emitió el martes una declaración de respaldo a la consulta, las declaraciones de Andrade tienden un serio manto de duda sobre el futuro de ese instrumento electoral. Todo esto parece confirmar que la llamada 'resurrección' del Partido Conservador no es más que un típico reencauche electoral. Más que regresar de la muerte, la colectividad azul parece un zombi o Frankenstein: medio vivo y medio muerto. Con mucho potencial para desarrollar una atractiva campaña pero subordinado a los intereses de la Casa de Nariño.
La disyuntiva conservadora sería más una cuestión de cuándo y no de cómo. Los defensores de la consulta arguyen que si el referendo reeleccionista no supera el número necesario de sufragios o se hunde, los conservadores tendrían desde octubre un candidato fogueado, con votos y capacidad de darle el triunfo a la coalición uribista en mayo de 2010. Además, si fracasa el referendo, los candidatos uribistas podrían continuar la campaña sin haberles regalado a los opositores liberales y del Polo un semestre de ventaja. En esto último tienen razón: hoy los aspirantes uribistas repuntan en las encuestas porque gozan de visibilidad y son claramente identificados como candidatos por la opinión pública.
Bien sea que los conservadores lleven a cabo su consulta interna o que desistan de elegir candidato propio, el costo de dejar pasar este momento será alto. No es seguro que de poder presentarse a la reelección el presidente Uribe escoja a un azul como Arias para la Vicepresidencia. Además, por más ayuda que tengan del Gobierno, tendrán en el Partido de la U un socio de coalición que buscará en 2010 ganar influencia y vocería con la Casa de Nariño. Más aún, La U es la punta de lanza del plan de toma del Congreso. Después de dos períodos de tratamiento preferencial, los conservadores podrían verse obligados a compartir una tajada gruesa del poder que hoy monopolizan con sus primos de La U.
Cabe resaltar que el surgimiento de Arias y el eventual regreso de Sanín entraron como una bocanada de aire fresco a un partido caracterizado por jefes parlamentarios con poco reconocimiento nacional. Sin la consulta, una oportunidad de renovar sus liderazgos se vería desperdiciada. Aunque no lance candidato propio, el Partido Conservador no desaparecerá ni perderá influencia. Pero estará cediendo una plataforma nacional donde los dirigentes se entrenan, prueban sus propuestas y ganan experiencia en campañas. Así, cuando el uribismo termine su ciclo, los líderes conservadores habrán perdido el fogueo necesario para la pelea por el sucesor del legado o la defensa del mismo cuando el péndulo gire hacia la oposición.