Más de 20.000 reinsertados de la guerrilla y de los grupos paramilitares demuestran que la reconciliación y una vida digna lejos de la guerra son posibles.
Contrario a lo que muchos creen, los colombianos no son violentos por naturaleza. Múltiples experiencias demuestran que es posible construir escenarios propicios para salir del laberinto de la violencia y que hay instrumentos que permiten trazar metas realistas con miras a la reconciliación y la paz.
La reconciliación no es una meta que se identifica con el fin del conflicto. Es un proceso permanente que involucra a víctimas, victimarios, Estado y sociedad civil. "Se requiere integrar muchos actores para que el proceso tenga un buen desarrollo ¿afirma Claudia Betancourt, directora técnica de la Fundación Renaceres que trabaja con desmovilizados en Pereira, Dosquebradas y La Virginia¿. A la comunidad hay que prepararla y educarla para que aprenda a tratarlos, para que entiendan que ellos quieren reconstruir su vida, de tal forma que los reintegrados no sientan que son estigmatizados como monstruos".
La reconciliación supone construcción de comunidad, de relaciones familiares y de vecinos, desintegradas por el conflicto. Significa restitución de la integridad de las víctimas y que los victimarios salden cuentas con el pasado. En resumen, reconstrucción del tejido social, lo que implica la restauración de vidas humanas, sobre todo de las de aquellos que más han sufrido, y reintegración de los violentos a la vida civil.
Si bien es cierto que es un proceso de largo plazo, múltiples experiencias demuestran que la paz y la reconciliación son posibles, y que así como hay personas que estuvieron vinculadas por muchos años a la guerra y que hoy tienen la posibilidad de reintegrarse a la sociedad y tener una vida digna lejos de las armas, también hay miles de víctimas que empiezan a hacerse visibles para reclamar sus derechos y que muchas de ellas están dispuestas al perdón.
Por todo esto, en un país donde priman las noticias violentas y donde los actores armados no son de reparto sino protagonistas, vale la pena conocer y destacar experiencias que indican que hay luz al final del túnel.
Reintegración
"Yo soy aquel aventurero y soñador, ese que un día se decidió a hacer parte de un conflicto que a aquella patria mía la desangra absurdamente, y fui también el que en las armas encontró la equivocada solución, porque me sentí acorralado, maltratado y perseguido...", canta a ritmo de vallenato Daner David Martínez, de 29 años, y quien militó en grupos de las Auc que operaban en Bolívar, el departamento que lo vio nacer.
Par él, como para otros 150 desmovilizados con vocación artística, la música se ha convertido en una forma no solo de exorcizar los demonios de la guerra, sino de llevar una vida digna, lejos de la violencia. Martínez aspira a hacer parte de un grupo de 12 personas que serán elegidas para recibir durante tres meses un curso de interpretación musical, grabar un disco con sus composiciones y cantar en un concierto al lado de Fonseca.
No se trata de uno de tantos realities para encontrar nuevas estrellas de la canción o de la actuación, sino de una iniciativa de la Alta Consejería para la Reintegración ¿'Canta conmigo por la reintegración'¿, que ofrece varios programas a ex guerrilleros y ex paramilitares interesados en rehacer su vida y reincorporarse a la sociedad con todas las de la ley.
Casos como el de Martínez, que además recibe capacitación del Sena como hornero y 'pizzero', permiten pensar que, a pesar de cientos de obstáculos, la política de reintegración social empieza a dar frutos. Y empieza a darlos porque el alto consejero Frank Pearl decidió hacer una especie de reingeniería a la política y darle un giro de 180 grados a los programas para los desmovilizados, que hoy son 49.000: 32.000 ex combatientes de grupos paramilitares y 17.000 de la guerrilla. Mujeres y hombres que durante los últimos seis años decidieron dejar la guerra e iniciar una nueva vida.
Todos ponen
El modelo inicial de los albergues (2000-2006) fue improvisado y de ahí los pocos resultados favorables, una tasa de deserción del 60 por ciento y el malestar que generó en las comunidades donde funcionaban. "De repente, unos hombres de guerra quedaban reducidos a la inactividad, vegetando sin una tarea precisa, confinados en una casa dentro de cuatro paredes, lo que llevó a que se drogaran, a que empezaran a robar y a crear problemas con los vecinos", explica Constanza Ardila, economista y terapeuta social de la Corporación CedaVida.
Con Pearl, la política empezó a tomar un rumbo coherente tras años de vaivenes. Significó un giro radical de mentalidad en la planificación y ejecución del modelo de reinserción. El modelo dejó de ser fundamentalmente asistencialista y proteccionista ¿a los ex combatientes los confinaban al ocio en un albergue y les daban una especie de sueldo fijo sin mayores exigencias o compromisos con ellos mismos y con la sociedad¿ y se convirtió en uno integracionista. "El nuevo modelo obliga a la participación activa de los desmovilizados en procesos de asistencia psicológica y social, de educación y de trabajo", explica Ardila.
Superado el modelo cortoplacista de reinserción, soportado exclusivamente en una relación económica Estado-desmovilizado, el que está en marcha es de reintegración y apunta al largo plazo, que hoy registra el 8 por ciento de deserción frente al 60 por ciento de 2006. "Este modelo se centra en desarrollar y explotar las capacidades del desmovilizado a partir de la educación y la inclusión de su familia", asegura el Alto Consejero, y agrega: "Este proceso no puede ser menor a cinco años y hay que dejar claro que no hay atajos, porque de lo contrario ¿dónde quedan la sostenibilidad y la equidad?".
De los 49.000 desmovilizados, 22.000 reciben cursos de formación técnica y vocacional, al 20 por ciento le perdieron la pista, y el resto está terminando estudios de primaria o bachillerato. Según María Isabel Cerón, coordinadora del 'Programa de responsabilidad social' de la Alta Consejería, el 22 por ciento finalizó la primaria, el 42 por ciento hizo los primeros grados y el 15 por ciento no tenía ningún nivel de escolaridad. "Gran parte son analfabetas funcionales ¿afirma Cerón¿. Dicen que saben leer y escribir pero no pueden expresarse con facilidad y solo son capaces de redactar unas pocas palabras".
Dado el bajo nivel educativo o la nula formación académica de la mayoría de los desmovilizados, el proceso de capacitación para la integración económica en trabajos calificados es muy difícil, pero aun así miles reciben formación técnica, como Edilma, quien pasó en las filas del Eln parte de su niñez y toda su adolescencia, y hoy asiste a cursos de repostería y hace prácticas en un restaurante de Bogotá. Iris Clan Medina, por su parte, fue miliciano de las Farc y mientras terminaba el bachillerato se dedicó a pintar y a vender sus obras. Como ellos, miles tienen la esperanza de rehacer su vida en la sociedad.
Por lo pronto, las posibilidades de integración económica y laboral para esta población son incipientes. "El camino apenas empieza ¿dice Pearl¿. Si bien la empresa privada ha dado 3.425 cupos de trabajo y varias tienen programas de responsabilidad social que incluyen a los desmovilizados, esto solo representa el 5 por ciento de lo que realmente podrían ofrecer". Aun hay resistencia entre algunos empresarios a contratar desmovilizados, y quienes los emplean prefieren ocultarlo.
No obstante, hay compañías como Coca Cola que al principio no apoyó los programas de la Alta Consejería pero luego financió talleres y firmó un convenio con el Banco de Tiempo que hizo posible la capacitación de 50 desmovilizados, de los cuales algunos ya tienen trabajo. Es el caso de un ex guerrillero que hacía los uniformes de un frente de las Farc, que hoy es propietario de una microempresa que montó con máquinas de coser que le donaron y emplea a 26 personas.
Más allá de consideraciones éticas o morales, hay razones puramente prácticas. "Piénselo ¿concluye el alto consejero Frank Pearl¿: si no es por convicción, al menos sí es por conveniencia. Más vale tener a estas personas en la vida civil a que se regresen al monte a hacer la guerra".